Como bien lo habrás estudiado en clases de Geografía, Mejico tiene sus costas del oeste sobre el Pacífico y, además, hacia el este en dos versiones, sobre el Golfo de Mejico y sobre el Mar Caribe, desde la peninsula de Yucatán hacia el sur. Tuve la suerte de poder bañarme en dos de esas tres variantes mejicanas: en el Pacífico y en el Mar Caribe; también me bañe en las aguas del Golfo, pero desde otra orilla, en una playa norteamericana.
Mi recuerdo del Pacífico era el de los mares chilenos: un mar muy azul, profundo y muy pero muy frío, de manera que la primera vez que puse mis pies en el Pacífico mejicano, en Puerto Vallarta, mi sensación fue de sorpresa: el agua era cálida, casi diría que caliente, y uno se podía meter en el mar y caminar tranquilamente varias decenas de metros sin que el agua pasara de la cintura. Debo reconocer que no es mi ideal de mar, pero esa tranquilidad, si bien quita el placer de lidiar con las olas, en cambio permite nadar y nadar con la seguridad de saber que por más que uno se vaya internando siempre vas a estar haciendo pie, o apenitas cerca de lograrlo con unas pocas brazadas.
Puerto Vallarta en Méjico
La arena en cambio no se puede comparar con la de ningún otro lugar por aquí, en el sur, ya que aquella es blanca, muy pero muy blanca y extremadamente finita, que invita a caminar por ella durante largas horas, de un lugar a otro. Cerca de allí, en un lugar al que fuimos en un barquito, hicimos por primera vez snorqueling, nadando sobre la superficie pero con un tubito que permite respirar sin tener que sacar la cabeza permanentemente, y entonces, ayudado por patas de rana, te vas moviendo y entre acantilados sumergidos, vas mirando hacia dentro del mar y disfrutando de una enorme cantidad de pecesillos de todos los tamaños y colores que se aparecen por todos lados y que nadan al lado de uno
En esa misma excursión conocimos uno de los lugares con playa más lindos de los que pueda tener memoria: Puerto Escondido. Se trata de un lugar enclavado al fondo de una pequeña bahía hasta las cuales llegan los barquitos porque no se puede acceder por tierra, pero sin entrar hasta el final que es muy poco profundo, de modo que hay que trasbordar a unos pequeños botes que son los que llegan hasta la orilla y desde ahí se disfruta de una vista maravillosa de esa mar color verdozo, con el cielo claro y despejado, y un mar calmo, sin olas, en donde basta un pequeño suspiro para llegar a la orilla.
Puerto Escondido
Por supuesto que para completar esa maravillosa vista, todo lo que gira en torno del lugar está armado para poder pasar allí una buena jornada playera, comiendo deliciosos pescados debajo de unas sobrillas con techos de paja, y permitiendo que el mar se meta por todos los poros.
Desde Puerto Vallarta, también pudimos recorrer distintas playas cercanas, hacia el norte, mientras saltábamos de una a la otra en un jeep descapotado que habíamos alquilado. Algunas tenían playas más anchas; otras el mar más movido; algunas eran de una soledad total, como para sentirnos totalmente perdidos del mundo y con total libertad para hacer cualquier cosa que quisiéramos, y otras con ciertas multitudes, lo cual en algunos momentos también puede ser necesario, sobre todo si hay hambre y muchas ganas de tomar algo fresco.
Siempre en Méjico pero ahora sobre el otro lado, sobre el mar Caribe, estuvimos en Playa del Cármen, algo al sur de Cancún, en la punta de la península del Yucatán, que es la que cierra el golfo desde el lado norte, en plena zona que fuera del dominio maya. Allí el mar no es de tanta calma como sobre el Pacífico y tiene menos de azul y más de celeste, aunque la arena sigue siendo de ese blanco casi enceguecedor. Pero las olas en el mar tienen forma de olas, y si bien el mar suele estar calmo, al menos uno puede disfrutar de algo más de su movimiento.
Playa del Hotel Tequila en Playa del Cármen
Enfrente a Playa del Cármen hay una isla -Cozumel- lindísima, y en la cual pudimos dar toda una vuelta a la misma en moto, y que como toda isla, tiene dos costas bien definidas. La que mira hacia el continente, calma, semejante a las de Playa del Cármen, pero al dar la vuelta nos encontramos francamente con el mar abierto, adonde estaban las olas como las nuestras, con tamaño, fuerza y mucha espuma, sobre playas vírgenes en las que no se veía a nadie por kilómetros y kilómetros, y que solo disfrutaban las gaviotas, y nosotros. ¡ Que ganas tuve de entrar corriendo al mar !!....pero la prudencia, frente a tanta soledad, me aconsejó no hacerlo.
Cozumel
Diez años después tuve la suerte de regresar a Playa del Carmen, y me ocurrió algo semejante a lo que nos pasa cuando nos encontramos con algún viejo amigo, porque me permitió recordar aquellos viejos buenos momentos de ayer, en un lugar que sigue siendo maravilloso. Estábamos en otro hotel, que esta vez daba directamente sobre la playa, de manera que todos los días bajaba temprano y, aunque por allá era el invierno, la verdad es que no lo parecía en absoluto ya que un sol radiante y espléndido nos acompaña diariamente.
La playa sigue estando igual, con esa tranquilidad que le brinda un aspecto más de pileta abierta que de mar, y con sus aguas bien templadas, a una temperatura muy agradable, de modo que se puede nadar con toda seguridad, al abrigo de la calidez y la serenidad del agua. Claro que se extrañan esas olas gigantescas que hay que correr para poder meterse por debajo, pero bueno, todo no se puede, y esa ausencia la suple una arana finita, casi talco, que no quema en absoluto, y que nos permitió recorrer la playa en los dos sentidos, varias veces.
Playa del hotel Palace Riviera Maya
Durante esta segunda visita a la Riviera Maya tuve el inmenso placer de conocer Contoy, una isla virgen situada exactamente en el límite entre el mar Caribe -que baña una de sus costas- y las aguas del golfo de México, a las que da la otra orilla. Se trata de un verdadero paraíso incontaminado, que se preserva como un punto escogido en el cual se descarta todo lo que sea artificial, al punto que esta prohibido el uso de bronceadores, el agua en los baños (que son químicos), hacer fuego (se debe cocinar en los barcos) y no pueden llegar más que 200 turistas por día, de modo de preservarlo de toda contaminación.
Puerto Escondido
Por supuesto que para completar esa maravillosa vista, todo lo que gira en torno del lugar está armado para poder pasar allí una buena jornada playera, comiendo deliciosos pescados debajo de unas sobrillas con techos de paja, y permitiendo que el mar se meta por todos los poros.
Desde Puerto Vallarta, también pudimos recorrer distintas playas cercanas, hacia el norte, mientras saltábamos de una a la otra en un jeep descapotado que habíamos alquilado. Algunas tenían playas más anchas; otras el mar más movido; algunas eran de una soledad total, como para sentirnos totalmente perdidos del mundo y con total libertad para hacer cualquier cosa que quisiéramos, y otras con ciertas multitudes, lo cual en algunos momentos también puede ser necesario, sobre todo si hay hambre y muchas ganas de tomar algo fresco.
Siempre en Méjico pero ahora sobre el otro lado, sobre el mar Caribe, estuvimos en Playa del Cármen, algo al sur de Cancún, en la punta de la península del Yucatán, que es la que cierra el golfo desde el lado norte, en plena zona que fuera del dominio maya. Allí el mar no es de tanta calma como sobre el Pacífico y tiene menos de azul y más de celeste, aunque la arena sigue siendo de ese blanco casi enceguecedor. Pero las olas en el mar tienen forma de olas, y si bien el mar suele estar calmo, al menos uno puede disfrutar de algo más de su movimiento.
Playa del Hotel Tequila en Playa del Cármen
Enfrente a Playa del Cármen hay una isla -Cozumel- lindísima, y en la cual pudimos dar toda una vuelta a la misma en moto, y que como toda isla, tiene dos costas bien definidas. La que mira hacia el continente, calma, semejante a las de Playa del Cármen, pero al dar la vuelta nos encontramos francamente con el mar abierto, adonde estaban las olas como las nuestras, con tamaño, fuerza y mucha espuma, sobre playas vírgenes en las que no se veía a nadie por kilómetros y kilómetros, y que solo disfrutaban las gaviotas, y nosotros. ¡ Que ganas tuve de entrar corriendo al mar !!....pero la prudencia, frente a tanta soledad, me aconsejó no hacerlo.
Cozumel
Diez años después tuve la suerte de regresar a Playa del Carmen, y me ocurrió algo semejante a lo que nos pasa cuando nos encontramos con algún viejo amigo, porque me permitió recordar aquellos viejos buenos momentos de ayer, en un lugar que sigue siendo maravilloso. Estábamos en otro hotel, que esta vez daba directamente sobre la playa, de manera que todos los días bajaba temprano y, aunque por allá era el invierno, la verdad es que no lo parecía en absoluto ya que un sol radiante y espléndido nos acompaña diariamente.
La playa sigue estando igual, con esa tranquilidad que le brinda un aspecto más de pileta abierta que de mar, y con sus aguas bien templadas, a una temperatura muy agradable, de modo que se puede nadar con toda seguridad, al abrigo de la calidez y la serenidad del agua. Claro que se extrañan esas olas gigantescas que hay que correr para poder meterse por debajo, pero bueno, todo no se puede, y esa ausencia la suple una arana finita, casi talco, que no quema en absoluto, y que nos permitió recorrer la playa en los dos sentidos, varias veces.
Playa del hotel Palace Riviera Maya
Durante esta segunda visita a la Riviera Maya tuve el inmenso placer de conocer Contoy, una isla virgen situada exactamente en el límite entre el mar Caribe -que baña una de sus costas- y las aguas del golfo de México, a las que da la otra orilla. Se trata de un verdadero paraíso incontaminado, que se preserva como un punto escogido en el cual se descarta todo lo que sea artificial, al punto que esta prohibido el uso de bronceadores, el agua en los baños (que son químicos), hacer fuego (se debe cocinar en los barcos) y no pueden llegar más que 200 turistas por día, de modo de preservarlo de toda contaminación.
playa de la isla Contoy
Por supuesto que en un ambiente así, son cientos las especies de diferentes pájaros que anidan en esos árboles más que centenarios que pueblan toda la isla, transformándola en una especie de pequeña selva por donde es un placer adicional caminar a su sombra, luego de haberse uno dado infinidad de baños en ese mar tan cálido y sereno, en el que se deben caminar al menos unos 100 metros para que el agua -en la que nadan tranquilamente peces y rayas que se ven a simple vista- te llegue a cubrir las rodillas. Maravilloso y a solo una hora de navegación desde Cancun !!
También tuve la suerte de poder bañarme en las aguas del Golfo de Méjico, aunque en una playa norteamericana, St. Petesburg, sobre el oeste de la península de la Florida y que es la que encierra al Golfo por su parte más oriental, vale decir del contrario al de Méjico. La playa era extraordinaria, con todo lo que a mí me gusta que tenga una playa para hacerme feliz: por supuesto el mar, con olas, con buenas olas pero adonde igual uno pueda salir a nadar un poco; después playas anchas, adonde pueda estar mucha gente sin molestarse evitando sentirnos invadidos todo el tiempo; también con barcitos, varios, limpios y acogedores, adonde poder refugiarse para disfrutar de unos buenos tragos, algo más como para entretener al estómago y tener un rato de sombra; y finalmente distancia, la posibilidad de sentarme en la orilla simplemente a mirar, en la distancia, como el mar se pierde en el horizonte, mostrándose pleno y potente. Todo eso encontré allí.
No me gustó mucho el mar en los Es. Us. del otro lado, sobre Miami, que me pareció bastante sucio, movido, con playas medias deformes y con un mar "raro", al menos la única mañana que se me ocurrió bajar a una playa. Pero esa del oeste de la Florida está entre las más lindas que he visitado y de las que mejores recuerdos guardo.
























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