Una de las razones por las cuales me entusiasmaba la idea de conocer Sudafrica era porque pensaba que allí, en el Cabo de la Buena Esperanza se confundía el Atlántico con el Océano Indico, al igual de lo que ocurriera allá en Galicia con el Cantábrico, pero no era así, esa unión se dá un poco más al sur, en el Cabo de Agulhas. Sin embargo, las costas de Sudafrica sobre el Atlántico me resultaron francamente fascinantes.
Estuvimos en Ciudad del Cabo, la ciudad más austral del Africa y la segunda más poblada de Sudafrica, un paraíso para el turismo y, fundamentalmente para los amantes del mar, ya que toda ella se encuentra rodeada de ese mar azul, situado en una bahía, que de un lado es en extremo calmo y en donde gira hacia el otro lado, tremendamente fuerte, con olas sensacionales para hacer surf, allí, en plena ciudad.
Nosotros estábamos alojados en un hotel un tanto apartado del centro, pero muy cerca de la zona de las playas, que aun cuando no era plena temporada -porque estábamos en Semana Santa- se encontraban bastante pobladas, pero sin que casi nadie se animaba a entrar al agua, y nosotros tampoco, más allá de la consabida prueba de los pies.
Pero nos encantaron esas playas, bien anchas, donde nadie te molesta, con un mar bien tranqui que llegaba hasta las orillas casi como pidiendo permiso para acercarse, y esa amplitud que permite perderse con la vista en la distancia, sabiendo que más allá no hay nada....no hay más tierra firme...que estamos en el final de un continente y desde allí...solo las aguas del mar. Es impresionante! La verdad es que nos quedaron muchas ganas de volver, con más tiempo y durante la temporada de verano, y quedarnos simplemente allí, sin tantas excursiones como las que hicimos esa primera vez.
Una de ellas, por supuesto que imperdible, fue la de ir a conocer el famoso Cabo de la Buena Esperanza que, durante mucho tiempo se consideró que era el de la divisorias de las aguas oceánicas. El camino que nos llevó hasta allí era realmente una maravilla, con montañas hacia un lado, las llamadas los Doce Apóstoles, y del otro lado acantilados y luego el mar, allá abajo, salpicado cada tanto por algún pueblito de pescadores, artesanos y demás aventureros.
Luego el camino seguía por llanuras, hasta ingresar en el Parque Nacional que contiene al Cabo, repleto de animales silvestres y distintas especies vegetales, hasta que finalmente uno se encuentra exactamente en la punta austral del continente africano, y siente una emoción inmensa de poder estar allí, arriba de un inmenso acantilado que cae a pique unos cuantos metros, hacia una playita espectacular y totalmente solitaria que bañan esas olas pequeñas y tranquilas que se acercan para hacerle una fugaz compañía.
Otra experiencia interesante que vivimos en Ciudad del Cabo fue la visita a la emblemática isla de Robben, en donde se encuentra la cárcel -hoy museo- en donde estuvo preso Nelson Mandela durante más de 20 años. La visita es impactante, sobre todo porque los guías son viejos presos que estuvieron alojados en el lugar, pero aquí solo me quería referir a la experiencia de haber podido navegar por el oceáno, rumbo a esa isla cercana, en una lindísima tarde de sol, y con todo ese mar azul intenso a nuestro lado.
¿Volveremos? No se sabe......pero sí me queda la experiencia de haber conocido un nuevo continente, el cuarto, faltando únicamente el de Oceanía, con esa apetecible Polinesia que, quizás, pueda llegar a conocer algún día, como para poder cerrar el ciclo de mis mares preferidos.
atardecer en una playa de Ciudad del Cabo

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