domingo, 30 de noviembre de 2014

El mar de la costa de la provincia de Buenos Aires


     Por razones de proximidad geográfica éste fue el primero que conocí, y del cual tengo los recuerdos más viejos. A Miramar me llevaron cuando tenía menos de un mes de vida, y desde luego que de esa visita no tengo recuerdo alguno, ni creo que me hubiesen llevado a la playa, pero sí mis pulmones con seguridad pudieron sentir junto al aire que aspiraba, esa inconfundible presencia de marina humedad que envuelve a todos los lugares próximos al mar.
     Mis recuerdos concretos más antiguos del mar son del mes de enero de 1950 en que con mis seis años recién cumplidos nos fuimos a veranear a Pinamar, que por aquel entonces era un balneario que se estaba comenzando a formar como tal. Me acuerdo bien de lo ancho que eran sus playas; de lo que nos divertíamos con Lía y mis padres buscando -¡ y encontrando ! - almejas en la arena, que venían entremezcladas  entre las olas que llegaban hasta la orilla y que al retirarse dejaba como unos huequitos en la arena que escarbábamos rápidamente hasta encontrar las almejas, que ahí mismo le abríamos el caparazón, le poníamos un poco de limón y ¡ a la boca !!  Yo no sé si me gustaban mucho; más bien pienso que no; pero era tal la diversión que les provocaba a mis padres, que no podía dejar de adherirme.
     También recuerdo que desde la playa la gente pescaba, dejando las cañas hundidas en la arena y con los anzuelos allá lejos en el mar adentro; recuerdo incluso haber visto como pescaban un cazón, que es un tiburón chico, que ahí en la playa lo estaban abriendo. En cuanto al mar, mis recuerdos son como de una gran masa de agua que se desplazaba tranquila, yendo y viniendo, hacia arriba y hacia abajo, pero todo serenamente. Creo ver, todavía, esas enormes olas avanzar sin romper casi hasta la rompiente, y luego seguir mansamente hasta terminar en la orilla.
     Unas semanas atras, después de 65 años, volví a una playa casi exactamente igual a las de mi antiguo recuerdo, en Cariló, en balneario muy posterior, ubicado a pocos kilómetros de Pinamar, y por supuesto con sus mismas características. Salimos a caminar por esas playas anchísimas, y cerca de la orilla, cada vez que una se alejaba dejaba aquellos mismos huequitos en la arena, aunque ahora no nos arrojábamos rápidamente en busca de almejas. Es que ya estamos grandes y en todo caso, en más sencillo pedirlas en el bar.....aunque claro....esto no sea tan divertido. También me encontré con las cañas, aguardando se pesca hundidas en la arena, seguramente bajo la atenta mirada de alguien de merodiaría la zona, y tanto el color como el movimiento serenos del mar, eran semejantes a los que se escondían en mi memoria.

                                                             

(en  Cariló - noviembre de 2014)

     Algunos años después fuimos un verano a Mar del Plata, pero por alguna extraña razón nunca he sentido como propio su mar, quizás porque es de tanta y tanta gente que se junta allí en el verano. De cualquier modo, nosotros no íbamos a las playas del centro, que eran las que estaban atiborradas de gente, ni a las más alejadas, las de Punta Mogotes, donde según me han contado es adonde hoy se reúnen los que quieren un poco más de tranquilidad. Nosotros íbamos a las que están al principio, entrando desde Buenos Aires,, cerca del Parque Luro -que es en donde estaba la casa que alquilábamos- y enfrente del asilo Unzué ( que todavía está)- que nunca supe si era de niños o de ancianos.
     Tengo la sensación -y han pasado desde entonces sesenta años- que la arena no era tan finita como la de Pînamar, sino algo más gruesa. También que la playa eran bastantes más angostas y que el mar estaba como encajonado, por distintos muelles o reparos de piedra, vale decir sin la libertad que se advertía en el otro. Y además, el agua de aquí, de Mar del Plata, era mucho más fría.
     En cuanto a la Playa Grande -que entonces era la que estaba de moda y que alguna vez visitamos- lo que más me acuerdo es que no entendía el porqué de esas piletas que estaban arriba, ya que teniendo el mar a disposición de quien quisiera usarlo, que era mucho más divertido, no cabía en mi cabeza que alguna persona pudiera preferir bañarse en una pileta. Claro, hoy con más de 70, lo entiendo perfectamente.        También me impactó -aunque negativamente- el poco espacio que había entre las carpas y las de enfrente, el que se limitaba a un simple pasillo por el que se circulaba caminando encima de unas largas maderas; y la enorme cantidad de gente que casi no te dejaban espacio para poder pasar, cubriendo toda la arena disponible cual si fuera una alfombra humana; en cambio me gustó que hubiera esos vendedores de sandwiches, que vociferaban su mercancía transportada en enormes canastos, y que consistía en unos riquísimos pebetes con de todo, envueltos en papel blanco, que la gente -no nosotros- compraba ante mis ojos absortos y mi estómago desfalleciente.

                                                                   
 
                                                                     Playa Grande  


     Pero la playa por autonomacia de mi juventud fue la de Miramar, adonde sin lugar a dudas el mar era distinto a todo lo que yo había conocido hasta entonces. Mis recuerdos son de un agua muy fría, mucho más fría que la de Pinamar, y también un mar bastante más violento. A mí me encantaba entrar a ese mar, que en realidad es el mar en donde aprendí a nadar en el mar, buscando las corrientes -tan variadas- que lo surcan por todas partes, como inmensas calles subterráneas, pero que a mí los bañeros con los que solía charlar, me enseñaron a ubicar por los movimientos de la superficie. 
     Y allá salíamos muchas veces, temprano en la mañana, ya que con ellos me sentía -obviamente- muy seguro. También me acuerdo que, siendo más chico, entrábamos con Gringo al mar y cuando venían las olas enormes, me agarraba de la mano y corríamos a tirarnos bien abajo para que el agua nos pasara con toda su fuerza por arriba, en una práctica que aun hoy sigo practicando cada vez que se me viene una ola gigante encima.
     Allí, en Miramar, fue en donde luego aprendí a barrenar, así no más, sin tabla, tablita, ni nada, simplemente dando grandes brazadas para alcanzar la cresta de la ola para luego dejarme arrastras con medio cuerpo por delante de ella, que así me llevaba casi hasta la orilla, mientras con rápidos movimientos me iba acomodando para no quedarme atrás. Y así nos quedábamos horas y horas, junto a mis primos y amigos, compitiendo por el que pudiera llegar más lejos o hacer más barrenadas. No existían por entonces las tablas de surf, pero estoy seguro que de haber existido, nos habríamos atrevido -en playas más adecuadas- ; a lo que nunca me acostumbré, en cambio, es a las tablitas para barrenar; es más, me parecen odiosas porque las usan en medio del resto de los bañistas y muchas veces, sin tener dominio sobre ellas y hay que andar esquivándolas.
     En cuanto a mis recuerdos de las playas, por aquel entonces eran las que se encon
traban en la bajada de la calle 11; desde allí hasta Parque Mar no había ningún balneario, tanto que en la zona del Arroyito era adonde íbamos a jugar al rugby -tocatas- porque no había nadie. Tampoco estaban esas enormes escolleras que en la actualidad dividen la playa cada tanto, en sectores casi infranqueables, pero que creo fue necesario construir porque el mar, poco a poco, se estaba comienzo la arena de las playas. En cambio en la época en que íbamos nosotros, las playas terminaban en médanos de arena adonde los más chicos nos íbamos a calentar -o hacernos milanesa- lejos de los grandes, cuando muertos de frío finalmente salíamos del agua.

                                                                                     

     Desde ese lugar, además, podíamos tener una visión más global y completa de todo cuanto acontecía durante las aproximadamente cuatro horas en que permanecíamos en la playa en las mañanas, ya que a las dos de la tarde, en forma invariable, subíamos a almorzar a nuestra casa y después, por la tarde, no era lo más usual que volviéramos a la playa, excepto algunas pocas veces en que lo hacíamos pero ya medio tarde, tipo siete u ocho, a la hora en que el mar se serena y se va alejando poco a poco de la arena, como para prepararse a descansar.
     
                                                                                     

¡ Que lindos eran esos atardeceres junto al mar !! Poca gente....un sweter colgado de los hombros....mi guitarra en torno de la cual se agrupaban los chicos y las chicas....y la mirada siempre perdida, allá lejos, en lo más profundo del mar.....mientras entonaba -una vez más- las canciones que me pedían.                        
Ya más de grande -estudiante universitario- las vacaciones familiares se trasladaron a otra playa, entre Miramar y Mar del Plata que es en cambio la que ha quedado impresa en la retina de mis hijos, por haber vuelto allí, durante muchos veranos, y adonde a su vez ellos han llevado con el tiempo a sus hijos. Es que cuando Miramar se fue llenando de gente a mis padres -a quienes no les gustaban las muchedumbres, pero sí el mar- encontraron este pequeño paraíso adonde poder recuperar un mar abierto y playas enormes para poderlas caminar sin chocarse con nadie...y hacia allá nos fuimos.
      El balneario de moda, por aquel entonces, era el "Luna Roja" que es el que está más hacia el norte, pero cuando algunos años después resolvimos volver ya con parte de mis hijos, la que lo estaba era la otra "Cruz del Sur", algo más hacia el sur. Pero en realidad ambas eran practicamente iguales, separadas por altos acantilados que cuando subía la marea impedía el traslado de una a otra. Las playas de Chapadmalal eran más como las de aquel Pinamar de mis recuerdos: anchas, muy anchas, y aunque no tenía médanos por detras, lo que tenían eran esos acantilados, inmensos, que impedían que el mar se las comiera, más.
                                                                         
                                                                           
                                                                     Chapadmalal                    

            A mí me encantaba salir a caminar por la orilla, donde la arena está mojada y por ende es más dura, y así perderme casi hasta el infinito, entrando cada tanto al agua a darme chapuzones que me aliviaran el calor. En cuanto al mar en sí, si bien la temperatura fría adentro era igual a la de Miramar, saliendo, más en la orilla, lo usual es que se formaran -sobre todo por las tardes- como grandes lagunas a todo lo ancho, de modo que entrar al agua no era tan difícil de superar, ni había que hacerlo corriendo como casi siempre ocurría en Miramar, para disminuir al mínimo el tiempo del congelamiento.
     También en este mar había grandes olas, aunque estaban más adentro, y aquí era yo quien se metía con alguno de mis hijos, a quienes tomaba de la mano y les enseñaba como tenían que pasar las olas por debajo. En cuanto a las barrenadas, para nosotros seguían siendo "a pelo", aunque por entonces empezaron a aparecer esas tablitas que a los que las utilizaban -como nuestros hijos- les ayudaban a llegar con las olas hasta la orilla más orillita, o simplemente quedarse allí jugando con la última de las rompientes, la que rompe en las rodillas.
      Estos mares de la provincia de Buenos Aires fueron así los de mis primeros veraneos; los de los veranos con mis padres, mi hermana y mis primos; con mis primeros amigos, y por ello guardo de ellos el mejor de los recuerdos. Ese es el mar que aprendí a conocer y a querer; adonde lo aprendí a disfrutar, nadando, barrenando o simplemente contemplándolo; el mar adonde volví, con los años, cuando pude comenzar a hacerles disfrutar de un veraneo a mis hijos; el mar al que quisiera -si pudiera- volver para vivir junto a él los últimos años de mi vida, para cerras así ese ciclo que empezara a las pocas semanas de nacer.
     Hay personas que tienen asociado sus veranos a la montaña, o a las sierras, o al campo; en mi caso es al mar, al que me encanta volver siempre que puedo, sin detenerme nunca en un mismo sitio, como buscando alternativas diferentes que me muestren sus distintas facetas, tan cambiantes, y que gracias a Dios he podido disfrutar con el correr de los años. Pero esas playas de la provincia de Buenos Aires siempre serán un recuerdo entrañable y ocuparán el mejor lugar al momento de ser recordadas, aunque haya otras mejores, porque fueron las primeras. 

                                                                   

                                                                       ( Miramar )









martes, 25 de noviembre de 2014

El porqué de este blog


     Muchos de quienes me conocen saben de mi fascinación, desde siempre, por el mar. Siempre he sentido como un placer muy fuerte al poder disfrutarlo, tanto con la vista -ya que me puedo quedar horas simplemente mirando sus movimientos- como metiéndome dentro del agua, cualquiera fuera su temperatura, para así dejarme mecer por sus olas. Me encanta el mar.....y todos los mares ejercen sobre mí como un imán que me atrae, al punto que he terminado por pensar que en alguna otra oportunidad que me dio Dios de disfrutar de la vida, ella ha debido tener mucho que ver con el mar, de una forma mucho más plena que lo que me ocurre en ésta, donde -en realidad- mi contacto con el mar es más bien ocasional, aunque no por ello menos intenso.

    Uno puede acercarse al mar, por ejemplo, con muchísima alegría, y entrar en él corriendo, darse un baño rápido y salir; pero también puede llegar al mar en momentos de tristeza, e ir a saborearlo de a poco, desde el momento en apenas se mojan los pies en sus orillas para luego irse internando en el mar muy lentamente, mientras él se deja estar, como los perros buenos cuando los acaricia su dueño, y uno entonces camina por sus orillas de espuma blanca.

     También es posible que estando sentado uno en la arena, sea el mar el que lentamente se nos va acercando y estirándose poco a poco, cada vez más, como en busca de una caricia que se extraña, y hasta es posible sentirlo llorar y que sus lágrimas, llevadas por el viento, nos bañen la cara. Como se puede ver, según fueran las circunstancias que nos lleven a estar cerca, siempre el mar nos recibirá calidamente, aunque sea invierno y se lo vea enfurecido sólo por poder sacarse el frío de encima o simplemente  por llamar nuestra atención, como los chicos, porque se siente solo.

     Quiero entonces hacer aquí un repaso de los distintos mares que hasta ahora he podido disfrutar, porque a mi modo de ver, si bien todos ellos tienen el mismo encanto, a decir verdad cada uno lo lleva en una forma individual y propia