lunes, 26 de enero de 2015

¿ El océano Indico ?


         Una de las razones por las cuales me entusiasmaba la idea de conocer Sudafrica era porque pensaba que allí, en el Cabo de la Buena Esperanza se confundía el Atlántico con el Océano Indico, al igual de lo que ocurriera allá en Galicia con el Cantábrico, pero no era así, esa unión se dá un poco más al sur, en el Cabo de Agulhas. Sin embargo, las costas de Sudafrica sobre el Atlántico me resultaron francamente fascinantes.

          Estuvimos en Ciudad del Cabo, la ciudad más austral del Africa y la segunda más poblada de Sudafrica, un paraíso para el turismo y, fundamentalmente para los amantes del mar, ya que toda ella se encuentra rodeada de ese mar azul, situado en una bahía, que de un lado es en extremo calmo y en donde gira hacia el otro lado, tremendamente fuerte, con olas sensacionales para hacer surf, allí, en plena ciudad.

                                                                                     
                                                      Vista aérea de la Ciudad del Cabo

          Nosotros estábamos alojados en un hotel un tanto apartado del centro, pero muy cerca de la zona de las playas, que aun cuando no era plena temporada -porque estábamos en Semana Santa- se encontraban bastante pobladas, pero sin que casi nadie se animaba a entrar al agua, y nosotros tampoco, más allá de la consabida prueba de los pies.



     Pero nos encantaron esas playas, bien anchas, donde nadie te molesta, con un mar bien tranqui que llegaba hasta las orillas casi como pidiendo permiso para acercarse, y esa amplitud que permite perderse con la vista en la distancia, sabiendo que más allá no hay nada....no hay más tierra firme...que estamos en el final de un continente y desde allí...solo las aguas del mar. Es impresionante! La verdad es que nos quedaron muchas ganas de volver, con más tiempo y durante la temporada de verano, y quedarnos simplemente allí, sin tantas excursiones como las que hicimos esa primera vez.

     Una de ellas, por supuesto que imperdible, fue la de ir a conocer el famoso Cabo de la Buena Esperanza que, durante mucho tiempo se consideró que era el de la divisorias de las aguas oceánicas. El camino que nos llevó hasta allí era realmente una maravilla, con montañas hacia un lado, las llamadas los Doce Apóstoles, y del otro lado acantilados y luego el mar, allá abajo, salpicado cada tanto por algún pueblito de pescadores, artesanos y demás aventureros.

                                                                    


     Luego el camino seguía por llanuras, hasta ingresar en el Parque Nacional que contiene al Cabo, repleto de animales silvestres y distintas especies vegetales, hasta que finalmente uno se encuentra exactamente en la punta austral del continente africano, y siente una emoción inmensa de poder estar allí, arriba de un inmenso acantilado que cae a pique unos cuantos metros, hacia una playita espectacular y totalmente solitaria que bañan esas olas pequeñas y tranquilas que se acercan para hacerle una fugaz compañía.


                                                             El Cabo de la Buena Esperanza

     Otra experiencia interesante que vivimos en Ciudad del Cabo fue la visita a la emblemática isla de Robben, en donde se encuentra la cárcel -hoy museo- en donde estuvo preso Nelson Mandela durante más de 20 años. La visita es impactante, sobre todo porque los guías son viejos presos que estuvieron alojados en el lugar, pero aquí solo me quería referir a la experiencia de haber podido navegar por el oceáno, rumbo a esa isla cercana, en una lindísima tarde de sol, y con todo ese mar azul intenso a nuestro lado.

                                                                  
                                                    La Ciudad del Cabo vista desde el mar

     ¿Volveremos? No se sabe......pero sí me queda la experiencia de haber conocido un nuevo continente, el cuarto, faltando únicamente el de Oceanía, con esa apetecible Polinesia que, quizás, pueda llegar a conocer algún día, como para poder cerrar el ciclo de mis mares preferidos.


                                                atardecer en una playa de Ciudad del Cabo



viernes, 23 de enero de 2015

Los mares de los Es. Us.


Sobre el Atlántico.-

     Como es sabido, los Es. Us. son -además de un país- una especie de continente en sí mismo, y de ahí que bañen sus costas nada menos que los dos océanos más grandes del mundo. Sobre la costa del Este lo hace nuestro ya viejo conocido, el Atlántico, el mismo de nuestras costas sureñas,  de varias europeas y de todo el litoral occidental del Africa.

     Allá, en los Es. Us., tomamos contacto con él cuando nuestro vuelo procedente de Canadá se acercaba al aeropuerto de Boston, y el mar, ese mar tan celeste oscuro que veíamos debajo, cada vez se nos aproximaba más. Luego nos fuimos hacia la ciudad y lo perdimos, pero un día quisimos visitar el pueblo al que llegaron los primeros puritanos ingleses  a sus costas, en 1620 y en el viejo Mayflower, para lo cual nos trasladamos en un ómnibus hasta Pliymouth, aproximadamente a una hora de andar desde Boston, hacia el sur, y ahí volvimos a encontrarnos con el mar.

                                                                            
                                                             la costa de Plymouth

     Al igual que el de Boston, este mar era de un celeste fuerte, muy tranquilo, y en realidad adonde se encuentra la ciudad es como un brazo marino que se interna un poco en la tierra, y que debe de haber sido la razón de haberlo elegido aquellos padres peregrinos para detenerse allí, porque venían recorriendo la costa desde el sur, en busca del lugar más tranquilo y adecuado.

     Pintoresco y punto; la ciudad no nos ofreció nada más que una breve visita por la reconstrucción del famoso Mayflower y la verdad es que nos quedamos admirados de aquella verdadera odisea. Es que prácticamente se trataba de una sola habitación, de techos bien bajos, adonde se alojaron un centenar de hombres, mujeres y niños durante aproximadamente cuatro meses.

                                                                              
                                   la réplica del Mayflower amarrado en el puerto de Plymouth

   Días más tarde, viajando en tren con rumbo a Nueva York, desde las ventanillas pudimos apreciar nuevamente ese mar tan celeste que, prácticamente, en algunos tramos llegaba casi hasta las mismas vías. Desde ahí se lo advertía, plácido, extenderse hasta el horizonte infinito, mientras que aquí cerca, los muchos puertos deportivos que se encontraban en cada población, daban una muestra clara de la pasión de sus habitantes por el mar y los deportes náuticos.

                                                                         


Sobre el Pacífico.-

     Desde siempre había tenido curiosidad por conocer la costa californiana, sobre todo por haberla visto en muchísimas escenas de películas, lo mismo que a ese camino costero que dando vueltas y más vueltas, nos hacía cerrar los ojos cuando lo recorríamos desde las butacas de un cine. Y ese día llegó.

     Estábamos en Es. Us. festejando mi cumple No. 70, que transcurrió durante la "Navidad Blanca" del 2013, pero casi inmediatamente volamos al oeste, al calorcito californiano, que comenzó en San Francisco en donde, finalmente, pude tener ese añorado contacto con sus playas tan extensas, bien anchas, rodeadas de montañas en la distancia, como haciéndoles un marco, y de ese color azul fuerte, y con bastante movimiento. Se trata de un mar con todas las de la ley: olas, grandes, medianas y pequeñas, ideales para el surf; viento; mucha arena como para caminar largo y tendido, en fin, que colmó totalmente mis antiguas expectativas.-
                                           
                                                                   
                                                                    en San Francisco

     No nos pudimos bañar nunca porque, claro, estábamos en pleno invierno, pero caminamos mucho por las playas, nos metimos en cuanto muelle pudimos, de esos de madera y bien largos, en algunos de los cuales podíamos entrar hasta con el auto, nos detuvimos mucho rato mirando y disfrutando de ese mar tan extenso que, sin solución de continuidad, se prolongaba hasta un horizonte bien lejano, y nos quedamos con muchísimos recuerdos fotográficos.

     Luego de varios días en San Francisco, emprendimos camino hacia el sur, por la autopista más cercana a la costa que, a partir de la exquisita ciudad de Carmel, empalma con la no menos famosa línea costera que durante unas 90 millas corre junto a unos acantilados impresionantes, de más de 1.000 pies de altura, mientras una sucesión de curvas y contracurvas nos permite ir avanzando con mucha pausa y tranquilidad.

                                                                     
                               El camino denominado el "Big Sud" y a lo lejos el puente Bixby Creek

      En un determinado momento nos detuvimos para poder admirar toda esa belleza que el camino nos mostraba, y de la cual -por el manejo- yo no podía disfrutar en toda su impresionante dimensión, admiración que alcanzó su punto más alto cuando llegó el atardecer y pudimos regalarnos con ese lento ocultamiento del sol allá lejos en el mar, que fue inolvidable. Teníamos en nuestra memoria el de Oia en la isla griega de Santorini, pero este, desde luego, que no le quedaba atras.-

                                                                           
                                                       la puesta del sol en el Pacífico

          En Santa Bárbara, existe uno de esos muelles largos, de antiguas maderas, en los que se puede ingresar con los autos, y que se mete varios metros en el mar. En la punta encontramos dos buenos restaurantes, en uno de los cuales nos sentamos a almorzar, junto a ventanales por los cuales podíamos ver ese mar gris y neblinoso que esa mañana  llegaba hasta sus costas; el cercano puertito deportivo, rodeado de palmeras y a la distancia las impresionantes montañas de la cadena de Santa Inés, por donde habíamos andado un rato antes, por un camino tan espectacular como el del Big Sud, pero con vistas a las montañas.

   
                                              en el muelle de Santa Bárbara, con las gaviotas

     Siguiendo en nuestro rumbo al sud, nos detuvimos -una vez más- junto a la playa y en el viejo muelle de Ventura, ese pueblo repleto de casas blancas que creció en torno a una de las antiguas misiones franciscanas que, en su momento, poblaron California. Aquí el mar estaba celeste y a pesar del fresco del ambiente, había varias personas disfrutando de la playa, y algunos chicos, también de ese mar que se presentaba sereno y casi sin oleaje.

       
                                                               la playa de Ventura.

     Y andando y andando.....llegamos a Los Angeles.....que es como decir......llegamos a un país. Es que se trata de una ciudad demasiado grande y compleja, que en realidad contiene a varias ciudades diferentes, dentro de ella: el Centro Comercial y su imperio financiero, Hollywood y su imperio cinematográfico, Beverly Hills y su imperio de la sofisticación y, en lo que a mares se refiere, las playas de Santa Mónica.

     Se trata de un largo y muy filmado paseo costanero o marítimo, con sus pisos en blanco y negro por donde circulan caminantes, ciclistas y patinadores de todo tipo, mientras al lado una playa larguísima de arenas más bien gruesas, nos separan de ese mar que plácidamente pareciera contemplar desde la distancia todo ese incesante movimiento.

                           
                                                                el paseo marítimo .....y 


                                   en la playa de Santa Mónica (detras algunos atrevidos en el mar)

      Que placer poder estar allí! Caminamos a lo largo de la playa, me descalcé -desde luego- para poder poner mis pies en esa maravilla celeste claro que tenía a mi lado; almorzamos al solcito; recorrimos luego el paseo marítimo hasta Venecia, la playa vecina, y lamentablemente nos tuvimos que volver. Es que Los Angeles tenía muchas más cosas que mostrarnos y no nos las podíamos perder, pero con esa visita a la playa de Santa Mónica, mi cupo de mar estaba cubierto.

      Pero quizás el broche de oro de esta visita al Pacífico californiano la tuvimos en San Diego, una ciudad que es marina por excelencia, y no solo por ser el puerto de la principal flota norteamericana del Pacífico, sino porque todo en la ciudad respirar al mar que, además, la rodea desde todas partes. Con un clima casi perfecto de unos 18/20 grados durante todo el año y un estilo de vida muy relajado, quizás por su proximidad con la frontera con Mexico, desde cualquier punto de la ciudad en el que uno se encuentre es difícil no poder ver el mar.

                                                                       
                                             el Pacífico desde el punto más alto de San Diego

     Se trata de un excelente puerto natural que hoy en día está repleto de clubs naúticos -en uno de los cuales paramos- en los que amarran cientos de pequeñas o grandes embarcaciones, desde casas flotantes hasta barcos pesqueros, cruceros y grandes buques, además de las embarcaciones de la Marina, mientras cientos de gaviotas vuelan por el lugar, en busca de algo para comer.

                                                                              
                                           uno de los tantos puertos deportivos de San Diego  

     El Embarcadero es un modernísimo paseo junto al vejo puerto, repleto de buenos negocios, bares y restaurantes, inclusive al aire libre, junto al cual se encuentran tres viejas y famosas embarcaciones transformadas en museos que hoy se pueden visitar.

                                                                         
                                                       Un cafecito en el Embarcadero

        Y hablando de famosas excentricidades, en una isla cercana, a la cual se accede por un largo y pintoresco puente colgante, se encuentra el célebre Hotel del Coronado, primero en ser iluminado por la luz eléctrica que allí instaló nada menos que Edison, y que tiene una playa soñada, de esas en las que uno se podría quedar a vivir o, por lo menos, regresar para quedarse allí unos cuantos días. Fantástica y casi, casi, de película.

                                                                         
la desierta playa del Hotel Coronado

     Finalmente, en las playas de La Jolla, una verdadera joyita junto al mar muy próxima a San Diego, nos encontramos con surfistas que alegremente practicaban su deporte, una mañana de día hábil.....es que el mar dá para todo. Luego recorrimos su costanera; almorzamos al sol y protegidos del viento por unas cortinas de vidrio, y regresamos con la sensación de haber conocido un lugar paradisíaco, muy exclusivo.


                                                                   La Joya

     Y así termina el recorrido, fantástico, junto al Pacífico, que durante tantos años quise hacer y se me venía negando. Hubo que esperar nada menos que 70 años.....pero valía totalmente la espera y ese mar, que es mi amigo, una vez más no me defraudó.

                                                                               

miércoles, 21 de enero de 2015

Otros mares europeos.-


El mar del Norte.-


     Esta mar era un lugar en el que quería estar para poder sumar uno nuevo a mi " colección " de mares del mundo, y si bien lo logré una fría mañana de septiembre en Holanda, fue tan breve el contacto que me ha quedado como un pendiente de esos que siempre me gusta tener para poder regresar en algún otro momento.

     Es que un mar de la importancia de éste, que baña las costas orientales desde Escocia hasta las de Noruega y Dinamarca, en el norte, así como las  del norte de Francia, Bélgica, Holanda y Alemania, con puertos de la importancia de los de Rotterdam en Holanda o de Hamburgo en Alemania, era demasiado como para dejarlo pasar estando tan cerca de sus orillas, como nos ocurrió al estar unos días en Amsterdam.

     Pregunté como llegar, ya que no era fácil, y partimos rumbo a la vieja estación de trenes en uno de los cuales -muy bueno y muy puntual, por cierto- llegamos hasta Hollywood luego de unos 15 ó 20 minutos de marcha, y allí nos subimos a un ómnibus que, tras andar otro trayecto semejante, nos dejó en un pueblito por el debimos caminar unas dos o tres cuadras para llegar hasta el mar.

     La verdad es que mi emoción era muy grande; poder ver y admirar ese mar que se presentó como muy fuerte, bravo, de un color gris ceniza y con mucha espuma sobre las olas que, desde allá abajo -porque estábamos en altura- nos miraba y nos recibía también bastante sorprendido, como preguntando ¿ que hacen ustedes por aquí, en este día con tanto frío? Aquí hay que venir en el verano!!

     Se trataba de un balneario  que debe estar muy concurrido con calor veraniego, ya que se lo veía con muy buena infraestructura, pero ese día en que nosotros llegamos, no invitaba a quedarse. Me acerqué -de cualquier modo- hasta su orilla, me saqué los zapatos y me metí en el agua para darle un beso, medio como saludo y medio como promesa de alguna futura visita un poco más prolongada y formal que, en algún momento, tengo ganas de hacerle, allí o en cualquier otra de sus playas, y, además, con mejor tiempo. Pero al menos me saqué el gusto de haber visto un mar más. ¿ y van?

                                                                         
                                           Junto al Mar del Norte, en Hollywood (Holanda)

      Y con los años pude volver a encontrarlo, en otro sitio -era Escocia- pero igual de frío y, claro está, también con tiempo inóspito. Quizás sea una de sus características, no dejarse domar. Pero la sensación que tuve fue la misma de unos años antes: un color gris ceniza, con un cierto oleaje importante, cielo cubierto, brisa fuerte, en fin....un mar severo. Poco después volé sobre él de un lado al otro extremo, desde Edimburgo en Escocia a Copenhague en Dinamarca, pero no lo pude apreciar desde el aire....ese plomizo cielo repleto de nubes lo impidió.

       Poco dias después volví a encontrarlo, junto a su eterno encuentro con el Báltico, su hermano de tierras frias, y volví a sentir esa misma sensación como de distancia que ponía para conmigo, y lo mismo que ocurrió en el fiordo de Oslo, adonde solo me permitió verlo desde lejos. Aquí me pareció apreciar que su color ya no era ese gris ceniza sino algo mucho más azulado.

       Ya volveré para navegarlo junto a los fiordos noruegos; es una promesa; quizás deba guardarme para entonces mi calificación definitiva.

                                                          el frío mar del Norte

La costa del Algarbe.-

     Hacía unos cuantos años que había escuchado hablar de las playas del sur de Portugal, de modo que ternía instalado en mi memoria el deseo de, alguna vez, poder pasar por allí para comprobarlo personalmente, y eso ocurrió una vez en que pudimos recorrer, tranquilos, durante casi diez días, esas costas del Algarbe, en lo que sería como la base -mirada desde abajo- de Portugal, sobre el Atlántico, con el cual volvimos a encontrarnos una vez más y, como siempre ocurre, esta vez en un sitio diferente.

     Paramos en dos lugares, Faro -primero- y Lagos, un poco más al oeste -después-, pero desde cada uno de esos lugares recorrimos, cada día, una playa diferente. Tal y como me lo habían indicado, se trataba de playas muy largas, de arenas frías, vale decir que no se calientan con el sol, y con un mar bastante fuerte y abierto que también es muy frío. No sé si tanto como el de Mar del Plata, pero sí de esos mares en los que hay que ir entrando con ciertos cuidados. Y otra de las caracteristicas de estas playas fue que estaban enclavadas en espacios abiertos entre grandes acantilados, que marcaban con nitidez su extensión.

                                                                                           

                                                                  la playa de Faro

     Toda la zona era de esa mezcla entre pueblos pescadores en el invierno y veraniegos, de muchísimo turismo en el verano, con sus casitas blancas, pero bastante más pobladas que las del sur de España, en Andalucía. Era el mismo panorama pero con más gente, un poco como ocurre en nuestra cordillera, cuando se llega a Chile. Las playas por donde anduvimos fueron Monte Gordo, la más cercana a la frontera española, Albufeira, Portimao y Segres, la más occidental de todas, además de las de Lagos, porque en Faro no encontramos playa sino mucha vida naútica.

                                                                   
                                                           un baño en la playa de Portimao

     En esas playas nos bañamos, tomamos mucho sol, caminamos por sus orillas, descansamos y, desde luego, miramos mucho el mar, que inclusive en Faro veíamos desde un balcón en la habitación del hotel, porque lo teníamos enfrente. La idea era precisamente esa, disfrutar del mar y las playas desde la mañana hasta poco después del almuerzo, ya que a esa hora habitualmente cambiaba el viento y comenzaba a soplar desde el mar, y si bien eso era una garantía de futuro buen tiempo, lo cierto es que en lo inmediato era bastante fresco y la playa se ponía un tanto ventosa, con todo lo que eso significa, y nos íbamos a recorrer los pueblos cercanos, a pié.

                                                                           
                                                       la extensa playa de Monte Gordo

     En Lagos lo que disfrutamos mucho fue de una excursión en un pequeño barquito con motor fuera de borda que nos llevó a recorrer toda la zona de los acantilados, con sus típicas cuevas y otras entradas del mar, muy parecido a lo que habíamos visto años antes en Capri, y si bien aquí en ningún momento me pude tirar a las aguas para nadar un rato, lo cierto es que lo disfrutamos de idéntica manera.
                                                                     
                                                     Las cuevas de los acantilados de Lagos

     Realmente la experiencia fue muy, pero muy interesante, e inclusive estuvimos en el peñón adonde el mar pega la vuelta, vale decir donde termina el Portugal, digamos, horizontal, y comienza el vertical, que es en el cabo San Vicente, contiguo a Segres, donde una serie de rocas y de altos acantilados que caen a pico hasta abajo, marcan el punto máximo en el que Europa se mete en el mar, con las olas pegando fuertemente contra ellas, mientras un viento muy fuerte se divertía jugando a despeinarnos.

                                                                     
                                           El cabo San Vicente: la punta sudoeste de Europa

     Me gustó mucho estar allí, en un lugar recomendable cien por cien, por lo agradable de su clima, la belleza de sus playas, la tranquilidad de sus habitantes, y ese mar soñado, azul acero claro, tirando a más oscuro hacia adentro, que nos permitieron disfrutar de unas verdaderas vacaciones de mucho placer. Totalmente recomendable la zona, además, porque comparada con otros lugares de Europa, económicamente es muy accesible.

Los mares británicos.-

     Resulta paradójico que una potencia marítima como ha sido Inglaterra a lo largo de los siglos, carezca en realidad de un mar que pueda decirse que le es propio, ya que ambas islas  encuentran que sus costas son bañadas por el Oceáno Atlántico. Sin embargo, en pequeños brazos o desmembramientos de aquel inmenso mar, se puede decir que Inglaterra está rodeada por un lado por el Canal de la Mancha y por el otro por el Canal de San George, en tanto que se llama  mar de Irlanda a la parte superior del canal que separa a ambas islas.

    Hace muchos años, estando en Londres, arrancamos para hacer una recorrida -en auto- por algunos lugares de Inglaterra, y el primer sitio al que llegamos fue a Bristol, un antiguo y conocido balneario -muy de moda en otras épocas- en donde pude tomar contacto con sus playas y con ese mar que se presentaba de un color bien celeste, bastante calmo, y con una sola ola que rompía en un mismo momento a todo lo largo de la playa, generando una importante espuma en la orilla, aunque a la distancia se le veía bastante más agitado, quizás por el viento.

     En realidad no se trata de un mar abierto, sino más bien una entrada o canal, pero natural, de tal modo que en Galicia le dirían que es una ría -al Canal de Bristol- que a su vez es un desprendimiento de otro canal más grande, el de San Jorge, que  divide a las dos islas por el sur, y que por supuesto tampoco es un canal porque es una divisoria natural de tierras, con agua de mar.

     En la parte de arriba, nos encontramos con una muy coqueta avenida costanera sobre la cual se levantaban muchos hoteles del siglo XIX, mientras que cada tanto, unas pequeñas escaleras permitían llegar hasta la arena para desde ahi seguir rumbo al mar. El tiempo -mes de octubre (nuestro abril)- no era el más indicado para un día de playa, y aunque soleado, estaba bastante frío; pero como siempre me ha pasado, caminé por la arena y puse mis pies en el mar, como siguiendo un rito al que me invita algo en mi interior, y que debo obedecer para después poderme sentir tranquilo y en paz.

                                                                           
                                                                    la playa de Bristol

     En el otro extremo, más hacia el oeste y bañada por el Mar de Irlanda, que no es otro que el mismo "canal" de San Jorge, pero más hacia el norte, se encuentra Irlanda, en donde también pude tomar contacto -aunque muy breve- con sus aguas. Me pareció muy frío, de un helado casi agresivo, de color bien acero oscuro y por ende muy poco trasparente. Pero mi visión fue muy fugaz, desde un tren, y luego sentado a la orilla de una pequeña costanera, en altura y con el mar allá abajo, sobre una costa bien escarpada.

     La sensación era la de estar frente a un mar distinto, ajeno a mí, como de otros.Lo curioso es que desde donde estábamos vimos pasar nadando a un tipo, sin ninguna protección en su cuerpo, desafiando el frío, como si fuera un compromiso sagrado e impostergable que lo había lanzado hacia esas aguas.

                                                                               
                                                                 El mar de Irlanda

    En cuanto a Escocia, su mar por autonomasia es el del Norte.....arisco.....frio...., tal como lo caractericé en forma autónoma algo más arriba. Es un mar emblemático pero que me ha sido esquivo, tanto en estas islas como en su otra orilla, la propiamente europea, pero sin ninguna duda tiene una personalidad propia, muy especial.
                                                                         
                                                                  El frío mar escoces

El mar Báltico.-

    Cuantos años pasaron hasta el momento en el que por fin pude darme ese gusto de posar mi mirada sobre él......el frío mar que baña las costas de todos los países del norte de Europa, a los que les sirve como de una especie de patio de agua interno, que durante los largos meses del invierno, además, se congela, debido a su muy escasa salinidad, para servir de entretenimiento adicional a sus felices vecinos.

                                                 

                                                               Junto al Báltico en Rusia
                                                     
     Es un mar tranquilo, de un parejo celeste raro, ni tan clarito como el Mediterráneo, pero tampoco tan acero, es un celeste propio, y el mar que casi no tiene olas,  es un placer mirarlo porque distiende. Lo ví así en Dinamarca, en Suecia, Estonia, Finlandia y Rusia, vale decir en casi todas sus orillas, y el espectáculo era siempre el mismo, con un gran componente de paz

      Pero lo que me resultó realmente un espectáculo único fue navegarlo a la salida de Estocolmo, cuando se transforma en un archipiélago de cientos de islas, grandes y más pequeñas, que se van sucediendo unas tras otras, en una especie de presentación de paisajes a cada cual más soñado, que resulta imposible de dejar de mirar y, ahora, de olvidar. Si a todo eso le añadimos que hicimos esa navegación bajo la tenue claridad de una aurora boreal, creo que no queda más que agregar para considerarlo como uno de los recuerdos de viajes más lindos que guardo en mi memoria.
                                                             

                                          Navegando en el mar Báltico (Estuario de Estocolmo)

















     
                                                           



     











martes, 20 de enero de 2015

El Egeo.-


     Y un buen día llegamos hasta este emblemático mar que en la antiguedad fuera el sitio de tantas historias, de guerras y romances...de aventuras y desventuras, de ficciones y de realidades....el mar de Ulises y el de Helena. Y ahí estábamos nosotros, en el amanecer, abordando un enorme ferry que desde ese otro centro importantísimo cual es el Puerto del Pireo, nos trasladaba hacia alguna de las mil y un islas que lo salpican en toda su extensión.....estábamos navegando en el Egeo.

....en Mykonos.-

       Un mar que desde la cubierta abierta al sol de esa mañana, parecía muy oscuro, casi negro, pero no de un negro sucio sino traslúcido, trasparente y limpio, que además era muy calmo. Tendríamos hasta Míconos hacia donde nos dirigíamos unas aproximadamente tres horas largas de navegación, y en todo ese tiempo el mar se mantuvo igual, mientras un sol muy cálido comenzaba a acariciarnos cada vez con mayor calor.

     La llegada sobre la misma playa, en Chóra, su capital nos permitió adivinar a la distancia esas conocidas postalmente casas blancas con ventanos azules, construidas escalonadamente hacia arriba, arquitectura que se repetía en nuestro hotel en el que, además, nos ubicaron en una buena habitación con un pequeño balcón con vista al mar y sobre todo a ese pequeño puerto deportivo repleto de embarcaciones de todo tipo. ¡ Una maravilla !!. 

                                                                            
                                                                           Míconos

     Pero a diferencia de lo que ocurriera durante la navegación -quizás por la profundidad- allí cerca de la costa el color del mar era de un azul firme y constante, que casi, casi hacer doler los ojos de tanta fuerza que trasuntaba. Nosotros tomamos contacto con una playa que estaba hacia el otro lado de la isla, donde el mar -algo más abierto- se permitía dibujar algunas olas, mientras cientos de turistas haraganeaban tirados sobre la arena, mientras un sol pleno y desde un cielo muy despejado, les acariciaba sus cuerpos casi desnudos.

                                                               
Playa de Platys Gialós eoriuan Miconos

     Y ahi me dí el gran gustaso de irme al agua. ¡ No lo podía creer! ¡ Estar nadando allí, en esas aguas llenas de historias, de guerreros y sirenas ¡ Que placer! Luego nos quedamos un buen rato sentados en la arena, siempre mirando el mar, junto a muchas personas más que tampoco tenían otra cosa que hacer más que estar allí, observando a los muchos barquitos y salían o entraban cargados de turistas, hacia otras playas, y planeando para nosotros ese mismo programa, para días venideros.

     Y así efectivamente ocurrió y un día nos fuimos a visitar otra playa, que también estaba hacia el sur, y hasta donde había que llegar en unos viejos barquitos de pescadores: era Super Paradise, realmente un paraíso -como su nombre lo indica- pero fundamentalmente para la vista del mar que desde ahí se podía tener. La playa en sí también estaba buena; era ancha y con bastante arena, pero se trataba de una playa nudista y, si bien esa práctica no era por suerte obligatoria, a mí me resultaba un poco incómodo, sobre todo porque la gran mayoría de quienes así se paseaban eran homosexuales exhibicionistas.
  
                                                                             
                                                     la playita nudista Super Paradise

     En cuanto al mar, por allí era extremadamente calmo ya que la playa estaba metida como dentro de una ensenada y el agua parecía la de una pileta pero salada, de modo que pude nadar con mayor tranquilidad aun que en la primera.

     En cuanto al panorama o paisaje interno en Mykonos, excluídos las playas y el mar, era tremendamente agreste y casi sin ninguna vegetación, al punto que alguien me dijo que era algo así como Senillosa pero con mar (en alusión del pueblo neuquino medio perdido camino a Bariloche). Pero la pequeña ciudad de Chóra era una delicia, con sus calles y callecitas estrechas y dando muchas vueltas sobre sí, que  en las noches de llenaban de gente de colmaban una enorme cantidad de restaurantes con mesas al aire libre y al libre paso de los pelícanos que por allí pululan con toda libertad.

      Una tarde al regresar al hotel y mientras disfrutaba de la caida del sol en el mar, detrás del puerto, ví que avanzaba muy despacio un viejo velero negro, que con sus velas arriadas estaba entrando al puerto "con la última brisa de la tarde", según la conocida frase que nos dejó Gringo un poco como legado sobre la forma como a él le gustaría que lo recordáramos, y entonces me dí cuenta que él estaba en ese momento allí, conmigo, y que desde su mundo, de alguna manera, se las había ingeniado para venir a saludarme.   

                                                                         
                                                ".....quiero que me recuerden......"

.....en Santorini.-

     Y hablando de paraisos, no tengo otra palabra que me permita describir a esta encantadora isla griega producto de la erupción de un antiguo volcán quince siglos antes de nuestra era cristiana. Al llegar a puerto lo primero que llama la atención del viajero es que su puerto está al pié de un altísimo acantilado de unos 300 mts. que separa el mar de la ciudad de Fira, que está en lo alto, y para llegar al cual se puede hacer el trayecto subiendo los casi 600 escalones, nada menos que en burro.....todo un moderno medio de transporte.

                                                                   


     Ahora, las vistas que se tienen desde arriba, sobre el mar, no hay palabras que puedan describirlas. Uno se podría quedar allí, extasiado, durante horas y horas mirando la calma extendida de ese mar celeste claro, que lo único que transmite es belleza y paz. Nosotros durante nuestra primera visita nos alojamos unos cuantos días en un hotel  en el que sus habitaciones se encontraban dispuestas hacia arriba, cada una con su propio balcón individual y con una mesita al aire libre adonde nos sentábamos a desayunar por las mañanas y a despedir la tarde, siempre mirando el mar, y la vida que se desenvolvía ahí, debajo nuestro, todo expuesto, como si se tratase de un enorme juego de casitas de niños, pero a escala real.

                                                                     
Santorini

     Otra de las maravillas de la isla es poder disfrutar de una puesta de sol, por supuesto en el mar, desde el extremo más al norte de la isla, calificada por algunos como la mejor puesta de sol del mundo....y no se si no tienen razón. Al borde mismo del abismo y colgada o como suspendida de las nubes, esta población de pequeñas casitas blancas, con ventanas coloridas y toldos por techo, se puede dar el lujo, todas las tardes, de ver como el sol se va metiendo lentamente en ese mar celeste y calmo, mientras la gente que se ha juntado para disfrutarlo, acompañado de un buen vinito blanco bien frío, se queda como imantada, con la vista fija en el oeste, sin ver ninguna otra cosa ni escuchar algún sonido a su lado, silencio que es interrumpido finalmente con un fuertísimo aplauso, cuando ese Dios rojo fuego desaparece en el mar.

                                                                              
atardecer en Oía

     Durante nuestra estadía bajamos a sus playas para darnos buenos baños de mar. Elegimos las que daban al este plano de la isla, de arena oscura, volcánica, y mar fuerte. Estuvimos en Kamarí y en Perissa, tumbados al sol; entrando y saliendo de un mar templado, con ola -única- cercana a la orilla, mientras la costa se hundía a pocos metros de entrar al mar, permitiendo nadar con toda tranquiilidad y disfrutando de ese mar tan especial.

                                                                            
                                                          la playa de Kamari en Santorini

      Volvimos con amigos años más tarde, viajando en un enorme crucero; la visita, bastante breve, nos permitió revivir recuerdos de aquel primer encuentro con la isla, que seguía igual de especial. Es, casi con seguridad, uno de los lugares más lindos que he conocido en todo el mundo. Sin exagerar.

                                                                              
vista desde el balcón de nuestra habitación


.....en Rodas.-

     La primera vez que llegamos a Rodas fue en avión, un pequeño avión de trasporte inter isleño que nos permitió apreciar el Egeo desde las alturas y así poder apreciar ese manto azul, salpicando cada tanto por una y mil islas, como si fueran pequeñas puntas de tierra que han logrado sobresalir de una gran inundación. Lo segundo que llamó mi atención fue apreciar la escasa distancia geográfica que nos separaba de Turquía, cuyas costas se veían ahí, delante nuestro.

     Rodas, su ciudad capital, da francamente al mar, y su antigua ciudadela construida por caballeros cruzados, se alza delante de él, compitiendo en elegancia y esplendor. Hay en la ciudad una parte moderna, en donde nos hospedábamos, pero lo interesante estaba en aquella, que pudimos recorrer una y otra vez, como embelesados de poder transportarnos a la Edad Media.

     Pero aquí estamos hablando de mares y entonces no puedo dejar de registrar una visita a la playa de Lindos, a unos 50 kilómetros del centro, y adonde debimos llegar en ómnibus porque cuando llegamos al puerto en busca de una excursión, ya había salido todas. Pero tanto nos habían recomendado el lugar, que para allá partimos y, desde luego que no nos arrepentimos.

     Más allá de la belleza natural de esa playa encerrada en una pequeña bahía; de la impactante construcción una antigua Acrópolis que la rodean; y de la calidez de sus aguas, lo interesante del lugar es haber encontrado una playa con una alta salinidad, de manera que el agua es bastante más pesada que lo normal, lo cual permite desplazarse por la misma casi, casi sin hundirse, y hacer la plancha flotando tranquilamente, durante un tiempo prolongado.

                                                               
                                                         playa de Lindos en Rodas

     A la vuelta -en cambio- sí pudimos sumarnos a una excursión y regresar navegando durante un par de horas por ese lindísimo mar azul claro, disfrutando además de una brisa suave y cálida desde la cubierta abierta al sol en la que pudimos viajar. Pero lo más fantástico de ese viajecito fue que más o menos a mitad del camino, el barco se detuvo como en una ensenada para que pudiéramos nadar más adentro en el mar, y allá nos fuimos. ¡ Que experiencia más increíble! Nadar en el Egeo, pero no en la costa sino más adentro. Recuerdo que el agua estaba bastante fría y totalmente en calma, lo cual nos permitió nadar con mucha tranquilidad y, algo abierto, me dí el gusto de dar toda la vuelta al barco, antes de continuar.

                                                                       

                                                                  Disfrutando del Egeo


     En nuestra segunda visita también llegamos a Rodas navegando, pero fue en un inmenso crucero en el que veníamos recorriendo varias islas. Desde luego que el arribo a Rodas, visto desde unos ventanales que tenía el comedor y mientras desayunábamos, también fue como una experiencia única. Ya en tierra y luego de haber visitado la ciudad, no pudiendo regresar a Lindos porque no contábamos con tiempo suficiente, nos dimos igualmente el gusto de navegar por la costa en un pequeño barco-submarino, vale decir con el piso de vidrio, de modo de poder ir mirando peces y fondo durante la navegación.

     Yo no bajé porque la escalera era bastante empinada y aun andaba con mi brazo en cabrestillo, pero me quedé en la cubierta disfrutando como se alejaba de la orilla; como dejábamos los antiguos parajes portuarios del viejo Coloso; como podíamos apreciar las construcciones de esa ciudad amurallada; como se llenaban de mar nuestros ojos y de aire límpio nuestros pulmones, para luego de un buen rato y pegando la vuelta, lentamente, para finalmente arribar nuevamente al limpio puerto de la ciudad. 

                                                                       
                                                                            en Rodas



...en Turquía.-

     También hemos tenido la suerte de conocer el Egeo desde las costas de Turquía, vale decir desde el otro lado. El primer contacto fue en Kusadasi, una ciudad balneario ubicada en el centro de la costa occidental. Veníamos viajando en ómnibus desde el interior, en un tramo bastante agotador, y lo único que pude apreciar a la distancia, desde el cuarto del hotel, fue su color bien azulado y la paz que siempre transmite el mar.....y me prometí que allí debía volver alguna vez.....y pudimos hacerlo.

    Es que el crucero en el que veníamos viajando con amigos se detenía durante un día en ese interesante puerto, de modo que esta vez sí pude apreciar con mayor detención, al menos el puerto, ya que si bien mi idea inicial había sido de pasar allí un largo día de playa, la cercanía de Izmir, con su antigua ciudad de Efeso y la posibilidad de volver a recorrer la que fuera la última casa en la que vivió -y murió- la Virgen María, nos impulsaron a acompañar a nuestros amigos en una nueva excursión por esos lugares, y la playa quedó pendiente. ¿ Tendré una tercera oportunidad?

                                                                          
                                              El puerto de Kusadavi (Turquía) sobre el Egeo

     Pero en cambio en Bodrum, algún día después, pudimos apreciar esa costa del Egeo turca con mucha más tranquilidad, ya que fuimos dando vuelta, caminando, a una extensa bahía, desde donde estaba el puerto hasta un viejo Castillo de Caballeros de la Orden de San Juan. El lugar tenía una playa, corta, vale decir con el agua muy cerca, pero con arena, y se extendía a todo lo largo de esa bahía, mientras una enorme cantidad de bares, barcitos, cafés, y restaurante dan cobijo, sobre todo en verano, a una multitud de veraneantes, porque es otro balneario.

     Terminada la playa, llegamos hasta un muy agradable puerto deportivo, repleto de buenas embarcaciones, sobre todo grandes veleros de madera, que se encontraban amarrados aguardando a sus habituales navegantes para hacerse a la mar. Me impresionó la cantidad, la calidad y el buen estado de todas. No nos bañamos en el mar, pero sí nos sentamos un momento, por la tarde, a tomarnos un rico cafecito turco en uno de esos bares que daban a la playa, para desde allí poder disfrutar más del mar.

                                                                                 
                                                                     en Bodrum

en Estambul.-

          Tantas veces soñada, desde chico, y protagonista indiscutida de la historia moderna de Europa a la que pertenece, esta emblemática ciudad no podía desde luego estar ausente de mi curiosidad turística, y hasta allá llegamos tras un corto vuelo desde Hungría, nada menos, el sitio que detuvo el avance del imperio otomano a comienzos del siglo XIX.-

          Levantada sobre un mar contiguo al Egeo, que es el pequeño mar de Mármara, y exactamente  en el punto de su encuentro con el Bósforo, que es ese estrecho que une aquel mar con el mar Negro y que prácticamente se convierte en el protagonista principal de la vida de esta ciudad que se extiende a ambos lados de sus orillas, uniendo no sólo a esta población sino a la propia Europa con el Asia, que está allí, enfrente.

          Y navegar por ese estrecho, desde un extremo hasta el otro fue una de mis experiencias naúticas que recuerdo con mayor intesidad, porque fue espectacular. Por supuesto que el día soleado nos acompañaba, y partimos en esa recorrida lenta que nos permitió apreciar la importante ciudad europea que es Istanbul, con sus palacios y torres, con sus construcciones agolpadas y levantadas en altura hacia las montañas cercanas, y también pasar por debajo de ese extenso puente colgante que une los dos continentes, y que a la vista se aparece como un trabajo de ingeniería de excepción.

                                                                   
                                                                            En el Bósforo

     Luego, el trayecto de la navegación del barco que nos trasportaba, y que no era sino un colectivo de agua, nos ibamos trasladando desde un lado  al otro del estrecho, tomando y dejando a viajeros que iban o volvían de sus trabajos, de sus estudios o simplemente paseaban, como nosotros, eternos holagazanes del mundo. Así nuestro barco se arriba a costas europeas o asiáticas en una sucesión de idas y vueltas que hacía aun más despacioso ese delicioso paseo, mientras veíamos llegar o partir a pequeños o medianos puertitos que eran las puertas de entradas a poblaciones sencillas, como Beyterbeyi, Emigram, Pashabace, etc. etc., hasta llegar a nuestro punto de llegada, en Anadulu Kavagi, en donde nos quedamos, la recorrimos, almorzamos, y trepamos hasta lo alto de una montaña para desde allí poder apreciar la boca del estrecho y, más allá, otro mar, el enigmático Mar Negro, que en la otra orilla baña las costas de Rusia.
                                                               
                                        A la distancia el Mar Negro, detrás del final del estrecho

     No conformes con esta experiencia, que desde luego se repitió durante todo el regreso que, al igual que la ida, nos demandó aproximadamente una hora y media de navegación, otro día, antes de dejar Turquía, volvimos a cruzar el Bósforo en procura de conocer la ciudad de Uskudar que está enfrentada a Istambul. La travesía es muy breve, ya que no dura más de 10 minutos, y el tráfico marítimo es incesante. La ciudad en sí no nos gustó mucho, nos pareció bastante sucia -al menos en la zona cercana al puerto- y de una construcción mucho más sencilla, aunque por sus calles circularan también miles de personas. Pero el cruce del Bósforo fue espectacular, maniobrando nuestra embarcación entre otras tantas y avanzando de un extremo al otro con una gran eficacia. Fue un recuerdo más de los tantos agradables que nos deparó esta visita.
                                                                     
                                                     Navegando por el Bósforo