Sobre el Atlántico.-
Como es sabido, los Es. Us. son -además de un país- una especie de continente en sí mismo, y de ahí que bañen sus costas nada menos que los dos océanos más grandes del mundo. Sobre la costa del Este lo hace nuestro ya viejo conocido, el Atlántico, el mismo de nuestras costas sureñas, de varias europeas y de todo el litoral occidental del Africa.
Allá, en los Es. Us., tomamos contacto con él cuando nuestro vuelo procedente de Canadá se acercaba al aeropuerto de Boston, y el mar, ese mar tan celeste oscuro que veíamos debajo, cada vez se nos aproximaba más. Luego nos fuimos hacia la ciudad y lo perdimos, pero un día quisimos visitar el pueblo al que llegaron los primeros puritanos ingleses a sus costas, en 1620 y en el viejo Mayflower, para lo cual nos trasladamos en un ómnibus hasta Pliymouth, aproximadamente a una hora de andar desde Boston, hacia el sur, y ahí volvimos a encontrarnos con el mar.
la costa de Plymouth
Al igual que el de Boston, este mar era de un celeste fuerte, muy tranquilo, y en realidad adonde se encuentra la ciudad es como un brazo marino que se interna un poco en la tierra, y que debe de haber sido la razón de haberlo elegido aquellos padres peregrinos para detenerse allí, porque venían recorriendo la costa desde el sur, en busca del lugar más tranquilo y adecuado.
Pintoresco y punto; la ciudad no nos ofreció nada más que una breve visita por la reconstrucción del famoso Mayflower y la verdad es que nos quedamos admirados de aquella verdadera odisea. Es que prácticamente se trataba de una sola habitación, de techos bien bajos, adonde se alojaron un centenar de hombres, mujeres y niños durante aproximadamente cuatro meses.
la réplica del Mayflower amarrado en el puerto de Plymouth
Días más tarde, viajando en tren con rumbo a Nueva York, desde las ventanillas pudimos apreciar nuevamente ese mar tan celeste que, prácticamente, en algunos tramos llegaba casi hasta las mismas vías. Desde ahí se lo advertía, plácido, extenderse hasta el horizonte infinito, mientras que aquí cerca, los muchos puertos deportivos que se encontraban en cada población, daban una muestra clara de la pasión de sus habitantes por el mar y los deportes náuticos.
Sobre el Pacífico.-
Desde siempre había tenido curiosidad por conocer la costa californiana, sobre todo por haberla visto en muchísimas escenas de películas, lo mismo que a ese camino costero que dando vueltas y más vueltas, nos hacía cerrar los ojos cuando lo recorríamos desde las butacas de un cine. Y ese día llegó.
Estábamos en Es. Us. festejando mi cumple No. 70, que transcurrió durante la "Navidad Blanca" del 2013, pero casi inmediatamente volamos al oeste, al calorcito californiano, que comenzó en San Francisco en donde, finalmente, pude tener ese añorado contacto con sus playas tan extensas, bien anchas, rodeadas de montañas en la distancia, como haciéndoles un marco, y de ese color azul fuerte, y con bastante movimiento. Se trata de un mar con todas las de la ley: olas, grandes, medianas y pequeñas, ideales para el surf; viento; mucha arena como para caminar largo y tendido, en fin, que colmó totalmente mis antiguas expectativas.-
en San Francisco
No nos pudimos bañar nunca porque, claro, estábamos en pleno invierno, pero caminamos mucho por las playas, nos metimos en cuanto muelle pudimos, de esos de madera y bien largos, en algunos de los cuales podíamos entrar hasta con el auto, nos detuvimos mucho rato mirando y disfrutando de ese mar tan extenso que, sin solución de continuidad, se prolongaba hasta un horizonte bien lejano, y nos quedamos con muchísimos recuerdos fotográficos.
Luego de varios días en San Francisco, emprendimos camino hacia el sur, por la autopista más cercana a la costa que, a partir de la exquisita ciudad de Carmel, empalma con la no menos famosa línea costera que durante unas 90 millas corre junto a unos acantilados impresionantes, de más de 1.000 pies de altura, mientras una sucesión de curvas y contracurvas nos permite ir avanzando con mucha pausa y tranquilidad.
No nos pudimos bañar nunca porque, claro, estábamos en pleno invierno, pero caminamos mucho por las playas, nos metimos en cuanto muelle pudimos, de esos de madera y bien largos, en algunos de los cuales podíamos entrar hasta con el auto, nos detuvimos mucho rato mirando y disfrutando de ese mar tan extenso que, sin solución de continuidad, se prolongaba hasta un horizonte bien lejano, y nos quedamos con muchísimos recuerdos fotográficos.
Luego de varios días en San Francisco, emprendimos camino hacia el sur, por la autopista más cercana a la costa que, a partir de la exquisita ciudad de Carmel, empalma con la no menos famosa línea costera que durante unas 90 millas corre junto a unos acantilados impresionantes, de más de 1.000 pies de altura, mientras una sucesión de curvas y contracurvas nos permite ir avanzando con mucha pausa y tranquilidad.
El camino denominado el "Big Sud" y a lo lejos el puente Bixby Creek
En un determinado momento nos detuvimos para poder admirar toda esa belleza que el camino nos mostraba, y de la cual -por el manejo- yo no podía disfrutar en toda su impresionante dimensión, admiración que alcanzó su punto más alto cuando llegó el atardecer y pudimos regalarnos con ese lento ocultamiento del sol allá lejos en el mar, que fue inolvidable. Teníamos en nuestra memoria el de Oia en la isla griega de Santorini, pero este, desde luego, que no le quedaba atras.-
En un determinado momento nos detuvimos para poder admirar toda esa belleza que el camino nos mostraba, y de la cual -por el manejo- yo no podía disfrutar en toda su impresionante dimensión, admiración que alcanzó su punto más alto cuando llegó el atardecer y pudimos regalarnos con ese lento ocultamiento del sol allá lejos en el mar, que fue inolvidable. Teníamos en nuestra memoria el de Oia en la isla griega de Santorini, pero este, desde luego, que no le quedaba atras.-
la puesta del sol en el Pacífico
En Santa Bárbara, existe uno de esos muelles largos, de antiguas maderas, en los que se puede ingresar con los autos, y que se mete varios metros en el mar. En la punta encontramos dos buenos restaurantes, en uno de los cuales nos sentamos a almorzar, junto a ventanales por los cuales podíamos ver ese mar gris y neblinoso que esa mañana llegaba hasta sus costas; el cercano puertito deportivo, rodeado de palmeras y a la distancia las impresionantes montañas de la cadena de Santa Inés, por donde habíamos andado un rato antes, por un camino tan espectacular como el del Big Sud, pero con vistas a las montañas.
En Santa Bárbara, existe uno de esos muelles largos, de antiguas maderas, en los que se puede ingresar con los autos, y que se mete varios metros en el mar. En la punta encontramos dos buenos restaurantes, en uno de los cuales nos sentamos a almorzar, junto a ventanales por los cuales podíamos ver ese mar gris y neblinoso que esa mañana llegaba hasta sus costas; el cercano puertito deportivo, rodeado de palmeras y a la distancia las impresionantes montañas de la cadena de Santa Inés, por donde habíamos andado un rato antes, por un camino tan espectacular como el del Big Sud, pero con vistas a las montañas.
en el muelle de Santa Bárbara, con las gaviotas
Siguiendo en nuestro rumbo al sud, nos detuvimos -una vez más- junto a la playa y en el viejo muelle de Ventura, ese pueblo repleto de casas blancas que creció en torno a una de las antiguas misiones franciscanas que, en su momento, poblaron California. Aquí el mar estaba celeste y a pesar del fresco del ambiente, había varias personas disfrutando de la playa, y algunos chicos, también de ese mar que se presentaba sereno y casi sin oleaje.
Un cafecito en el Embarcadero
Y hablando de famosas excentricidades, en una isla cercana, a la cual se accede por un largo y pintoresco puente colgante, se encuentra el célebre Hotel del Coronado, primero en ser iluminado por la luz eléctrica que allí instaló nada menos que Edison, y que tiene una playa soñada, de esas en las que uno se podría quedar a vivir o, por lo menos, regresar para quedarse allí unos cuantos días. Fantástica y casi, casi, de película.
Siguiendo en nuestro rumbo al sud, nos detuvimos -una vez más- junto a la playa y en el viejo muelle de Ventura, ese pueblo repleto de casas blancas que creció en torno a una de las antiguas misiones franciscanas que, en su momento, poblaron California. Aquí el mar estaba celeste y a pesar del fresco del ambiente, había varias personas disfrutando de la playa, y algunos chicos, también de ese mar que se presentaba sereno y casi sin oleaje.
la playa de Ventura.
Y andando y andando.....llegamos a Los Angeles.....que es como decir......llegamos a un país. Es que se trata de una ciudad demasiado grande y compleja, que en realidad contiene a varias ciudades diferentes, dentro de ella: el Centro Comercial y su imperio financiero, Hollywood y su imperio cinematográfico, Beverly Hills y su imperio de la sofisticación y, en lo que a mares se refiere, las playas de Santa Mónica.
Se trata de un largo y muy filmado paseo costanero o marítimo, con sus pisos en blanco y negro por donde circulan caminantes, ciclistas y patinadores de todo tipo, mientras al lado una playa larguísima de arenas más bien gruesas, nos separan de ese mar que plácidamente pareciera contemplar desde la distancia todo ese incesante movimiento.
el paseo marítimo .....y
en la playa de Santa Mónica (detras algunos atrevidos en el mar)
Que placer poder estar allí! Caminamos a lo largo de la playa, me descalcé -desde luego- para poder poner mis pies en esa maravilla celeste claro que tenía a mi lado; almorzamos al solcito; recorrimos luego el paseo marítimo hasta Venecia, la playa vecina, y lamentablemente nos tuvimos que volver. Es que Los Angeles tenía muchas más cosas que mostrarnos y no nos las podíamos perder, pero con esa visita a la playa de Santa Mónica, mi cupo de mar estaba cubierto.
Pero quizás el broche de oro de esta visita al Pacífico californiano la tuvimos en San Diego, una ciudad que es marina por excelencia, y no solo por ser el puerto de la principal flota norteamericana del Pacífico, sino porque todo en la ciudad respirar al mar que, además, la rodea desde todas partes. Con un clima casi perfecto de unos 18/20 grados durante todo el año y un estilo de vida muy relajado, quizás por su proximidad con la frontera con Mexico, desde cualquier punto de la ciudad en el que uno se encuentre es difícil no poder ver el mar.
el Pacífico desde el punto más alto de San Diego
Se trata de un excelente puerto natural que hoy en día está repleto de clubs naúticos -en uno de los cuales paramos- en los que amarran cientos de pequeñas o grandes embarcaciones, desde casas flotantes hasta barcos pesqueros, cruceros y grandes buques, además de las embarcaciones de la Marina, mientras cientos de gaviotas vuelan por el lugar, en busca de algo para comer.
uno de los tantos puertos deportivos de San Diego
El Embarcadero es un modernísimo paseo junto al vejo puerto, repleto de buenos negocios, bares y restaurantes, inclusive al aire libre, junto al cual se encuentran tres viejas y famosas embarcaciones transformadas en museos que hoy se pueden visitar.
Y hablando de famosas excentricidades, en una isla cercana, a la cual se accede por un largo y pintoresco puente colgante, se encuentra el célebre Hotel del Coronado, primero en ser iluminado por la luz eléctrica que allí instaló nada menos que Edison, y que tiene una playa soñada, de esas en las que uno se podría quedar a vivir o, por lo menos, regresar para quedarse allí unos cuantos días. Fantástica y casi, casi, de película.
la desierta playa del Hotel Coronado
Finalmente, en las playas de La Jolla, una verdadera joyita junto al mar muy próxima a San Diego, nos encontramos con surfistas que alegremente practicaban su deporte, una mañana de día hábil.....es que el mar dá para todo. Luego recorrimos su costanera; almorzamos al sol y protegidos del viento por unas cortinas de vidrio, y regresamos con la sensación de haber conocido un lugar paradisíaco, muy exclusivo.
La Joya
Y así termina el recorrido, fantástico, junto al Pacífico, que durante tantos años quise hacer y se me venía negando. Hubo que esperar nada menos que 70 años.....pero valía totalmente la espera y ese mar, que es mi amigo, una vez más no me defraudó.



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