miércoles, 21 de enero de 2015

Otros mares europeos.-


El mar del Norte.-


     Esta mar era un lugar en el que quería estar para poder sumar uno nuevo a mi " colección " de mares del mundo, y si bien lo logré una fría mañana de septiembre en Holanda, fue tan breve el contacto que me ha quedado como un pendiente de esos que siempre me gusta tener para poder regresar en algún otro momento.

     Es que un mar de la importancia de éste, que baña las costas orientales desde Escocia hasta las de Noruega y Dinamarca, en el norte, así como las  del norte de Francia, Bélgica, Holanda y Alemania, con puertos de la importancia de los de Rotterdam en Holanda o de Hamburgo en Alemania, era demasiado como para dejarlo pasar estando tan cerca de sus orillas, como nos ocurrió al estar unos días en Amsterdam.

     Pregunté como llegar, ya que no era fácil, y partimos rumbo a la vieja estación de trenes en uno de los cuales -muy bueno y muy puntual, por cierto- llegamos hasta Hollywood luego de unos 15 ó 20 minutos de marcha, y allí nos subimos a un ómnibus que, tras andar otro trayecto semejante, nos dejó en un pueblito por el debimos caminar unas dos o tres cuadras para llegar hasta el mar.

     La verdad es que mi emoción era muy grande; poder ver y admirar ese mar que se presentó como muy fuerte, bravo, de un color gris ceniza y con mucha espuma sobre las olas que, desde allá abajo -porque estábamos en altura- nos miraba y nos recibía también bastante sorprendido, como preguntando ¿ que hacen ustedes por aquí, en este día con tanto frío? Aquí hay que venir en el verano!!

     Se trataba de un balneario  que debe estar muy concurrido con calor veraniego, ya que se lo veía con muy buena infraestructura, pero ese día en que nosotros llegamos, no invitaba a quedarse. Me acerqué -de cualquier modo- hasta su orilla, me saqué los zapatos y me metí en el agua para darle un beso, medio como saludo y medio como promesa de alguna futura visita un poco más prolongada y formal que, en algún momento, tengo ganas de hacerle, allí o en cualquier otra de sus playas, y, además, con mejor tiempo. Pero al menos me saqué el gusto de haber visto un mar más. ¿ y van?

                                                                         
                                           Junto al Mar del Norte, en Hollywood (Holanda)

      Y con los años pude volver a encontrarlo, en otro sitio -era Escocia- pero igual de frío y, claro está, también con tiempo inóspito. Quizás sea una de sus características, no dejarse domar. Pero la sensación que tuve fue la misma de unos años antes: un color gris ceniza, con un cierto oleaje importante, cielo cubierto, brisa fuerte, en fin....un mar severo. Poco después volé sobre él de un lado al otro extremo, desde Edimburgo en Escocia a Copenhague en Dinamarca, pero no lo pude apreciar desde el aire....ese plomizo cielo repleto de nubes lo impidió.

       Poco dias después volví a encontrarlo, junto a su eterno encuentro con el Báltico, su hermano de tierras frias, y volví a sentir esa misma sensación como de distancia que ponía para conmigo, y lo mismo que ocurrió en el fiordo de Oslo, adonde solo me permitió verlo desde lejos. Aquí me pareció apreciar que su color ya no era ese gris ceniza sino algo mucho más azulado.

       Ya volveré para navegarlo junto a los fiordos noruegos; es una promesa; quizás deba guardarme para entonces mi calificación definitiva.

                                                          el frío mar del Norte

La costa del Algarbe.-

     Hacía unos cuantos años que había escuchado hablar de las playas del sur de Portugal, de modo que ternía instalado en mi memoria el deseo de, alguna vez, poder pasar por allí para comprobarlo personalmente, y eso ocurrió una vez en que pudimos recorrer, tranquilos, durante casi diez días, esas costas del Algarbe, en lo que sería como la base -mirada desde abajo- de Portugal, sobre el Atlántico, con el cual volvimos a encontrarnos una vez más y, como siempre ocurre, esta vez en un sitio diferente.

     Paramos en dos lugares, Faro -primero- y Lagos, un poco más al oeste -después-, pero desde cada uno de esos lugares recorrimos, cada día, una playa diferente. Tal y como me lo habían indicado, se trataba de playas muy largas, de arenas frías, vale decir que no se calientan con el sol, y con un mar bastante fuerte y abierto que también es muy frío. No sé si tanto como el de Mar del Plata, pero sí de esos mares en los que hay que ir entrando con ciertos cuidados. Y otra de las caracteristicas de estas playas fue que estaban enclavadas en espacios abiertos entre grandes acantilados, que marcaban con nitidez su extensión.

                                                                                           

                                                                  la playa de Faro

     Toda la zona era de esa mezcla entre pueblos pescadores en el invierno y veraniegos, de muchísimo turismo en el verano, con sus casitas blancas, pero bastante más pobladas que las del sur de España, en Andalucía. Era el mismo panorama pero con más gente, un poco como ocurre en nuestra cordillera, cuando se llega a Chile. Las playas por donde anduvimos fueron Monte Gordo, la más cercana a la frontera española, Albufeira, Portimao y Segres, la más occidental de todas, además de las de Lagos, porque en Faro no encontramos playa sino mucha vida naútica.

                                                                   
                                                           un baño en la playa de Portimao

     En esas playas nos bañamos, tomamos mucho sol, caminamos por sus orillas, descansamos y, desde luego, miramos mucho el mar, que inclusive en Faro veíamos desde un balcón en la habitación del hotel, porque lo teníamos enfrente. La idea era precisamente esa, disfrutar del mar y las playas desde la mañana hasta poco después del almuerzo, ya que a esa hora habitualmente cambiaba el viento y comenzaba a soplar desde el mar, y si bien eso era una garantía de futuro buen tiempo, lo cierto es que en lo inmediato era bastante fresco y la playa se ponía un tanto ventosa, con todo lo que eso significa, y nos íbamos a recorrer los pueblos cercanos, a pié.

                                                                           
                                                       la extensa playa de Monte Gordo

     En Lagos lo que disfrutamos mucho fue de una excursión en un pequeño barquito con motor fuera de borda que nos llevó a recorrer toda la zona de los acantilados, con sus típicas cuevas y otras entradas del mar, muy parecido a lo que habíamos visto años antes en Capri, y si bien aquí en ningún momento me pude tirar a las aguas para nadar un rato, lo cierto es que lo disfrutamos de idéntica manera.
                                                                     
                                                     Las cuevas de los acantilados de Lagos

     Realmente la experiencia fue muy, pero muy interesante, e inclusive estuvimos en el peñón adonde el mar pega la vuelta, vale decir donde termina el Portugal, digamos, horizontal, y comienza el vertical, que es en el cabo San Vicente, contiguo a Segres, donde una serie de rocas y de altos acantilados que caen a pico hasta abajo, marcan el punto máximo en el que Europa se mete en el mar, con las olas pegando fuertemente contra ellas, mientras un viento muy fuerte se divertía jugando a despeinarnos.

                                                                     
                                           El cabo San Vicente: la punta sudoeste de Europa

     Me gustó mucho estar allí, en un lugar recomendable cien por cien, por lo agradable de su clima, la belleza de sus playas, la tranquilidad de sus habitantes, y ese mar soñado, azul acero claro, tirando a más oscuro hacia adentro, que nos permitieron disfrutar de unas verdaderas vacaciones de mucho placer. Totalmente recomendable la zona, además, porque comparada con otros lugares de Europa, económicamente es muy accesible.

Los mares británicos.-

     Resulta paradójico que una potencia marítima como ha sido Inglaterra a lo largo de los siglos, carezca en realidad de un mar que pueda decirse que le es propio, ya que ambas islas  encuentran que sus costas son bañadas por el Oceáno Atlántico. Sin embargo, en pequeños brazos o desmembramientos de aquel inmenso mar, se puede decir que Inglaterra está rodeada por un lado por el Canal de la Mancha y por el otro por el Canal de San George, en tanto que se llama  mar de Irlanda a la parte superior del canal que separa a ambas islas.

    Hace muchos años, estando en Londres, arrancamos para hacer una recorrida -en auto- por algunos lugares de Inglaterra, y el primer sitio al que llegamos fue a Bristol, un antiguo y conocido balneario -muy de moda en otras épocas- en donde pude tomar contacto con sus playas y con ese mar que se presentaba de un color bien celeste, bastante calmo, y con una sola ola que rompía en un mismo momento a todo lo largo de la playa, generando una importante espuma en la orilla, aunque a la distancia se le veía bastante más agitado, quizás por el viento.

     En realidad no se trata de un mar abierto, sino más bien una entrada o canal, pero natural, de tal modo que en Galicia le dirían que es una ría -al Canal de Bristol- que a su vez es un desprendimiento de otro canal más grande, el de San Jorge, que  divide a las dos islas por el sur, y que por supuesto tampoco es un canal porque es una divisoria natural de tierras, con agua de mar.

     En la parte de arriba, nos encontramos con una muy coqueta avenida costanera sobre la cual se levantaban muchos hoteles del siglo XIX, mientras que cada tanto, unas pequeñas escaleras permitían llegar hasta la arena para desde ahi seguir rumbo al mar. El tiempo -mes de octubre (nuestro abril)- no era el más indicado para un día de playa, y aunque soleado, estaba bastante frío; pero como siempre me ha pasado, caminé por la arena y puse mis pies en el mar, como siguiendo un rito al que me invita algo en mi interior, y que debo obedecer para después poderme sentir tranquilo y en paz.

                                                                           
                                                                    la playa de Bristol

     En el otro extremo, más hacia el oeste y bañada por el Mar de Irlanda, que no es otro que el mismo "canal" de San Jorge, pero más hacia el norte, se encuentra Irlanda, en donde también pude tomar contacto -aunque muy breve- con sus aguas. Me pareció muy frío, de un helado casi agresivo, de color bien acero oscuro y por ende muy poco trasparente. Pero mi visión fue muy fugaz, desde un tren, y luego sentado a la orilla de una pequeña costanera, en altura y con el mar allá abajo, sobre una costa bien escarpada.

     La sensación era la de estar frente a un mar distinto, ajeno a mí, como de otros.Lo curioso es que desde donde estábamos vimos pasar nadando a un tipo, sin ninguna protección en su cuerpo, desafiando el frío, como si fuera un compromiso sagrado e impostergable que lo había lanzado hacia esas aguas.

                                                                               
                                                                 El mar de Irlanda

    En cuanto a Escocia, su mar por autonomasia es el del Norte.....arisco.....frio...., tal como lo caractericé en forma autónoma algo más arriba. Es un mar emblemático pero que me ha sido esquivo, tanto en estas islas como en su otra orilla, la propiamente europea, pero sin ninguna duda tiene una personalidad propia, muy especial.
                                                                         
                                                                  El frío mar escoces

El mar Báltico.-

    Cuantos años pasaron hasta el momento en el que por fin pude darme ese gusto de posar mi mirada sobre él......el frío mar que baña las costas de todos los países del norte de Europa, a los que les sirve como de una especie de patio de agua interno, que durante los largos meses del invierno, además, se congela, debido a su muy escasa salinidad, para servir de entretenimiento adicional a sus felices vecinos.

                                                 

                                                               Junto al Báltico en Rusia
                                                     
     Es un mar tranquilo, de un parejo celeste raro, ni tan clarito como el Mediterráneo, pero tampoco tan acero, es un celeste propio, y el mar que casi no tiene olas,  es un placer mirarlo porque distiende. Lo ví así en Dinamarca, en Suecia, Estonia, Finlandia y Rusia, vale decir en casi todas sus orillas, y el espectáculo era siempre el mismo, con un gran componente de paz

      Pero lo que me resultó realmente un espectáculo único fue navegarlo a la salida de Estocolmo, cuando se transforma en un archipiélago de cientos de islas, grandes y más pequeñas, que se van sucediendo unas tras otras, en una especie de presentación de paisajes a cada cual más soñado, que resulta imposible de dejar de mirar y, ahora, de olvidar. Si a todo eso le añadimos que hicimos esa navegación bajo la tenue claridad de una aurora boreal, creo que no queda más que agregar para considerarlo como uno de los recuerdos de viajes más lindos que guardo en mi memoria.
                                                             

                                          Navegando en el mar Báltico (Estuario de Estocolmo)

















     
                                                           



     











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