miércoles, 31 de diciembre de 2014

Los mares de Méjico.-


     Como bien lo habrás estudiado en clases de Geografía, Mejico tiene sus costas del oeste sobre el Pacífico y, además, hacia el este en dos versiones, sobre el Golfo de Mejico y sobre el Mar Caribe, desde la peninsula de Yucatán hacia el sur. Tuve la suerte de poder bañarme en dos de esas tres variantes mejicanas: en el Pacífico y en el Mar Caribe; también me bañe en las aguas del Golfo, pero desde otra orilla, en una playa norteamericana.

     Mi recuerdo del Pacífico era el de los mares chilenos: un mar muy azul, profundo y muy pero muy frío, de manera que la primera vez que puse mis pies en el Pacífico mejicano, en Puerto Vallarta, mi sensación fue de sorpresa: el agua era cálida, casi diría que caliente, y uno se podía meter en el mar y caminar tranquilamente varias decenas de metros sin que el agua pasara de la cintura. Debo reconocer que no es mi ideal de mar, pero esa tranquilidad, si bien quita el placer de lidiar con las olas, en cambio permite nadar y nadar con la seguridad de saber que por más que uno se vaya internando siempre vas a estar haciendo pie, o apenitas cerca de lograrlo con unas pocas brazadas.

                                                                        
                                                            Puerto Vallarta en Méjico

     La arena en cambio no se puede comparar con la de ningún otro lugar por aquí, en el sur, ya que aquella es blanca,  muy pero muy blanca y extremadamente finita, que invita a caminar por ella durante largas horas, de un lugar a otro. Cerca de allí, en un lugar al que fuimos en un barquito, hicimos por primera vez snorqueling, nadando sobre la superficie pero con un tubito que permite respirar sin tener que sacar la cabeza permanentemente, y entonces, ayudado por patas de rana, te vas moviendo y entre acantilados sumergidos, vas mirando hacia dentro del mar y disfrutando de una enorme cantidad de pecesillos de todos los tamaños y colores que se aparecen por todos lados y que nadan al lado de uno

    En esa misma excursión conocimos uno de los lugares con playa más lindos de los que pueda tener memoria: Puerto Escondido. Se trata de un lugar enclavado al fondo de una pequeña bahía hasta las cuales llegan los barquitos porque no se puede acceder por tierra, pero sin entrar hasta el final que es muy poco profundo, de modo que hay que trasbordar a unos pequeños botes que son los que llegan hasta la orilla y desde ahí se disfruta de una vista maravillosa de esa mar color verdozo, con el cielo claro y despejado, y un mar calmo, sin olas, en donde basta un pequeño suspiro para llegar a la orilla.

                                                                             
                                                                       Puerto Escondido
           
     Por supuesto que para completar esa maravillosa vista, todo lo que gira en torno del lugar está armado para poder pasar allí una buena jornada playera, comiendo deliciosos pescados debajo de unas sobrillas con techos de paja, y permitiendo que el mar se meta por todos los poros.

     Desde Puerto Vallarta, también pudimos recorrer distintas playas cercanas, hacia el norte, mientras saltábamos de una a la otra en un jeep descapotado que habíamos alquilado. Algunas tenían playas más anchas; otras el mar más movido; algunas eran de una soledad total, como para sentirnos totalmente perdidos del mundo y con total libertad para hacer cualquier cosa que quisiéramos, y otras con ciertas multitudes, lo cual en algunos momentos también puede ser necesario, sobre todo si hay hambre y muchas ganas de tomar algo fresco.

                                                             

     Siempre en Méjico pero ahora sobre el otro lado, sobre el mar Caribe, estuvimos en Playa del Cármen, algo al sur de Cancún, en la punta de la península del Yucatán, que es la que cierra el golfo desde el lado norte, en plena zona que fuera del dominio maya. Allí el mar no es de tanta calma como sobre el Pacífico y tiene menos de azul y más de celeste, aunque la arena sigue siendo de ese blanco casi enceguecedor. Pero las olas en el mar tienen forma de olas, y si bien el mar suele estar calmo, al menos uno puede disfrutar de algo más de su movimiento.

                                               
                                                 Playa del Hotel Tequila en Playa del Cármen

        Enfrente a Playa del Cármen hay una isla -Cozumel- lindísima, y en la cual pudimos dar toda una vuelta a la misma en moto, y que como toda isla, tiene dos costas bien definidas. La que mira hacia el continente, calma, semejante a las de Playa del Cármen, pero al dar la vuelta nos encontramos francamente con el mar abierto, adonde estaban las olas como las nuestras, con tamaño, fuerza y mucha espuma, sobre playas vírgenes en las que no se veía a nadie por kilómetros y kilómetros, y que solo disfrutaban las gaviotas, y nosotros. ¡ Que ganas tuve de entrar corriendo al mar !!....pero la prudencia, frente a tanta soledad, me aconsejó no hacerlo.

                                                           
                                                                       Cozumel

     Diez años después tuve la suerte de regresar a Playa del Carmen, y me ocurrió algo semejante a lo que nos pasa cuando nos encontramos con algún viejo amigo, porque me permitió recordar aquellos viejos buenos momentos de ayer, en un lugar que sigue siendo maravilloso. Estábamos en otro hotel, que esta vez daba directamente sobre la playa, de manera que todos los días bajaba temprano y, aunque por allá era el invierno, la verdad es que no lo parecía en absoluto ya que un sol radiante y espléndido nos acompaña diariamente.

     La playa sigue estando igual, con esa tranquilidad que le brinda un aspecto más de pileta abierta que de mar, y con sus aguas bien templadas, a una temperatura muy agradable, de modo que se puede nadar con toda seguridad, al abrigo de la calidez y la serenidad del agua. Claro que se extrañan esas olas gigantescas que hay que correr para poder meterse por debajo, pero bueno, todo no se puede, y esa ausencia la suple una arana finita, casi talco, que no quema en absoluto, y que nos permitió recorrer la playa en los dos sentidos, varias veces.

                                                                             
                                                   Playa del hotel Palace Riviera Maya

     Durante esta segunda visita a la Riviera Maya tuve el inmenso placer de conocer Contoy, una isla virgen situada exactamente en el límite entre el mar Caribe -que baña una de sus costas- y las aguas del golfo de México, a las que da la otra orilla. Se trata de un verdadero paraíso incontaminado, que se preserva como un punto escogido en el cual se descarta todo lo que sea artificial, al punto que esta prohibido el uso de bronceadores, el agua en los baños (que son químicos), hacer fuego (se debe cocinar en los barcos) y no pueden llegar más que 200 turistas por día, de modo de preservarlo de toda contaminación.

                                                                             
playa de la isla Contoy

     Por supuesto que en un ambiente así, son cientos las especies de diferentes pájaros que anidan en esos árboles más que centenarios que pueblan toda la isla, transformándola en una especie de pequeña selva por donde es un placer adicional caminar a su sombra, luego de haberse uno dado infinidad de baños en ese mar tan cálido y sereno, en el que se deben caminar al menos unos 100 metros para que el agua -en la que nadan tranquilamente peces y rayas que se ven a simple vista- te llegue a cubrir las rodillas. Maravilloso y a solo una hora de navegación desde Cancun !!

     También tuve la suerte de poder bañarme en las aguas del Golfo de Méjico, aunque en una playa norteamericana, St. Petesburg, sobre el oeste de la península de la Florida y que es la que encierra al Golfo por su parte más oriental, vale decir del contrario al de Méjico. La playa era extraordinaria, con todo lo que a mí me gusta que tenga una playa para hacerme feliz: por supuesto el mar, con olas, con buenas olas pero adonde igual uno pueda salir a nadar un poco; después playas anchas, adonde pueda estar mucha gente sin molestarse evitando sentirnos invadidos todo el tiempo; también con barcitos, varios, limpios y acogedores, adonde poder refugiarse para disfrutar de unos buenos tragos, algo más como para entretener al estómago y tener un rato de sombra; y finalmente distancia, la posibilidad de sentarme en la orilla simplemente a mirar, en la distancia, como el mar se pierde en el horizonte, mostrándose pleno y potente. Todo eso encontré allí.

                                                                       
.                                                      La playa de St. Petesburg (Es.Us.)

     No me gustó mucho el mar en los Es. Us. del otro lado, sobre Miami, que me pareció bastante sucio, movido, con playas medias deformes y con un mar "raro", al menos la única mañana que se me ocurrió bajar a una playa. Pero esa del oeste de la Florida está entre las más lindas que he visitado y de las que mejores recuerdos guardo. 

lunes, 15 de diciembre de 2014

Los mares patagónicos.-


     Desde siempre había tenido la impresión que el mar patagónico era -además de algo muy lejano- tremendamente inhóspito y frío. El estudio -en el colegio- de los viajes de Magallanes y otros había contribuido y en mucho a crear aquella sensación. Pero un buen día, cuando empezaba el verano y -como siempre- yo comenzaba a añorar un buen baño de mar, estando ya viviendo en Neuquén se me ocurrió que en lugar de volver a las costas de algún balneario en la provincia de Buenos Aires, o tener que cruzar la cordillera para ir al Pacífico en Chile, existía la posibilidad mucho más a mano de acercarme al mar de aquí, al de la Patagonia, y junto a mis dos hijos más chicos nos fuimos para Puerto Madryn, sobre las costas de Chubut, y la verdad es que no sólo no me defraudó, sino que me fascinó y adonde, cada tanto, regreso.

     Allá el mar, contrariamente a lo que uno pudiera suponer, no es frío, al menos no es el frío del mar de Mar del Plata. Su color es azul, intenso, fuerte, oscuro y con poco oleaje dado que en ese lugar el mar está dentro de un golfo bastante grande -el Golfo Nuevo- que se forma en la parte sur de la península de Valdez y la costa, que lo transforma como en una gigantesca pileta; tan apasible es ese lugar en el mundo que ha sido elegido por la ballena franca austral tanto para sus apareamientos como para la ulterior parición de sus crías.

     Además, ese mar es de una gran transparencia, lo que lo transforma en un lugar ideal para el buceo, actividad en la que se inciaron ese verano los dos chicos -Francisco y Gloria- mientras yo lo disfrutaba desde una plataforma porque un viejo oído perforado y algo de presión alta, me lo impedían. En cuanto a la temperatura del agua, era sumamente agradable y el mar se extendía bajito por centenas de metros, de modo que se podía ir entrando bien despacio y caminar y caminar hacia adentro, o nadar tranquilamente como su fuera la parte baja de una pileta, haciendo siempre pie, para finalmente encontrarse con la olas, grandes pero de caída tranquila y previsible.
                                                                     
( Puerto Madryn desde el mar)     

     ¡ Que bien la pasamos durante esa segundo quincena de enero en Madryn ! La verdad es que nos encantó. También hicimos una visita a la vecina Puerto Pirámides, sobre la margen oriental de la Península de Váldez y que es desde donde salen las embarcaciones para el avistaje de las ballenas. Ese verano -enero- ya se habían ido hacia otras latitudes más australes, y tampoco logré verlas durante un segundo viaje que hice años más tarde, también durante un verano; pero la tercera vez fui en noviembre y aún quedaban algunas, que estaban allí más o menos desde agosto o septiembre, de modo que serían las últimas en irse....pero estaban. ¡ Que espectáculo más impactante !!

     Estar navegando allí, por el mar, era impresionante sabiendo que debajo hay un número importante de ballenas, todas con su muy buen tamaño, sobre todo dándoles sus primeras enseñanzas de nado a sus pequeñas (?) crías, todos los cuales pasan por debajo de las embarcaciones llenas de gente, como si tal cosa. De repente, por allá se ve saltar a una, o más aquí aparece la magnífica cola con su enorme aleta de otra, que se queda como clavada en el mar y se inclina hacia un lado y hacia el otro, como saludando a quienes nos hemos atrevido a meternos un poquito en su mondo. ¡ Vale la pena hacer esa excursión, porque no es algo de lo que se pueda disfrutar muy seguido !!

                                                                                
( el saludo de la ballena )


     También desde Madryn salen algunas otras excursiones, por tierra y por mar, que hicimos, para conocer el mundo de los lobos marinos, de los elefantes marinos y sobre todo de los pinguinos de Punta Tombo, bastante más al sur, y en donde una enorme multitud de estos pequeños animales viven en colonia y en parejas, estables, las que años tras año se reunen en este lugar para criar a sus pequeños, alimentarlos y pasar el verano a una temperatura más fresca que la del sur del Brasil adonde pasan sus inviernos.

                                                                               

                                                        ( pinguinera de Punta Tombo )

     Y mientras disfrutamos de ese panorama tan poco usual, el mar está allí, detrás, como un enorme marco azul que nos va acompañando desde la distancia o la cercanía, con esa placidez y esa paz que solo puede provenir de quien sabiéndose potencialmente violento, deja discurrir sus días bajo el tranquilo cielo tan azul como sus aguas, y con el cual compite en elegancia, en sobriedad y en el mismo canto a la naturaleza que se presenta ante nuestros ojos con todo su esplendor y libre de cualquier atadura ciudadana.

                                                                        
                                                              ( el mar en Madryn )

     Todo eso es lo que me recuerdan mis sucesivas llegadas a Puerto Madryn y su zona de influencia. También se podría decir que se corresponde con esa categoría de mares patagónicos el que baña las costas de Las Grutas, un balneario rionegrino que tiene tanto detractores como fervientes adherentes, y que creo que hay que conocer para sacar cada uno sus propias conclusiones. Yo voy aqui a dejar las mias.

     Me parece que -como balneario- es un lugar muy agradable, pero que convertido como está en playa muy populosa, esto le hace perder su encanto, que lo tiene. Las playas son bastante anchas y todas ellas se extienden por delante de grandes acantilados, de modo que hay que para bajar hay que hacerlo por distintas escaleras, cada una de las cuales tiene un número, que debe haber comenzado, como es lógico, por la 1a. y que hoy van como por la 9a.

                                                                             
                                                                    ( Las Grutas)

     Las casas, por su parte, son bastante pintorescas y están edificadas -la mayoría- en función de obtener las mejores vistas sobre el mar, de modo que se ha ido formando como una costanera de casas blancas, estilo mediterráneo, que le da una característica muy especial, típica de balneario veraniego, a diferencia de Madryn que es ciudad con bastante población estable.

     En cuanto al mar en Las Grutas es cálido y muy agradable, ya que también está metido dentro de un golfo, en la parte más resguardada del de San Matías, pero que hay que aprovechar en función de las mareas ya que hay dos por día, muy marcadas, en las que el mar sube casi, casi hasta las mismas escaleras, y después baja y se va bastante lejos, dejando ver sobre todo en el sector más al sur unas enormes piedras tipo corales, que por supuesto no te dejan entrar por ahí al agua y te tenes que correr más hacia el otro sector, que es adonde hay mayor cantidad de gente.

     Eso es, entonces, lo incómodo; que la parte de la playa más tranquila no de permita la posibilidad de meterte en el mar, mientras que si lo podes hacer en el otro sector, pero a cambio de perder la tranquilidad. De moldo que lo que solíamos hacer era ir temprano y aprovechar a bañarnos cuando el mar cubría los corales, para luego irnos hacia alguna otra playa más lejana o simplemente dejarla hasta otro momento. Quizás lo ideal sería poder llegar alguna vez en diciembre, o mejor en noviembre, y así poder sacar una conclusión más objetiva del lugar.

     A poca distancia de allí, más o menos a unos 100 kilómetros hacia el sur, entre Las Grutas y Madryn está un balneario nuevo a la altura de Sierra Grande, en Chubut; es Playas Doradas, que tuvimos oportunidad de conocer y disfrutar a fines de un verano. Las playas eran espectacularmente anchas y con muchísimas conchillas de todo tipo, y aquí, aunque el mar también tiene sus dos mareas diarias, como es bastante más abierto el agua no se viene tan encima y siempre queda igual bastante playa.

                                                                            

                                                                 ( Playas Doradas)

     Me bañé, por supuesto, aunque ya hacía un poco de frío, pero me gustó porque como era un día con viento había bastante movimiento de olas y me divertí mucho. Después volví dos o tres veces más al agua, y como estábamos alojados en una posada allí mismo, sobre un médano de la playa, nos quedábamos muchas horas disfrutando simplemente con la vista, mirando hacia la inmensidad y llenándonos los ojos de esa paz tan conmovedora que, al menos a mí, me transmite siempre el mar.

     Una playa que si bien se encuentra dentro de la provincia de Buenos Aires, y por ende no podría ser incluida entre las de la Patagonia porque ésta recién comienza al sur del río Colorado, es Monte Hermoso, adonde simplemente llegamos una tarde a pasar la noche, pero antes pudimos caminar sus playas a la hora del atardecer, y contemplar un fenómeno que no se da en ninguna otra playa de la Argentina: la puesta del sol en el mar.

     Es que como el sol siempre se esconde por el oeste, y el mar lo tenemos hacia el este, muchas veces hemos podido ver la salida del sol desde el mar, pero nunca su puesta, excepto en este lugar porque como la playa está ubicada en la parte más baja de la panza de la provincia, el mar puede verse que sigue "como" hacia el oeste, adonde está Bahía Blanca, y claro está que entonces el sol se pone por el oeste de donde estamos, y en ese lugar se va escondiendo poco a poco en el mar, como si estuviésemos en Chile.

                                                                           
                                               Puesta del sol en el mar en Monte Hermoso

     En cuanto al mar no sabría que decir porque no me bañé y a la mañana siguiente seguimos nuestro viaje, pero sí me acuerdo de haberme mojado los pies en un agua bastante cálida, pero repleta de aguasvivas, que se extendían  a todo lo largo de la orilla y que allí las había abandona el mar cuando la bajante de la tarde, de modo que no sé si será siempre así o fue una excepción. Habrá que volver a probarlo.   







           





























     






















sábado, 13 de diciembre de 2014

El mar de Chile.-


     Hasta ahora todos los relatos de los distintos mares sobre los cuales escribí son del Atlántico, ese inmenso caudal de agua que se extiende entre Europa y Africa -por un lado- y toda la América, del norte al sur, por el otro lado. No puedo traducir en palabras la enorme emoción que sentí la primera vez que me metí en el Pacífico, ya que me identifiqué con Balboa, aquel soñador español que lo descubrió hace siglos en Panamá, descubriendo así, al mismo tiempo, que el de Colón no había sido el descubrimiento que él se había imaginado sino todo un nuevo continente.

     El lugar de mi encuentro fue en las playas de Niebla, en la costa marítima de Valdivia, una ciudad que está algo más adentro del mar y al costado del río -Valdivia, por supuesto- que desemboca en aquel. Las distintas playas de Niebla, en sí, no dicen nada especial. Es más, son bastante populosas y, en ese mes de enero, estaban llenas de gente. Pero lo que yo quería era entrar en el mar; eso era lo que más me interesaba y, aunque simplemente estábamos de paso y recorriendo el lugar, a mí me atraía -como siempre- poder al menos entrar con mis pies al Pacífico.

     Me acuerdo bien, por supuesto, de esas enormes fortalezas con cañones intactos apuntando hacia el golfo que allí hace el mar y que protegían en su momento el ingreso de marinos y navíos no queridos al territorio, español primero y chileno luego, pero lo que se ha quedado grabado en mi memoria es ese primer contacto con las aguas de ese mar en el que, simplemente, había podido mojarme los pies.

     El primer baño en serio, con todas las de la ley que pude darme en el Pacífico fue en las playas de Mehuín, algo más al norte. Aquí si que las playas eran espectaculares, bien pero bien anchas, con mucho lugar como para caminar y con un mar bastante bravo. También me acuerdo, por supuesto, de ese primer baño y de lo frío que estaba el agua; bastante grados más bajo que las del Atlántico, y además, prácticamente, en la primera rompiente la arena se va hacia abajo, en rápida profundidad.

                                                                       
( playa de Mehuin )

     En esa playa nos quedamos solamente a pasar el día porque estábamos veraneando en otro lugar de Chile, de manera que los baños se sucedieron casi hasta el caer de la tarde, disfrutando a pleno de cada uno de ellos y sobre todo de sus olas, fuertes y parejas, que una tras otra no dejaron de llegar durante todo el día. Pero un año después, cuando regresamos a Chile resolvimos quedarnos en Mehuin por lo menos dos días ya que en realidad era un viaje bastante largo para ir y volver desde Pucón en un día, lo que además me obligaba a dejar la playa bastante temprano en la tarde.

     Así que nos instalamos en un hotel viejísimo que estaba -y sigue estando- frente al mar; disfrutamos de la playa durante todo el día, tomando copetines con muchos mariscos, sentados en la galería del hotel, adonde además almorzábamos, y luego seguíamos entrando y saliendo del agua hasta bien entrada la tarde, con una mezcla de encantamiento y placer.

     Después me iba hacia el hotel que estaba allí enfrente, me instalaba en un cómodo sillón frente al mar y al aire libre desde donde disfrutaba cada día de una maravillosa puesta del sol, que nunca en mi vida había visto meterse en el mar. Es que estando orientados nuestros mares hacia el este, lo que habitualmente podemos ver -si madrugamos- es la salida del sol desde el mar. En cambio en ese lugar, con el mar totalmente abierto e inmenso hacia el oeste, esa lenta caída del sol hasta perderse allá lejos, en el mar, fue realmente impagable.

     
                 

     Muchos -muchísimos- años después una mañana volví a Mehuin; ya no era verano y la playa estaba desierta, pero el hotel estaba intacto, o mejor dicho, muy mejorado porque un invierno se había incendiado y, nuevos dueños, lo habían remozado. Hoy es el Hotel Regenbogen del Mar, tipicamente alemán, con un buen restaurante, habitaciones muchos más confortables que las de entonces, y me prometí volver, algún día, a alojarme allí y disfrutar de ese lindísimo lugar, de su playa y de sus puestas de sol.

                                                      
                                                     ( el Regenbogen del Mar)

     No tuve más ocasiones de bañarme en el Pacífico, pero sí la de recorrer distintos lugares con playas, siempre con ese distintivo color azul oscuro del mar, que se extiende sereno hasta el infinito, pleno, completo, sin inferencia alguna, calmo, en fin, Pacífico. Así por ejemplo era el tranquilo mar de ese lugar tan exclusivo que es Zapallar, al norte de Santiago y adonde no pudimos bañarnos por estar fuera de temporada veraniega, pero en donde almorzamos al solcito y en un lindísimo restaurante en la misma playa.

     Tambien me acuerdo de las de Reñaca, aunque ese lugar y su vecina, Viña del Mar, que están a la altura de Santiago, me pareció que quedaban sepultadas debajo de una inmensa cantidad de edificios, a cada cual más alto, quitándole el que para mí es uno de los mayores encantos de los sitios con mar, cual es el de estar alejados de los grandes centros. Estas dos últimas en cambio son grandes ciudades que están junto al mar, como Mar del Plata, porque no dejan de ser eso, grandes ciudades, en los veranos.

     Aunque tampoco me bañé en sus orillas, sí tiene un encanto muy especial, que merece ser recordado en este recorrido por Chile, el mar de Puerto Montt, bastante más al sur y por ende mucho más frío y de color acero, y sobre todo el de la bahía de Ancud que navegamos al cruzar rumbo a la isla de Chiloé. Desde Ancud, ya en la isla, la visión que se tiene del Pacífico, desde allá arriba de los acantilados, es de los recuerdos más lindos que guardo del mar, de todos mis mares.

                                                                               
                                                                   ( Ancud )
                                                          














     
















martes, 9 de diciembre de 2014

El mar del Brasil.-


     Y nos vamos alejando  poco a poco de la Argentina para recorrer los de los países cercanos. Brasil, al igual que nuestro país, tiene un enorme litoral marítimo sobre el Atlántico, y son varias las playas que han podido pisar mi pies descalzos. La primera vez que me metí al mar en Brasil fue en una isla llamada Guaruyá, que está cerca de San Pablo y de Porto Alegre; uno de los típicos pueblitos brasileños sobre el mar.
     A diferencia de lo que ocurre con las aguas del mar en nuestro país, las de Brasil son mucho más cálidas; no como en el Caribe porque no están cerca de la línea del Ecuador que divide al mundo en dos hemisferios, pero sí mucho más al norte que las nuestras, razón por la cual realmente entrar en el agua tiene un placer adicional.
     Por otra parte, la época del año en que estábamos en aquella primera oportunidad -abril- ya era bastante fresca para los lugareños, motivo por el cual teníamos la playa prácticamente a nuestra disposición. Parábamos en un hotel que estaba justo frente al mar de manera que simplemente cruzábamos y allí nos instalábamos debajo de unas sombrillas con forma de palmeras -que hasta entonces sólo había visto en fotos- mientras algún mozo del hotel venía cada tanto a ofrecernos algo para tomar.
     Muchas veces después a lo largo de mi vida, he tenido la dicha de poder disfrutar de ese trato cortés y placentero que se le brinda al turista en los lugares adonde la playa es una extensión de la hospitalidad hacia el pasajero, a diferencia de lo que ocurre en nuestro país en donde pareciera que se tratara de dos mundos diferentes. Pero ese primer impacto con algo a lo que no estaba acostumbrado, realmente fue sorprendente, e hizo que me sintiera poco menos que viviendo un sueño, o algo muy parecido.
     En esa isla pude darme el gusto de bañarme en el mar varias veces, tanto en esa playa,ancha y con arena muy finita que estaba enfrente al hotel y bastante alejada de las del centro, mucho más populares, como en otras, más alejadas aún. Estar allí, en el agua, bajo un cielo muy celeste, con algunos morros e islas más pequeñas cerca, disfrutando de un mar de ola tranquila y de un agua cálida y además transparente era algo que nunca había experimentado. ¡ Con razón la gente que vive en estos lugares del Brasil tiene como esa bien ganada fama de vivir en una forma tan placentera como descansada y casi mágica !!.

                                     
                                       
                                                                    Guaruyá

     Un montón de años después volví a Guaruyá, cuando un crucero al Brasil hizo una parada diaria en Porto Alegre y nos trasladaron hasta allí. Esta vez nuestro destino fueron las playas del centro, muy populares y, además, el mes de febrero las hacía especialmente apetecibles. Fue otra experiencia, sin duda, no por ero menos agradable y la calidez del mar seguía siendo la misma, lo mismo que lo pacífico de sus aguas. Pasamos una jornada a pleno sol, descansando; caminando entre la gente; bañándonos; comiendo choclos, sacando fotos, en fin, todo lo que habitualmente se hace un día de playa...feliz, hasta que volvieron por nosotros a media tarde para recorrer el camino inverso y regresar a nuestro enorme crucero, adonde pudimos refrescarnos en una pileta fresca, pero de agua de mar.
                                                      
                                                                         
                                  
                                                  (las playas del centro en Guaruyá)

     Las playas de Río de Janeiro, en cambio, no tienen ni la paz ni la tranquilidad de aquellas primeras de Guaruyá, pero claro, es como si hubiese playas en Buenos Aires. ¿ Quien se quedaría en su casa sabiendo que a minutos se puede disfrutar de la arena, del sol y del mar? Y bueno, allá pasa lo mismo, pero aun dentro de la ciudad hay playas más populares, como las de Copacabana, y otras también céntricas, pero ubicadas en lugares un poco más alejados, que tienen menos gente..o con mejor pinta. ¿ Se entiende? Así ocurría con las de Ipanema o Lebron.

                                  
(la playa de Ipanema en Rio)

Si bien en el hotel adonde estaba parando estaba en Copacabana y frente al mar, de modo que desde el piso 12o. podía quedarme horas en la terraza mirando hacia ese azul sereno, enmarcado por los morros y las pequeñas islas e islotes, para poder entrar al mar y disfrutar de un buen día de playa lo ideal eran las otras. Así y todo, la arena era bastante más gruesa que la de nuestras playas y, claro está, debido a las permanentes multitudes, mucho más sucia. En cuanto al mar, dado que estaba bastante protegido de su fuerza con algunas construcciones y escolleras -por la proximidad con la ciudad- casi no tenía olas, ni tampoco el mar era transparente.
No guardo un buen recuerdo o por lo menos un recuerdo agradable de estas playas ni de su mar. Río es una ciudad espectacularmente agradable y alegre, pero es mejor disfrutarla como ciudad que como playa, ya que inclusive en el Brasil hay otras muchísimo mejores y más lindas.
En San Salvador de Bahía, por ejemplo, bastante más al norte, si bien también estamos en una ciudad muy importante, las playas que pudimos conocer realmente eran para ser disfrutadas plenamente. Para empezar el hotel adonde parábamos -que estaba bastante a las afueras-, el Garopaba, tenía playa propia, pegada a una enorme pileta....y por supuesto que atrajo en forma inmediata mi atención.
El mar allí era nuevamente celeste claro y estaba abierto en forma franca, de modo que la fuerza de las olas llegaba así, con todo su esplendor y virulencia. Me gusta mucho ese mar, de ola fuerte pero en el que uno puede adivinar sus movimientos y adelantarse a lo que ocurrirá. Además me encanta ese mar abierto, entero, que se extiende cien por cien delante de uno y que no te deja cansarte porque su movimiento es incesante. ¡ Cómo disfruté de esos días en Salvador!!

                                     
(Playa de Salvador de Bahía)

Además en esa zona pudimos recorrer otras playas, un poco más al norte , como las de un pueblito llamado Praia do Forte, muy pintoresco y adonde almorzamos riquísimos pescados en la misma arena de la playa, pero en cambio allí lo frustrante fue el mar. Desde afuera se lo veía bien, igual de fuerte que frente al hotel, pero al entrar una enorme cantidad de piedras -por lo menos en el lugar adonde estábamos- me causaron muchísimas dificultades. No me gusta entrar al agua y encontrarme con piedras, y más bien me siento traicionado por esa abierta invitación a entrar, para después ser recibido de tan mala manera.

                                   
( Praia do Forte)

Pero, en fin, el recuerdo que guardo  esa parte de las playas del Brasil es muy lindo, como lo fue la llegada a la isla de Itaparica que quedan enfrrente a San Salvador, y hasta donde nos trasladamos en un barco que se detuvo a cierta distancia de la playa, a unos 200 metros, para permitir a los que quisiéramos llegar desde ahí nadando lo pudiéramos hacer, y por supuesto que me tiré al agua y me fui nadando hasta la orilla, adonde nos esperaban una enorme cantidad de chiquitos negros, con saludos afectuosos -y por qué no, algo monetariamente interesados- y flores en las manos. Esa llegada fue como mágica, como lo era también el lugar, perdido en los tiempos de las colonias.
En cuanto a las playas de Florianópolis -Floripa-, más al sur, al norte pero cerca de Porto Alegre, hay para todos los gustos. Se trata de una isla muy grande que está cerca de la costa, y a la que se accede por un inmenso puente, y tiene una cantidad de playas tanto en la parte interna o más calma, enfrente al continente, como las del otro lado, enfrentadas al mar abierto; también estan las más populares hasta las más sofitiscadas, pasando por las nudistas, las de surf, etc, etc.
Estuvimos allí 15 días en pleno verano, haciendo base en la zona de Cayoeira, un lugar de muchísimo turismo argentino, pero que no tenía una playa muy espectacular, y además, con poca gente. Algunos pocos días igual bajábamos allí porque nos quedaba cómodo, pero en general nos gustaba más buscar algo más concurrido, como por ejemplo la de Lagoinha que era la última de las playas del sector que mira hacia el continente, y que tenía buen mar aunque no muy movido, precisamente porque no estaba en mar abierto.

( Lagoinha)

 Pero era, me parece, como la playa más pitucona y a la que bajaba mucha gente.
A mí, que me gusta mucho el mar, en realidad prefería otras playas, con menos movimiento, sobre todo de motos de agua, barquitos, bicicletas de agua, bananas, en fín, todo "lo que se vende" en una playa; pero al estilo de la vida en Punta del Este no nos quedábamos todo el día en el mismo lugar, y a esa playa sólo íbamos por las mañanas.
A las tardes, en general, enfilábamos para Praia Brava, que era la primera pero del otro lado, vale decir hacia el Atlántico franco, muy mar abierto, con grandes playas como para poder caminarlas tranquilos y darnos unos buenos baños en el mar. ¿ Como era ese mar de Floripa? Mas bien tranquilo; no solamente del lado del continente sino también del otro lado, sin muchas olas, más bien con una sola rompiente de ola bien larga, que se va desparramando y achicando despacito hasta llegar a la orilla.

(Santinho)

Otra playa linda de ese mismo lado era Santinho, que tenía mucha extensión de arena y el mar estaba allá a lo lejos, pero normalmente estaba muy concurrida, aunque no tanto como la de los Ingleses, una especie de la Perla de Mar del Plata, repleta de turistas argentinos que uno prefiere ignorar porque te averguenza bastante su comportamiento, tanto en lo que dicen como en como lo dicen, lo que hacen....en fin, que no van conmigo.
Tambien hicimos algunos paseos a playas más lejanas, ubicadas más hacia el centro de la isla, como Campece, que en realidad es otra islita, más pequeña y a la que se llega en pequeñas embarcaciones rápidas; era un lugar adonde hace muchos años se destinaba a los balleneros o pescadores de ballenas; sus playas son muy lindas y allí traté -infructuosamente- de hacer snorklig, sin suerte porque no logré internarme en alguna zona más profunda del mar como para poder ver algo, pero no se podía y, además, había muchísimas piedras y rocas cerca de la orilla, y me volví.


( Campece)

Otro día entramos a una playa nudista, por supuesto en trajes de baño, y se podría decir que era como la mejor de todas las playas que visité., escondida de la gente masiva, muy pero muy ancha y con un mar de larga entrada, vale decir de esos que después de caminar como 100 mts. recién tenes el agua en las rodillas. Vimos algunos nudistas, la mayoría varones -y por alguna razón no pongo hombres- pero nos pareció una experiencia más bien desagradable, más allá de lo que la curiosidad despertaba, y después de dar una vuelta nos volvimos.
Pero está sensación de "vestuario abierto al público" que sentí esa vez, la he vuelto a experimentar en otras oportunidades en que me encontrado en situaciones semejantes, por ej. en alguna playa de Mallorca, Grecia o Croacia; siempre es igual, me parece desagradable, a diferencia del topless que sí me parece algo muy dable a la vista.

( Yureré)

Del otro lado, vale decir hacia el continente, estaban las playas de Yureré, muy amplias y adonde fuimos una vez, pero en donde el mar parecía una lagona de lo calmo y calentito que estaba, de modo que no invitaba para nada a darse un baño; y Canasvieiras, casi casi diría lo más populoso de la isla, con un puerto pesquero desde donde salían las excursiones en barquito; pero como para pasar, ver y seguir.
Florianópolis es un lugar agradable, de muchísimo turismo -por lo menos en la época del año en que fuimos nosotros (segunda quincena de enero)- que tiene lugares muy agradables pero adonde, de volver, me gustaría hacerlo fuera de temporada, por ejemplo en diciembre o en marzo. El mar no es de los más lindos de todos aquellos en que me he podido bañar, pero las playas sí son espectaculares, con mucha arena y el lugar, como todos los del Brasil, tiene como un encanto y una magia que te hace adorarlos con solo mirarlos 

En la oportunidad en que navegamos por las costas brasileras en un crucero, un día tuvimos la oportunidad de pasar toda una tarde en una de las playas de la Ilhabela, frente a las costas de San Sebastian, cercana a San Pablo. El recuerdo que tengo es el de un lugar muy húmedo, con una playa muy extendida y con mucha forestación tropical. El mar -ya que de eso se trata aquí- era muy calmo ya que esa playa daba hacia el canal de separación con el continente. Como la mayoría de los mares del Brasil, de aguas muy templadas y super 
agradable. Diez años después de aquella pincelada, tuvimos oportunidad de volver a la Ilhabela para pasar allí unos días, y nos encontramos con otra ciudad, muy turística, producto de la frecuente visita de cruceros repletos de gente. Dio la casualidad que nuestra pousada quedaba exactamente en la parte de arriba de aquella misma playa en la que habíamos estado la otra vez -"Papagaio", tambien muy mejorada, y en la que me pude dar un montón de baños porque hizo muchísimo calor y la misma humedad de antes.

Pero esta vez hicimos una excursión al otro lado, al mar abierto, y allí pudimos disfrutar de todo un día junto a un mar de verdad, con muy buenas olas y algo más de movimiento, con arenas bien anchas y en un lugar increible al que solo se accede en jeep o por el mar, que es por donde volvimos en un gomón enorme, y a los saltos. Ese mar de aguas templadas y con movimiento, con arenas bien anchas, fue de lo mejor que he conocido, al menos últimamente, en materia de playas. Me reconfortó esta visita a la isla.









                                                    





martes, 2 de diciembre de 2014

El mar de Punta del Este


     Como buen argentino que soy, algún día tenía que conocer Punta del Este, ese lugar mágico del Uruguay adonde se encuentran el río de la Plata con el Atlántico, y del que tantas veces había escuchado hablar. Creo que sería interesante explicar que a mi bisabuelo Rodolfo Rivarola, una vez, un cliente le ofreció pagar unos honorarios profesionales que le debía entregándole unas 14 manzanas que tenía en un lugar cercano a la ciudad de Maldonado (allá en el Uruguay), pero le contestó que no, que para qué las querría, que dispusiera de ella y cuando pudiera le pagara en dinero.
     Yo nunca supe si esos honorarios finalmente se cancelaron o no, pero lo que sí supe es que esas 14 manzanas eran nada menos que lo que hoy es la punta o el centro mismo de lo que con los años se transformó en el que -quizás- es el balneario más sofisticado, elegante y caro de toda Sudamerica ¡ Que le vamos a hacer!! Yo tampoco he tenido nunca visión para loas negocios.


     Y bien....un día tenía que llegar a Punta del Este....y ese día llegó. Lo primero que me impactó fue la posibilidad de poder elegir a cual playa ir y en que tipo de mar bañarme; ya fuese tranquila o más fuerte, optando entre las aguas de la mansa o la brava, o sencillamente yendo desde una a la otra sin tener que darse en un mismo lugar todo el día. Es que Punta del Este es un poco eso: la libertad de hacer lo que se quiere, en el momento en que se quiere, ya que nadie se va a molestar por lo que hagas.
     Me acuerdo, por ejemplo, que acostumbrado como estaba a tener que almorzar -siempre que estábamos en la playa- a las dos de la tarde, me parecía tremendamente atractivo -y transgresor- poder estirarlo como hasta las 4 de la tarde, para así poder aprovechar las mejores horas de sol, y luego del almuerzo en algún boliche sobre la playa  -una hora más tarde-  irnos a dormir la siesta (¿?) que se extendía como hasta las 8 de la noche, hora en la que salíamos a caminar o a tomar un helado, y a ir pensando que hacer por las noches. Era una vida de playa, pero mucho más bohemia.

( La playa Mansa)


(La Playa Brava)

     En cuanto al mar, claro que a mí me gustaba mucho más el de la Brava que el de la Mansa. El recuerdo que tengo es de un mar realmente bravo, adonde la ausencia total -por lo menos en ese entonces- de bañeros, la hacía aún más peligrosa. Pero los baños eran larguísimos, interminables, aprovechando que el agua no estaba tan fría como las de la provincia de Buenos Aires, y disfrutando mucho de unas barrenadas bien largas que nos llevaban casi hasta la orilla.
     En la Mansa, en cambio, lo que se podía hacer era nadar, con tranquilidad, ante la ausencia de olas porque, claro está, en realidad no es mar sino río, con olor, sabor y color del mar, pero todavía río, o mar dulve, como lo bautizó Soliz al descubrirlo. Lo que sí me resultaba espectacularmente atractivo era la enorme cantidad de playas que se extendían Solana, y hacia el otro lado las que estan después de la Barra, hasta la laguna de José Ignacio, por aquel entonces totalmente desiertas.
     Solana era un sueño, tranquila, rodeada de pinos y casi sin una sola ola, y siempre con ese mar azul, pleno, de fondo, que vá bañando cariñosamente todas esas playas, cada vez más solitarias, cada vez más tranquilas.  

                                                  

                                                                       ( Solanas )

domingo, 30 de noviembre de 2014

El mar de la costa de la provincia de Buenos Aires


     Por razones de proximidad geográfica éste fue el primero que conocí, y del cual tengo los recuerdos más viejos. A Miramar me llevaron cuando tenía menos de un mes de vida, y desde luego que de esa visita no tengo recuerdo alguno, ni creo que me hubiesen llevado a la playa, pero sí mis pulmones con seguridad pudieron sentir junto al aire que aspiraba, esa inconfundible presencia de marina humedad que envuelve a todos los lugares próximos al mar.
     Mis recuerdos concretos más antiguos del mar son del mes de enero de 1950 en que con mis seis años recién cumplidos nos fuimos a veranear a Pinamar, que por aquel entonces era un balneario que se estaba comenzando a formar como tal. Me acuerdo bien de lo ancho que eran sus playas; de lo que nos divertíamos con Lía y mis padres buscando -¡ y encontrando ! - almejas en la arena, que venían entremezcladas  entre las olas que llegaban hasta la orilla y que al retirarse dejaba como unos huequitos en la arena que escarbábamos rápidamente hasta encontrar las almejas, que ahí mismo le abríamos el caparazón, le poníamos un poco de limón y ¡ a la boca !!  Yo no sé si me gustaban mucho; más bien pienso que no; pero era tal la diversión que les provocaba a mis padres, que no podía dejar de adherirme.
     También recuerdo que desde la playa la gente pescaba, dejando las cañas hundidas en la arena y con los anzuelos allá lejos en el mar adentro; recuerdo incluso haber visto como pescaban un cazón, que es un tiburón chico, que ahí en la playa lo estaban abriendo. En cuanto al mar, mis recuerdos son como de una gran masa de agua que se desplazaba tranquila, yendo y viniendo, hacia arriba y hacia abajo, pero todo serenamente. Creo ver, todavía, esas enormes olas avanzar sin romper casi hasta la rompiente, y luego seguir mansamente hasta terminar en la orilla.
     Unas semanas atras, después de 65 años, volví a una playa casi exactamente igual a las de mi antiguo recuerdo, en Cariló, en balneario muy posterior, ubicado a pocos kilómetros de Pinamar, y por supuesto con sus mismas características. Salimos a caminar por esas playas anchísimas, y cerca de la orilla, cada vez que una se alejaba dejaba aquellos mismos huequitos en la arena, aunque ahora no nos arrojábamos rápidamente en busca de almejas. Es que ya estamos grandes y en todo caso, en más sencillo pedirlas en el bar.....aunque claro....esto no sea tan divertido. También me encontré con las cañas, aguardando se pesca hundidas en la arena, seguramente bajo la atenta mirada de alguien de merodiaría la zona, y tanto el color como el movimiento serenos del mar, eran semejantes a los que se escondían en mi memoria.

                                                             

(en  Cariló - noviembre de 2014)

     Algunos años después fuimos un verano a Mar del Plata, pero por alguna extraña razón nunca he sentido como propio su mar, quizás porque es de tanta y tanta gente que se junta allí en el verano. De cualquier modo, nosotros no íbamos a las playas del centro, que eran las que estaban atiborradas de gente, ni a las más alejadas, las de Punta Mogotes, donde según me han contado es adonde hoy se reúnen los que quieren un poco más de tranquilidad. Nosotros íbamos a las que están al principio, entrando desde Buenos Aires,, cerca del Parque Luro -que es en donde estaba la casa que alquilábamos- y enfrente del asilo Unzué ( que todavía está)- que nunca supe si era de niños o de ancianos.
     Tengo la sensación -y han pasado desde entonces sesenta años- que la arena no era tan finita como la de Pînamar, sino algo más gruesa. También que la playa eran bastantes más angostas y que el mar estaba como encajonado, por distintos muelles o reparos de piedra, vale decir sin la libertad que se advertía en el otro. Y además, el agua de aquí, de Mar del Plata, era mucho más fría.
     En cuanto a la Playa Grande -que entonces era la que estaba de moda y que alguna vez visitamos- lo que más me acuerdo es que no entendía el porqué de esas piletas que estaban arriba, ya que teniendo el mar a disposición de quien quisiera usarlo, que era mucho más divertido, no cabía en mi cabeza que alguna persona pudiera preferir bañarse en una pileta. Claro, hoy con más de 70, lo entiendo perfectamente.        También me impactó -aunque negativamente- el poco espacio que había entre las carpas y las de enfrente, el que se limitaba a un simple pasillo por el que se circulaba caminando encima de unas largas maderas; y la enorme cantidad de gente que casi no te dejaban espacio para poder pasar, cubriendo toda la arena disponible cual si fuera una alfombra humana; en cambio me gustó que hubiera esos vendedores de sandwiches, que vociferaban su mercancía transportada en enormes canastos, y que consistía en unos riquísimos pebetes con de todo, envueltos en papel blanco, que la gente -no nosotros- compraba ante mis ojos absortos y mi estómago desfalleciente.

                                                                   
 
                                                                     Playa Grande  


     Pero la playa por autonomacia de mi juventud fue la de Miramar, adonde sin lugar a dudas el mar era distinto a todo lo que yo había conocido hasta entonces. Mis recuerdos son de un agua muy fría, mucho más fría que la de Pinamar, y también un mar bastante más violento. A mí me encantaba entrar a ese mar, que en realidad es el mar en donde aprendí a nadar en el mar, buscando las corrientes -tan variadas- que lo surcan por todas partes, como inmensas calles subterráneas, pero que a mí los bañeros con los que solía charlar, me enseñaron a ubicar por los movimientos de la superficie. 
     Y allá salíamos muchas veces, temprano en la mañana, ya que con ellos me sentía -obviamente- muy seguro. También me acuerdo que, siendo más chico, entrábamos con Gringo al mar y cuando venían las olas enormes, me agarraba de la mano y corríamos a tirarnos bien abajo para que el agua nos pasara con toda su fuerza por arriba, en una práctica que aun hoy sigo practicando cada vez que se me viene una ola gigante encima.
     Allí, en Miramar, fue en donde luego aprendí a barrenar, así no más, sin tabla, tablita, ni nada, simplemente dando grandes brazadas para alcanzar la cresta de la ola para luego dejarme arrastras con medio cuerpo por delante de ella, que así me llevaba casi hasta la orilla, mientras con rápidos movimientos me iba acomodando para no quedarme atrás. Y así nos quedábamos horas y horas, junto a mis primos y amigos, compitiendo por el que pudiera llegar más lejos o hacer más barrenadas. No existían por entonces las tablas de surf, pero estoy seguro que de haber existido, nos habríamos atrevido -en playas más adecuadas- ; a lo que nunca me acostumbré, en cambio, es a las tablitas para barrenar; es más, me parecen odiosas porque las usan en medio del resto de los bañistas y muchas veces, sin tener dominio sobre ellas y hay que andar esquivándolas.
     En cuanto a mis recuerdos de las playas, por aquel entonces eran las que se encon
traban en la bajada de la calle 11; desde allí hasta Parque Mar no había ningún balneario, tanto que en la zona del Arroyito era adonde íbamos a jugar al rugby -tocatas- porque no había nadie. Tampoco estaban esas enormes escolleras que en la actualidad dividen la playa cada tanto, en sectores casi infranqueables, pero que creo fue necesario construir porque el mar, poco a poco, se estaba comienzo la arena de las playas. En cambio en la época en que íbamos nosotros, las playas terminaban en médanos de arena adonde los más chicos nos íbamos a calentar -o hacernos milanesa- lejos de los grandes, cuando muertos de frío finalmente salíamos del agua.

                                                                                     

     Desde ese lugar, además, podíamos tener una visión más global y completa de todo cuanto acontecía durante las aproximadamente cuatro horas en que permanecíamos en la playa en las mañanas, ya que a las dos de la tarde, en forma invariable, subíamos a almorzar a nuestra casa y después, por la tarde, no era lo más usual que volviéramos a la playa, excepto algunas pocas veces en que lo hacíamos pero ya medio tarde, tipo siete u ocho, a la hora en que el mar se serena y se va alejando poco a poco de la arena, como para prepararse a descansar.
     
                                                                                     

¡ Que lindos eran esos atardeceres junto al mar !! Poca gente....un sweter colgado de los hombros....mi guitarra en torno de la cual se agrupaban los chicos y las chicas....y la mirada siempre perdida, allá lejos, en lo más profundo del mar.....mientras entonaba -una vez más- las canciones que me pedían.                        
Ya más de grande -estudiante universitario- las vacaciones familiares se trasladaron a otra playa, entre Miramar y Mar del Plata que es en cambio la que ha quedado impresa en la retina de mis hijos, por haber vuelto allí, durante muchos veranos, y adonde a su vez ellos han llevado con el tiempo a sus hijos. Es que cuando Miramar se fue llenando de gente a mis padres -a quienes no les gustaban las muchedumbres, pero sí el mar- encontraron este pequeño paraíso adonde poder recuperar un mar abierto y playas enormes para poderlas caminar sin chocarse con nadie...y hacia allá nos fuimos.
      El balneario de moda, por aquel entonces, era el "Luna Roja" que es el que está más hacia el norte, pero cuando algunos años después resolvimos volver ya con parte de mis hijos, la que lo estaba era la otra "Cruz del Sur", algo más hacia el sur. Pero en realidad ambas eran practicamente iguales, separadas por altos acantilados que cuando subía la marea impedía el traslado de una a otra. Las playas de Chapadmalal eran más como las de aquel Pinamar de mis recuerdos: anchas, muy anchas, y aunque no tenía médanos por detras, lo que tenían eran esos acantilados, inmensos, que impedían que el mar se las comiera, más.
                                                                         
                                                                           
                                                                     Chapadmalal                    

            A mí me encantaba salir a caminar por la orilla, donde la arena está mojada y por ende es más dura, y así perderme casi hasta el infinito, entrando cada tanto al agua a darme chapuzones que me aliviaran el calor. En cuanto al mar en sí, si bien la temperatura fría adentro era igual a la de Miramar, saliendo, más en la orilla, lo usual es que se formaran -sobre todo por las tardes- como grandes lagunas a todo lo ancho, de modo que entrar al agua no era tan difícil de superar, ni había que hacerlo corriendo como casi siempre ocurría en Miramar, para disminuir al mínimo el tiempo del congelamiento.
     También en este mar había grandes olas, aunque estaban más adentro, y aquí era yo quien se metía con alguno de mis hijos, a quienes tomaba de la mano y les enseñaba como tenían que pasar las olas por debajo. En cuanto a las barrenadas, para nosotros seguían siendo "a pelo", aunque por entonces empezaron a aparecer esas tablitas que a los que las utilizaban -como nuestros hijos- les ayudaban a llegar con las olas hasta la orilla más orillita, o simplemente quedarse allí jugando con la última de las rompientes, la que rompe en las rodillas.
      Estos mares de la provincia de Buenos Aires fueron así los de mis primeros veraneos; los de los veranos con mis padres, mi hermana y mis primos; con mis primeros amigos, y por ello guardo de ellos el mejor de los recuerdos. Ese es el mar que aprendí a conocer y a querer; adonde lo aprendí a disfrutar, nadando, barrenando o simplemente contemplándolo; el mar adonde volví, con los años, cuando pude comenzar a hacerles disfrutar de un veraneo a mis hijos; el mar al que quisiera -si pudiera- volver para vivir junto a él los últimos años de mi vida, para cerras así ese ciclo que empezara a las pocas semanas de nacer.
     Hay personas que tienen asociado sus veranos a la montaña, o a las sierras, o al campo; en mi caso es al mar, al que me encanta volver siempre que puedo, sin detenerme nunca en un mismo sitio, como buscando alternativas diferentes que me muestren sus distintas facetas, tan cambiantes, y que gracias a Dios he podido disfrutar con el correr de los años. Pero esas playas de la provincia de Buenos Aires siempre serán un recuerdo entrañable y ocuparán el mejor lugar al momento de ser recordadas, aunque haya otras mejores, porque fueron las primeras. 

                                                                   

                                                                       ( Miramar )