Muchos de quienes me conocen saben de mi fascinación, desde siempre, por el mar. Siempre he sentido como un placer muy fuerte al poder disfrutarlo, tanto con la vista -ya que me puedo quedar horas simplemente mirando sus movimientos- como metiéndome dentro del agua, cualquiera fuera su temperatura, para así dejarme mecer por sus olas. Me encanta el mar.....y todos los mares ejercen sobre mí como un imán que me atrae, al punto que he terminado por pensar que en alguna otra oportunidad que me dio Dios de disfrutar de la vida, ella ha debido tener mucho que ver con el mar, de una forma mucho más plena que lo que me ocurre en ésta, donde -en realidad- mi contacto con el mar es más bien ocasional, aunque no por ello menos intenso.
Uno puede acercarse al mar, por ejemplo, con muchísima alegría, y entrar en él corriendo, darse un baño rápido y salir; pero también puede llegar al mar en momentos de tristeza, e ir a saborearlo de a poco, desde el momento en apenas se mojan los pies en sus orillas para luego irse internando en el mar muy lentamente, mientras él se deja estar, como los perros buenos cuando los acaricia su dueño, y uno entonces camina por sus orillas de espuma blanca.
También es posible que estando sentado uno en la arena, sea el mar el que lentamente se nos va acercando y estirándose poco a poco, cada vez más, como en busca de una caricia que se extraña, y hasta es posible sentirlo llorar y que sus lágrimas, llevadas por el viento, nos bañen la cara. Como se puede ver, según fueran las circunstancias que nos lleven a estar cerca, siempre el mar nos recibirá calidamente, aunque sea invierno y se lo vea enfurecido sólo por poder sacarse el frío de encima o simplemente por llamar nuestra atención, como los chicos, porque se siente solo.
Quiero entonces hacer aquí un repaso de los distintos mares que hasta ahora he podido disfrutar, porque a mi modo de ver, si bien todos ellos tienen el mismo encanto, a decir verdad cada uno lo lleva en una forma individual y propia

No hay comentarios:
Publicar un comentario