" En el principio fue el Mediterráneo; todo lo que a sus costas se acerca, queda tocado de manos azules; lo que de él se aparta, se hace turbio, pavoroso.....porque el sujeto es el mar....mejor dicho, el Mediterráneo....y el verbo es navegar" - Germán Arcinégas - "Biografía del Caribe"
La costa andaluza.-
Dejando de lado ya los mares de esta lado del mundo, y al trasladarnos hacia el otro, pienso que nada mejor que comenzar por el que, quizás, es el más emblemático de los mares del mundo, por todo lo que significó en la historia de nuestra civilización: el Mediterráneo. La primera vez que lo ví, en las costas de Andalucía, sentí una emoción inmensa al estar delante, nada menos, del que había sido el protagonista de tantas y tantas historias, de batallas y combates, de conquistas y reconquistas, de hace mucho, mucho tiempo, e inclusive de nuestro pasado reciente.
Y ahí estaba yo, mirando y admirando ese mar de un color muy clarito, de un celeste muy tenue, inmenso, calmo como si fuera un lago y, una vez dentro, de una temperatura muy agradable. Estaba en Fuengirola, una playa cerca de Málaga y allí es donde tuvimos nuestro primer contacto; me acuerdo perfectamente bien que me quedé mucho tiempo en el agua, como suspendido en el tiempo, mirando hacia el cielo y sin poder creer que, finalmente, me estaba bañando en el Mediterráneo europeo.
La playa, en cambio, no me convenció mucho, con la arena bastante áspera, muy angosta y con muchísima gente, apiñada junto a sombrillas y tumbadoras de modo que se hacía muy difícil caminar.Pero poder mirar esa amplitud en el mar, que se perdía hasta allá bien lejos en el horizonte, era un placer que ayudaba a superar aquellas incomodidades, mientras veía pasar enormes veleros y embarcaciones de todo tipo, yates o embarcaciones con motores fuera de borda, todo lo cual me resultaba muy divertido.
Algunos años después volví a Europa y, por supuesto, tomé contacto con el Mediterraneo; esta vez fue en Barcelona, en el mar de Serrat, y si bien no me acerqué a la playa ni me metí al agua, lo que pude recorren tranquila y despaciosamente fue su puerto, luego de haber disfrutada el mar desde el aire, mientras el avión buscaba pista y cada vez nos acercaba más a ese celeste tranquilo que impúdicamente se nos mostraba debajo. Tambien, pero en otro viaje, tuve la posibilidad de volver a Fuengirola, como años atras.
el Puerto de Barcelona
Pero la experiencia, esta segunda vez, no fue tan agradable como la primera, o al menos no lo fue en ninguna de las dos oportunidades en las que intenté entrar al mar desde el magnífico Hotel Cristina en el cual parábamos, y que en cambio nos ofrecía una pileta espectacular con toda la vista sobre el Mediterráneo, pero sin esas odiosas medusas que en el mar me volvieron loco y que son como nuestras conocidas aguas vivas, pero mucho más chiquitas y por ende dificil de verlas venir, y cuyas pícaduras son aun más dolorosas.
En cambio esa circunstancia nos permitió conocer otra playa, también cercana a Málaga pero algo más hacia el norte, que es la de Nerja. El día en que estuvimos estaba muy concurrida; quizás no es hubiese mucha gente sino que estaba como encerrada por acantilados cercanos y eso la hacía achicarse bastante, pero la gente era agradable y muy tranquila, de modo que se podía compartir bien el espacio. Aquí tampoco me gustó mucho la arena, bastante gruesa, pero sí el mar, aun cuando ni bien entrar caía abrúptamente, como si fuese un pozo; la ventaja es que se podía nadar casi, casi desde la propia orilla.
Nerja
También por la zona nos dimos un gustito bastante bacán, como fue el de cenar una cálida noche, en una de las playas de Marbella, con mesas sobre la misma arena. Habíamos ido a conocer el cercano Pueerto, en Banús, con su despliegue de enormes veleros y autos de altísima gama en los muelles, y al volver nos detuvimos para recorrer como un paseo cercano a las playas de Marbella, hasta dar con un restaurante, perfecto y completo, levantado propiamente en la misma playa, y por supuesto que allí nos quedamos.
No puedo decir una sola palabra del mar que, tranquilo y silencioso, cuidaba de nuestra velada, pero de la albúmina a la sal que devoramos podría contar maravillas. Una experiencia semejante tuvimos en Torremolinos, adonde también fuimos a cenar una noche, pero ni el lugar era tan sofisticado; ni la playa tan emblemática; aunque sí que estaba concurrida el pequeño paseo costanero que circunda sus no muy extensas playas
Vamos a volver este año -2015- a esa zona de la costa andaluza, más concretamente a Fuengirola, una vez más, (que increíble, como me gusta regresar a lugares que me han encantado....Madrid.....Paris.....Venecia.....Andalucía....) y espero esta vez tener más suerte con el mar, porque mantengo la ilusión de poder disfrutarlo, con la misma tranquilidad que la primera vez, y además, recorrer las grutas de Nerja, que aquella lejana vez también se nos negaron, por problemas horarios.
Debo decir que así efectivamente ocurrió. Una semana en Fuengirola, en un departamento con vista directa al mar, te reconforta con la vida, y eso es lo que pudimos vivir. Bajamos a la playa que estaba a metros del condominio, y allí permanecíamos descansando, leyendo, bañándonos, caminando por la orilla y tomándonos unos buenos vasitos de sangría, al mediodía. Fue un placer y sí, me reconcilié con su mar, que pude disfrutar a pleno, y también recorrer las cuevas de Nerja, muy interesantes, aunque esta vez no alcanzamos a bajar a sus playas. Casi diria, "tarea cumplida !!!!"
La costa brava.-
Algo más hacia el norte y ya concretamente en la propia Cataluña, me acerqué al bendito Mediterráneo en una playa cercana a Cadaqués, que se llama Rosas; tanto la playa como el mar, allí, eran espectaculares. Llegamos buscando una playa tradicional, como las nuestras, con arena en vez de piedras, que eran todas las que habíamos encontrado en la famosa Costa Azul, desde Niza al sur, para intentar bañarnos porque, al menos a mí, en aquellas se me hace muy difícil ya que las piedras se encuentran no solo en el mar sino también en la orilla.
Y repentinamente dimos con esta maravilla de Rosas, en plena Cataluña y fue como volver a lo nuestro. Era impactante el ancho de esta playa y el mar estaba bien, pero bien retirado, de modo que se podía caminar tranquilamente, y no solo a lo ancho, a lo largo también. Allí me dí un par de buenísimos baños, tomamos bastante sol, descansamos y, lamentablemente teníamos que seguir andando ya que volvíamos a España desde Francia, pero allí me sentí -nuevamente- bien recibido por el mar.
la playa catalana de Rosas
Ese mismo día, recorriendo otras playas, más hacia el sur, estuvimos en la Cala Flugel, un lindísimo puerto pesquero que está casi en el límite de los dos países, pero adonde ya a esa hora de la siesta había mucha gente y poco espacio, de modo que como el viaje nos impulsaba a seguir no me cambié y ni siquiera pude darme un chapuzón. Sólo los pies en el agua, pero.....ya volveré!
Nuestro paraíso en Puerto Pollensa
La costa mallorquí que mira hacia el continente, llamada del poniente, tuvimos la posibilidad de recorrerla tanto en auto como desde el agua, además de ser nuestro natural paisaje desde el balcón de la habitación que durante una semana ocupamos en Palma. La primera visita que hicimos por nuestra cuenta nos llevó hasta el pequeño puertito de Valldemosa, después de haber descendido la montaña por un camino serpenteante y angosto pero, por suerte, casi sin tráfico. Sin embargo al llegar, si bien nos encontramos con un rinconcito frente al mar que era espectacular, y llegamos a instalarnos en su playa, desierta, lo cierto es que ésta estaba llena de piedras y no era nada plancentero pasar allí la tarde.
Así que lamentándolo mucho, emprendimos el regreso y en un momento dado tomamos por un desvía del camino que nos llevó directamente a Cala Déia, otro rincón pequeño con la entrada del mar, bastante angosta, hasta la playa adonde, entre rocas, logramos instalarnos. El lugar tenía una vista excepcional y estaba repleto de gente; allí comimos unos ricos pescados y nos pasamos la tarde entrando y saliendo del mar, haciendo peripecias con los pies para poder caminar sin llevarnos las rocas por delante, ya que estas se esparcían también en el agua. Pero el lugar, para la vista, era impagable.
Sorrento
Camino a Amalfi nos encontramos con otra impresionante curiosidad como es Positano, una ciudad prácticamente colgada, literalmente, de la montaña, pero que termina abajo junto a las orillas de una playa larga y extendida, de arena, como Dios manda. De tal modo que uno debe dejar el auto bastante arriba y comenzar a descender caminando, disfrutando de todas esas casitas y demás construcciones que van descendiendo como en capas, de todos los colores posibles, como si fuese un inmenso estadio cuyo epicentro, en vez de un campo de juego, fuese el mar.
Positano
No puedo decir nada más del mar, que referirme a sus colores y a la tranquilidad de sus aguas, porque en ninguno de esos sitios me bañé. No recuerdo bien cual sería la estación durante la cual hicimos ese viaje, si el otoño o la primavera, pero lo cierto es que la temperatura no era la más propicia para meternos en el mar, por más fanáticos que fuéramos.
Lo mismo podría decir de Amalfi, en donde sí estuvimos un largo rato en la playa y luego trepando como hasta un viejo torreón dálmata que coronaba la misma desde uno de sus extremos. En todos estos lugares nos fascinó tanto todo lo que veíamos, que medio, medio nos acostumbramos a tener siempre allí, a nuestro lado, a ese mar celeste o azul que muy pacíficamente nos acompañaba, silenciosamente, durante todo el recorrido, que hicimos varias veces a lo largo de los días, llegando hasta Salerno, al final de ese camino maravilloso que nos impregnó de mar.....cada vez más celeste a medida que nos llevaba hacia el sur. Un lugar realmente espectacular....soñado!
Amalfi
En la misma costa y junto a ese mismo mar, pudimos disfrutar muchísimo de uno de los lugares más encantadores de todos aquellos por los que hemos andado: la isla de Capri....una perlita enclavada frente al golfo de Nápoles, y desde donde llegamos navegando una espléndida mañana. Nuestro hotel, espectacular, se encontraba balconeado sobre el mar, y aquí sí, ni bien llegamos, bajamos hasta la playa vecina y nos metimos al mar....¡ que placer !!!
Esa pequeña playita se encontraba rodeada de altas piedras, de cientos de años, pero el mar era extrañamente calmo y me permitió echarme a nadar hasta bastante adentro. Recuerdo lo fresco de esa agua, totalmente cristalina, mientras me iba alejando hacia adentro y la pequeña multitud que la ocupaba -era un domingo- se iba empequeñeciendo con la distancia. Luego regresé y así, fresco, nos fuimos a almorzar en una galería abierta que tenía el hotel, por supuesto con vista al mar, atendidos por un argentino que por allí se encontraba haciendo prácticas hoteleras.
Pero lo que nos resultó francamente inolvidable fue haber podido dar toda la vuelta a la isla en un pequeño velero que conducía un marinero, y que cada tanto se detenía para que me pudiera zambullir en ese mar casi perfecto, de aguas tan cristalinas como templadas, e inclusive nadar por debajo de los altísimos acantilados que cincundan toda la isla, mientras el velerito me aguardaba en otra entrada. ¡ Que placer !!.
¡ a nadar !!!
No voy a reiterar aquí lo que durante ese trayecto, nos deparó la famosa Grotta Azurra porque ya he dejado mis impresiones en otro de los blogs, pero realmente todo ese paseo, las vistas, las anécdotas sobre el pasado imperial de la isla en tiempos de descanso de Tiberio, los colores bien celestes del cielo contra el azul bien azul del mar; la Gruta Azul y su propia belleza, por no decir Anacapri y sus elevadas vistas sobre el mar e islas cercanas como Ischia, en fin, todo Capri es un espectáculo inolvidable, tanto como las habitaciones en donde se filamara allá por los 50 la película "Algo para recordar" , de la cual en un Museo se conserva el piano en el que la viejita tocaba aquella hermosa canción
Anacapri
la ciudad de Siracusa
Como en Taormina las playas casi no tenían espacio, debido a las grandes rocas de los acantilados, el lugar cercano apropiado para tomarnos un bañito y disfrutar de la arena fue la vecina Giardfini Naxos, adonde bajamos varias veces a sus playas, aun cuando no me pude dar ningún baño por estar con el brazo en cabrestillo. Pero igual uno puede disfrutar, mirando tranquilamente tirado en una tumbadora, con la vista fija en el mar, o bien caminando por esa lindísima costanera, tan tranquila como el mar que desde allí se disfruta.
Debo decir que así efectivamente ocurrió. Una semana en Fuengirola, en un departamento con vista directa al mar, te reconforta con la vida, y eso es lo que pudimos vivir. Bajamos a la playa que estaba a metros del condominio, y allí permanecíamos descansando, leyendo, bañándonos, caminando por la orilla y tomándonos unos buenos vasitos de sangría, al mediodía. Fue un placer y sí, me reconcilié con su mar, que pude disfrutar a pleno, y también recorrer las cuevas de Nerja, muy interesantes, aunque esta vez no alcanzamos a bajar a sus playas. Casi diria, "tarea cumplida !!!!"
La costa brava.-
Algo más hacia el norte y ya concretamente en la propia Cataluña, me acerqué al bendito Mediterráneo en una playa cercana a Cadaqués, que se llama Rosas; tanto la playa como el mar, allí, eran espectaculares. Llegamos buscando una playa tradicional, como las nuestras, con arena en vez de piedras, que eran todas las que habíamos encontrado en la famosa Costa Azul, desde Niza al sur, para intentar bañarnos porque, al menos a mí, en aquellas se me hace muy difícil ya que las piedras se encuentran no solo en el mar sino también en la orilla.
Y repentinamente dimos con esta maravilla de Rosas, en plena Cataluña y fue como volver a lo nuestro. Era impactante el ancho de esta playa y el mar estaba bien, pero bien retirado, de modo que se podía caminar tranquilamente, y no solo a lo ancho, a lo largo también. Allí me dí un par de buenísimos baños, tomamos bastante sol, descansamos y, lamentablemente teníamos que seguir andando ya que volvíamos a España desde Francia, pero allí me sentí -nuevamente- bien recibido por el mar.
la playa catalana de Rosas
Ese mismo día, recorriendo otras playas, más hacia el sur, estuvimos en la Cala Flugel, un lindísimo puerto pesquero que está casi en el límite de los dos países, pero adonde ya a esa hora de la siesta había mucha gente y poco espacio, de modo que como el viaje nos impulsaba a seguir no me cambié y ni siquiera pude darme un chapuzón. Sólo los pies en el agua, pero.....ya volveré!
la pequeña Cala Flugel
Lo que sí fue espectacular es toda esa recorrida en auto por la Costa Brava, pudiendo ir mirando -y también admirando- desde arriba de los acantilados, la inmensidad del mar, con algún que otro barquito allá abajo, muy lejos, mientras que aquí debajo nuestro, unas tras otras se sucedían las playas desoladas o "calas" a muchas de las cuales solamente se puede acceder desde el agua, junto a otras, extremadamente concurridas, por la buenísima hotelería que las circunda.
En cuanto a Cadaqués, ¿ que es lo que se puede decir sin recordarlo con una sonrisa? Es un pueblo de pescadores que hay que ver con los ojos propios de uno....no se lo puede describir mejor. Enclavado entre dos altas montañas, que hay que rodear antes de comenzar a descender, se encuentra junto a una pequeña bahía que está allá abajo, y adonde varias decenas de barquitas de pescadores aguardan el amanecer de un nuevo día para hacerse a la mar en busca de alimento ajeno y sustento propio, mientras las casitas, todas blancas y del típico estilo Mediterráneo, van subiendo y bajando conforme lo hacen los desniveles de las callecitas que separan las unas de las otras.
No me bañe en sus playas ni pude disfrutar de la temperatura del mar, pero ese recuerdo que tengo del lugar, mirando hacia el mar desde un asiento en un banco de plaza en la orilla del puerto, es una de las estampas más lindas y agradables que se guardan en mi memoria, y allí me gustaría -por supuesto- no solo volver- sino quedarme más tiempo, cuando ya hayan pasado frente a mis ojos todos los mares que aun quiero conocer y recorrer.
Cadaqués
Y hablando de querer quedarme, adonde intenté hacerlo fue en un lugar algo más al sur, siempre en Cataluña, adonde vivía un primo de Anamá que nos recibió en su departamento ubicado en un segundo piso y con vistas directas sobre.....el Mediterráneo. No me podía volver ni dejar de estar en ese pequeño balcón con toda la inmensidad de ese mar tan celeste como calmo que se perdía en la distancia.Intenté hacer un trueque, ese departamento por mi casa durante un año.....pero no tuve suerte. En fín ¿que les parece?
el balcón de mis sueños
Años después, de regreso en Barcelona, me acerqué a conocer su famosa playa en la Barceloneta, y quedé muy impactado; es que poder tener una playa limpia, agradable, con mucha gente pero sin atropellos, y todo eso a metros de una gran ciudad realmente fue maravilloso. Me hubiese encantado podernos quedar, pero teníamos otros planes para esa tarde y quedó para otra vez.....lo prometo.
la Barceloneta
Las costas de Mallorca.-
Como toda isla que se precie, Mallorca cuenta con cuatro costas diferentes en sus extensos 500 kilómetros de litoral al Mediterráneo, ya que conforme a las diversas y cambiantes condiciones climáticas, según como fuese su orientación adoptarán conformaciones diferentes. Así se van sucediendo acantilados, calas, bahías y playas de arena que impiden al viajero cansarse o acostumbrarse a un misma paisaje-
La primera playa que conocimos se encontraba sobre la costa oriental, era Trenc, kilómetros de arena y dunas dentro de una pequeña Cala La arena era un poquito gruesa, y la playa estaba totalmente desprovista de todo, muy pero muy agreste, excepto por un par de chiringuitos, en uno de los cuales pudimos almorzar, mientras disfrutábamos de una espléndida vista de ese mar bien celeste que se extendía delante nuestro, formando esa pequeña bahía o cala que ese día nos protegía El agua del mar era una placer: fresca pero templada, con poco oleaje de manera que se podía nadar con mucha tranquilidad.
La única particularidad de esta playa fue que, a metros de donde estábamos, comenzaba el sector nudista, bastante concurrido por cierto, con el que me encontré ni bien salí un rato a caminar por la orilla, por supuesto con mi decente traje de baño. Pero nadie se ofendió con mi presencia, ni con la que a continuación realizó Anamá, quien raudamente partió hacia el sector ni bien se enteró de la noticia
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la playa de Trenc en Mallorca
Sobre el litoral del norte de la isla, no podíamos dejar de conocer Puerto Pollensa, por la famosa canción de Sandra Mihanovich y la experiencia lesbica que en ella narra. La verdad que toda esa costa norte es una maravilla, pero Puerto Pollensa en sí nos pareció una playa más, así que nos tomamos un barquito y nos fuimos hacia otra situada cerca del Cabo Fermentor que es el punto más nórdico de toda la isla, en la punta de una prolongada penísula que cierra por uno de sus extremas la extensa bahía.
Allí sí que la pasamos de maravillas; nos alquilamos una sombrilla y un par de tumbadoras y a disfrutar de un prolongado día de playa, entrando y saliendo del mar, muy agradable aunque, eso sí, debíamos compartir toda esa belleza con un montón de gente. Pero todo estuvo bien y sin embargo el paisaje resultó ser inolvidable.
La costa mallorquí que mira hacia el continente, llamada del poniente, tuvimos la posibilidad de recorrerla tanto en auto como desde el agua, además de ser nuestro natural paisaje desde el balcón de la habitación que durante una semana ocupamos en Palma. La primera visita que hicimos por nuestra cuenta nos llevó hasta el pequeño puertito de Valldemosa, después de haber descendido la montaña por un camino serpenteante y angosto pero, por suerte, casi sin tráfico. Sin embargo al llegar, si bien nos encontramos con un rinconcito frente al mar que era espectacular, y llegamos a instalarnos en su playa, desierta, lo cierto es que ésta estaba llena de piedras y no era nada plancentero pasar allí la tarde.
Así que lamentándolo mucho, emprendimos el regreso y en un momento dado tomamos por un desvía del camino que nos llevó directamente a Cala Déia, otro rincón pequeño con la entrada del mar, bastante angosta, hasta la playa adonde, entre rocas, logramos instalarnos. El lugar tenía una vista excepcional y estaba repleto de gente; allí comimos unos ricos pescados y nos pasamos la tarde entrando y saliendo del mar, haciendo peripecias con los pies para poder caminar sin llevarnos las rocas por delante, ya que estas se esparcían también en el agua. Pero el lugar, para la vista, era impagable.
Cala Déia
La segunda vez que recorrimos esa costa fue en una excursión que hicimos en un barco, navegando por el mar. Salimos de Palma y luego de poder disfrutar de cada una de sus populares y concurridas playas cercanas, y de conocer -desde el mar- el Palacio de Mirabent, que es la residencia real de los reyes de España durante el verano, pegamos la vuelta a la isla y comenzamos a dirigirnos hacia el norte, en una navegación que fue espectacular.
El mar tenía un color azul fuerte y estaba bastante calmo y sin viento, de modo que podíamos viajar cómodamente sentados al aire libre mientras admirábamos al pasar los diferentes paisajes, casi siempre en altura, que nos mostraba la costa. Así durante un par de horas en que llegamos a un punto -más tranqu aun- en donde el barco detuvo sus motores, el ancla nos amarró fuertemente al fondo y nos lanzamos al mar. Ah! que experiencia.....estar dándome un buen baño en el Mediterráneo....nadando sin alejarme mucho de la embarcación -por las dudas- pero con toda libertad, fue extraordinario.
Luego de un buen rato seguimos adelante, hacia el puertito de Sant Elm, adonde también pudimos bajar a una playita de arena, que estaba muy pero muy concurrida, donde volví a bañarme. Claro, esta vez era distinto....hacía pié sobre una arena casi blanca y nunca logré que el mar superase la altura de mis rodillas. Allí luego almorzamos una paella en el barco y regresamos a marcha casi forzada, con el viento en contra y saltando sobre las olas. Otro inmenso placer ese de mecerse como en el aire para luego volver a caer. Fue muy pero muy divertido. Además, poco más adelante se volvió a detener y pudimos repetir con placer, el mismo baño en el mar más profundo que habíamos tenido por la mañana.
la concurrida playita de Sant Elm
Y la tercera experiencia sobre esa misma costa fue cuando, algo más al norte, llegamos hasta el Port de Soller. Lo divertido aquí fue dejar el auto en el pueblo y seguir bajando hasta la playa en unos travías muy concurridos que van avanzando junto al mar. La playa en sí no nos gustó mucho porque es prácticamente la orilla de un puertito deportivo y no nos dimos cuenta que podíamos habernos tomado una nuevo excursión en barco para llegar hasta unas calas cercanas en donde se encuentra una de la más fotografiadas y disfrutar algo más del agua. Pero en fín.....todo no se puede.....y cuando fuimos a averiguar el último barco había partido. Regresamos eso sí, muy divertidos con los tranvías.
la playita en la que estuvimos en Port de Soller
Finalmente estuvimos en la costa del otro extremo, la llamada del levante, totalmente distintas a las anteriores levantadas junto a las laderas de cadenas montañosas. Aquí el panorama era el de viejas cuevas subterráneas a las que se podía acceder con guías, y calas interesantes que contienen playas estrechas y concurridas, pero que dan de frente como a una entrada de agua, azul y tranquila, apta tanto para nadar como para hacer deportes náuticos, tranquilos.
Nosotros recorrimos en otra excursión un par de cuevas impresionantes, y a la hora de elegir una playa nos quedamos en la de la Cala Santanyí, que temprano en la mañana cuando llegamos casi no tenía gente y luego se fue poblando "mal". Pero igual me divertí mucho entrando y saliendo del agua y sobre todo nadando hasta donde estaba la soga que impedía seguir haciéndolo. Muy agradable.
Cala Santanyi
No nos podíamos ir de Mallorca sin conocer alguna de la playas cercana a Palma, su capital, que tiene muchas y para todos los gustos. Nosotros bajamos una tarde a la de Illetas, muy concurrida, con un mar fuerte y como al pié de un bosquecito de pinos y pequeños acantilados, y otra más al sur, mucho más amplia, la de Palmanova, del otro lado de la bahía, de arena fina y un mar agradable, que fue desde la cual nos despedimos del mar y de esta magnifica isla que, realmente, logramos disfrutar en toda su dimensión.
La costa azul.-
Ya he dicho algo más arriba que las playas de este tan sofisticado mundo social europeo, no son -ni cerca- mis predilectas, fundamentalmente por sus playas pobladas de piedras que impiden poder estar cómodamente instalado en sus orillas; tienen tumbadoras y sombrillas, pero a la hora de tener que caminar, al menos para mí, es un suplicio. No digo que el mar no sea agradable, pero las famosas piedritas te siguen acompañando una vez que te metes al agua, por supuesto que con algo en los pies, lo cual ya torna más complicado el baño.
las piedritas de la playa en Niza
Estas haciendo equilibrio hasta que te echar a nadar, casi con el agua por las rodillas, pero tampoco podes disfrutar algo más adentro pensando en el suplicio de la salida. Esta experiencia se repitió en Mentón, una muy agradable población cercana a la frontera con Italia; en Niza, como lo explicara más arriba; en Villefrance Sur Mer, que tiene una playa de cerca de dos kilómetros, pero todos con piedritas; y solo cambió en Cannes en donde sí pudimos disfrutar de todo un día de una playa como Dios manda.....en un lugar tan sofisticado como paquetón, en el que te sentís por unas horas como de la realiza más rancia.....lástima que a tantos más se les ocurriera lo mismo, el mismo día. Pero en fín, no critiquemos tanto a la Costa Azul.....esta playa sí me gustó y mucho.....aunque el mar tuviera sus algunas cuantas piedritas sueltas.
Cannes
La costa ligur.-
Cambiando de país, el Mediterráneo se acerca también a las costas italianas, y son -claro está- las que llegan a la costa ligur, con centro en la antigua y bellicima ciudad de Génova, que me hizo volar con la imaginación hacia muchos, muchísimos años atrás al tratar de ponerme en el lugar de aquel antepasado mío - Enrico Rivarola - quien salió de ese mismo puerto en una embarcación a vela, para venirse a instalar en la Argentina. Y allí estaba yo, un siglo y medio después, mirando las que -seguramente- fueron las últimas imágenes que pudo ver de su patria al partir: aquellas casas de colores apagados, que van subiendo hacia la montaña, unas junto a otras, armando como un enorme telón de fondo de mil y una ventanas despidiendo a quienes, muy probablemente, no se vería regresar.
Génova
También para mí fue muy emotivo poder recorrer las orillas de este Mar Ligur, que es el nombre con el que se designa al Mediterráneo que baña estas tierras por el occidente de "la bota", porque me transportaba en el tiempo al origen de mis orígenes, que era Chiavari, y poder ponerles presente a una serie de pueblos que mostraba un viejo mapa del lugar que de chico tuve junto a mi cama, y que con la imaginación me permitía ir cada noche a uno diferente, y que ahora iba apareciendo unos tras otros ante mi vista: Santa Margaretta; Portofino; Rapallo; Sestri; etc. etc.
¡ Que lugares !! Tampoco la primera vez que pasamos por allí teníamos el tiempo suficiente....porque muchas veces los viajes se arman en función de distancias que luego esclavizan los gustos....pero esa pasada o pincelada nos bastó para encontrar en todos esos sitios una gran elegancia...en los barcos.,...en los negocios....en las calles....en las ropas....y desde luego en el mar. Es que si hay un mar que se pueda calificar de elegante, aunque esto no sirva mucho para describir un mar, es el de esta costa de la Liguria italiana..
Porque hay mares -disculpando al mar- medio berretas, como por ejemplo el de Las Grutas; o muy sofisticados, como el de Pinamar, Cariló, Punta del Este o Mónaco; o muy populosos, como Mar del Plata o Cancún; o muy deportivos, los de Aruba o muy tranquilos, como los de la Costa Brava; pero elegante, un mar elegante, este de la liguria....por donde, desde luego, debíamos darnos otra oportunidad, y la tuvimos.
Esa vez paramos varios días en Rapallo, en un hotel desde donde se podía ver el mar, de un azul muy sereno, con una costanera amplía y muchos negocios a su vera, desde donde una mañana nos tomamos una excursión, por el agua, que nos llevara a la vecina Santa Margaretta; nos permitiera pasear con mucho tiempo por esa finura que es Portofino; nos permitiera bañarnos, largamente, en San Frutuosso y termináramos la jornada paseando por la curiosa Camogli
Portofino
Y nuevamente años más tarde, regresamos a Génova, nada menos que navegando durante todo una larga jornada desde Sicilia. Partimos en un ferry desde Palermo más o menos a las 10 de la noche; dormimos en un muy confortable camarote con vista a la proa; y nos pasamos al día siguiente un maravilloso día de navegación por ese mar sereno y profundamente oscuro, travesía que nos acercó a las increíbles Cerdeña y Córcega, mientras a lo lejos se divisaba el continente, hasta llegar al puerto de Génova al atardecer......todo un espectáculo inolvidable.
Al día siguiente, ya cómodamente instalados en lo de mis primos Florencia y Filippo Bennicelli , nos llevaron a conocer uno de los rincones más lindos de Génova, sobre el mar: Boccadasse. Un barrio de pescadores, con sus casitas pintadas de alegres colores, con su playita solitaria, solo con barcos pesqueros al sol, descansando de las fatigas del amanecer, y una vista sobre el mar realmente increíble, que esa mañana nos permitía inclusive divisar Portofino allá a lo lejos. Una pequeña joyita que se encuentra entre mis recuerdos más preciados.
Boccadasse en Génova
Otro lugar involvidable de esta costa italiana son los cinco pueblitos entrelazados que conforman la llamada Cinque Terra: Romaggiore, Manarola, Cormiglia, Vernazza y Monterrosso.....cinco pueblitos colgados de la montaña y de cara al mar, entrelazados entre sí por una pasarela que conduce de uno al otro con todo el mar allá abajo, a tus pies. Estuvimos en el primero, fascinante, y caminamos por esa cornisa rumbo al segundo, con todo el mar color verdoso y transparente allá abajo, y regresamos. Almorzamos algo con la vista perdida en el mar e impregnados de tanta belleza, seguimos camino, pero el recuerdo del lugar será imborrable.
Una de las Cinque Terre
La costa amalfitana
Ya mucho más al sur, el Mediterráneo italiano nos dio otra clase de elegante belleza al dejarnos disfrutar de la magnífica costa que se extiende desde Sorrento hasta Amalfi, por un camino de cornisa, bastante angosto por cierto, que va serpenteando por altos acantilados mientras allá abajo se puede ver el azul bien profundo de un mar calmo y silencio que parece contemplar como desde una platea acuática, el paso veloz de los vehículos que por allá avanzan a uno y otro lado.
Pero más allá del camino, también son maravillosas las vistas del mar que se nos proporcionan desde lugares como Sorrento, edificada toda ella sobre altos acantilados al punto de carece de playas tradicionales y la gente quiere disfrutar del mar debe hacerlo desde largos espigones que, tanto a lo largo como a lo ancho de la ciudad, se extienden sobre el mar, al cual, desde luego, hay que ingresar zambulléndose desde arriba. Toda una curiosidad, sin dudas..
Camino a Amalfi nos encontramos con otra impresionante curiosidad como es Positano, una ciudad prácticamente colgada, literalmente, de la montaña, pero que termina abajo junto a las orillas de una playa larga y extendida, de arena, como Dios manda. De tal modo que uno debe dejar el auto bastante arriba y comenzar a descender caminando, disfrutando de todas esas casitas y demás construcciones que van descendiendo como en capas, de todos los colores posibles, como si fuese un inmenso estadio cuyo epicentro, en vez de un campo de juego, fuese el mar.
Positano
No puedo decir nada más del mar, que referirme a sus colores y a la tranquilidad de sus aguas, porque en ninguno de esos sitios me bañé. No recuerdo bien cual sería la estación durante la cual hicimos ese viaje, si el otoño o la primavera, pero lo cierto es que la temperatura no era la más propicia para meternos en el mar, por más fanáticos que fuéramos.
Lo mismo podría decir de Amalfi, en donde sí estuvimos un largo rato en la playa y luego trepando como hasta un viejo torreón dálmata que coronaba la misma desde uno de sus extremos. En todos estos lugares nos fascinó tanto todo lo que veíamos, que medio, medio nos acostumbramos a tener siempre allí, a nuestro lado, a ese mar celeste o azul que muy pacíficamente nos acompañaba, silenciosamente, durante todo el recorrido, que hicimos varias veces a lo largo de los días, llegando hasta Salerno, al final de ese camino maravilloso que nos impregnó de mar.....cada vez más celeste a medida que nos llevaba hacia el sur. Un lugar realmente espectacular....soñado!
Amalfi
En la misma costa y junto a ese mismo mar, pudimos disfrutar muchísimo de uno de los lugares más encantadores de todos aquellos por los que hemos andado: la isla de Capri....una perlita enclavada frente al golfo de Nápoles, y desde donde llegamos navegando una espléndida mañana. Nuestro hotel, espectacular, se encontraba balconeado sobre el mar, y aquí sí, ni bien llegamos, bajamos hasta la playa vecina y nos metimos al mar....¡ que placer !!!
Esa pequeña playita se encontraba rodeada de altas piedras, de cientos de años, pero el mar era extrañamente calmo y me permitió echarme a nadar hasta bastante adentro. Recuerdo lo fresco de esa agua, totalmente cristalina, mientras me iba alejando hacia adentro y la pequeña multitud que la ocupaba -era un domingo- se iba empequeñeciendo con la distancia. Luego regresé y así, fresco, nos fuimos a almorzar en una galería abierta que tenía el hotel, por supuesto con vista al mar, atendidos por un argentino que por allí se encontraba haciendo prácticas hoteleras.
Pero lo que nos resultó francamente inolvidable fue haber podido dar toda la vuelta a la isla en un pequeño velero que conducía un marinero, y que cada tanto se detenía para que me pudiera zambullir en ese mar casi perfecto, de aguas tan cristalinas como templadas, e inclusive nadar por debajo de los altísimos acantilados que cincundan toda la isla, mientras el velerito me aguardaba en otra entrada. ¡ Que placer !!.
¡ a nadar !!!
No voy a reiterar aquí lo que durante ese trayecto, nos deparó la famosa Grotta Azurra porque ya he dejado mis impresiones en otro de los blogs, pero realmente todo ese paseo, las vistas, las anécdotas sobre el pasado imperial de la isla en tiempos de descanso de Tiberio, los colores bien celestes del cielo contra el azul bien azul del mar; la Gruta Azul y su propia belleza, por no decir Anacapri y sus elevadas vistas sobre el mar e islas cercanas como Ischia, en fin, todo Capri es un espectáculo inolvidable, tanto como las habitaciones en donde se filamara allá por los 50 la película "Algo para recordar" , de la cual en un Museo se conserva el piano en el que la viejita tocaba aquella hermosa canción
Anacapri
Y queda Nápoles, la romántica, con su inmensa bahía azul fuerte, a la cual llegamos nada menos que un día de San Genaro, su patrón, quien nos recibiera con su sangre licuada y las aclamaciones de alegría de los napolitanos. Conocimos esa bella Nápoles.....la de las canzonettas......las de sus floridas veredas....la de la alegre costanera del barrio de Santa Lucía....y todo lo demás que mucho, mucho no nos gustó: el ruido...los gritos de los napolitanos.....y de las napolitanas de ventana en ventano...en fín....lo típico. Pero nos gustó mucho la vista de su bahía, sobre todo desde ese paseo contiguo al viejo Castello del Hovo.y allá lejos, como custodiando el mar, la tranquilidad -hoy- del famoso Vesubio.
El Castello del Ovo y el puerto deportivo
La costa siciliana.-
A diferencia de Mallorca que tiene sus cuatro costas bien diferenciadas, Sicilia -que tambien es una isla, aunque más cercana al continente- tiene un formato triangular con costas sobre tres mares diferentes: el Mediterráneo al sur; el Jónico al oriente y el Tirreno hacia el norte. Durante una visita que hicimos a la isla conocimos las dos últimas. Su capital -Palermo- se levanta sobre el extenso litoral del mar Tirreno, y desde esa ciudad nos trasladamos hacia uno y otro lado en busca de sus costas.
El Tirreno es de un color bastante celeste y sus aguas, calmas , se pierden en la inmensidad de esa extensión tranquila de sus aguas que pareciera no tener final. Allá a lo lejos, los días claros, nos han contado que se pueden divisar hasta las costas de Libia, en el Africa. Nosotros lo intentamos desde una especie de balcón que tiene una increíble ciudad construida en las alturas, que es Erize, pero no lo logramos; sin embargo las vistas que desde esas alturas tuvimos del mar fueron fascinantes
el Tirreno desde Erize
También sobre las costas del Tirreno pero hacia el este de Palermo nos encontramos con otra playa muy agradable, la de Corfú.....una antigua colonia de pesacadores que hoy es un moderno y concurrido balneario. Cuando llegamos acababa de dejar de llover, de modo que la arena aún estaba mojada y en la playa no había nadie. Ese día, sin embargo, el mar estaba bien calmo y del mismo color celeste que le era habitual.
Más allá del factor climático, yo andaba encabrestillado y no me podía meter al mar, pero nos quedamos un largo rato en la arena, mirando hacia las pequeñas olas que se sucedían en la orilla. Caminamos luego hacia la antigua población, sobre la cual es como que el mar penetra ya que las construcciones terminan exactamente en el mar y contra sus paredes golpean las olas. Debe ser bravo cuando está enfurecido, pero ese día estaba muy calmo y se lo podía disfrutar muy bien.
la playa de Curfú en Sicilia
En cuanto al Jónico, creo que tiene uno de los colores de mar que más me han impactado de todos los conocidos. Es azul fuerte, firme, potente, de esos que se imponen, no de los que acompañan un paisaje sino de aquellos que lo construyen. Una maravilla.
Nosotros nos encontramos con él en Taormina, esa maravillosa ciudad colgada de las montañas, pero nuestro hotel daba al mar, a ese mar que llegaba tranquilo a bañar las últimas rocas de los acantilados que caían a pique; y ahí estábamos nosotros, absortos, disfrutando de tanta belleza que casi hacían imposible pensar que fuera cierto lo que veíamos y no una fantasía. ¡ Que placer.... por Dios !
El Jónico en Taormina
También pudimos navegarlo durante una pequeña excursión que hicimos en Siracusa, el punto más austral de la isla, antigua ciudad griega repleta de historia. Dimos una vuelta, breve, de aproximadamente una hora, pero fue suficiente como para incorporar una experiencia de navegación más, en un día espléndido.
la ciudad de Siracusa
Como en Taormina las playas casi no tenían espacio, debido a las grandes rocas de los acantilados, el lugar cercano apropiado para tomarnos un bañito y disfrutar de la arena fue la vecina Giardfini Naxos, adonde bajamos varias veces a sus playas, aun cuando no me pude dar ningún baño por estar con el brazo en cabrestillo. Pero igual uno puede disfrutar, mirando tranquilamente tirado en una tumbadora, con la vista fija en el mar, o bien caminando por esa lindísima costanera, tan tranquila como el mar que desde allí se disfruta.
El mar Jónico en Giardini Naxos
¡ El Mediterráneo !! ¡ Cuantos mares diferentes que contiene y que lo hacen grande y maravilloso ! Es que desde el Peñón de Gibraltar, brumoso e industrial, hasta la elegancia del Ligure, pasando por Marbella, Puerto Banus, Barcelona, Marsella, Niza, Cannes, Mónaco o Génova, cada lugar le pone su impronta y cada sitio un color o matiz diferenciador. Son, me parece, todos los mares por un lado y el mar, así, simplemente el mar, por otro lado. El de los inicios de nuestra civilización; el que ha ido creciendo juntamente con ella, y el que seguramente permanecerá junto a ella, mientras exista un solo hombre que lo disfrute o lo necesite.


























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