jueves, 1 de enero de 2015

El Mar Caribe.-

" Caribe es como decir ' indio bravo' ; es una palabra de guerra que cubre la floresta americana como el veneno de que se unta el aguijón de las flechas. Y así es el mar; el viento huracanado levanta olas, montañas vivas, y las revienta contra las playas, y las pasea tierra adentro, haciendo saltar los árboles en astillas. Después de una tormenta, los gajos de la selva quedan flotando en el remolino de las aguas como tablas de una goleta destrozada" - Germán Arciniegas - "Biografía del Caribe"


     Una de las alegrías más grandes que he podido experimentar en mi vida fue la de esa mañana de mi primer contacto con el mar Caribe, ese emblemático mar que, contrariamente a la visión de Arciniegas, a mi se me presentó de un color verdoso y calmo,  de  playas de arenas blancas y palmeras y con muchísimo sol, que sin ser abrazador, calentaba alegremente. Es que en el Caribe -como el clima- todo cambia, hasta el humor, por ese clima de vida casi permanentemente de holganza, siempre con poca ropa y con mucho ron.

                                                                          

     Habíamos llegado a Nassau esa mañana, en un crucero que venía desde Miami, viajando toda la noche, y al desembarcar nos tomamos una excursión para pasar todo el día en una isla cercana -adonde muchas años antes se filmara una famosa serie televisiva: la isla de Gillighan- y hasta la cual llegamos navegando en un barquito más chico. Allí, durante esa travesía, navegando por primera vez en el Caribe, descubrí que efectivamente el mar era de ese color verdoso y que las playas tenían todo lo que siempre mostraban las fotos y postales del lugar, y realmente me sentí muy feliz.

     Nuestra excursión -esa vez- era muy corta, y a la noche ya estábamos embarcados para regresar a Miami, pero me pude bañar, descansar en una hamaca, estuve tirado al sol y sobre todo hice la firme promesa de volver, con más tiempo, para disfrutar bien de todo ese paraíso, con más calma, deseo que finalmente pudimos hacer nada más que un año más tarde. Se vé que nos había picado el bichito caribeño!

     Nuestro primer destino, entonces, fue Aruba, una vieja colonia holandesa que se encuentra en una isla frente a las costas de Venezuela, y adonde nos quedamos nada menos que una semana. ¡ Que placer !! Allí seguimos comprobando las bondades del clima, templado -al menos durante enero, que por allá es uno de los meses más fríos (?¿) del invierno- con una pequeñísima brisa de noche, pero agradabilisimo durante el día.

     La playa que estaba frente a nuestro hotel, algo alejada del centro, no era muy espectacular, pero el mar estaba allí muy pero muy calmo, al punto que muchos barcos y barquitos quedaban allí durante la noche, simplemente sujetados a sus anclas. Lo divertido de esa playa era lo cercano que estaba del aeropuerto, de modos que se veían venir bajando a los inmensos aviones, cada vez más bajo, cada vez más grandes, hasta que pasaban casi rozando nuestras cabezas, para luego aterrizar. ¡ Que divertido! Mis dos pasiones: el mar y los aviones, juntos en un mismo lugar. Es que una de mis originarias vocaciones fue la de ser piloto de la Marina para así poder volar aviones, pero desde el mar, desde y hacia portaviones.

                                                                   

un inmenso avión aterrizando en el aeropuerto de Aruba


     Pero además de esa playa, con el correr de los días fuimos descubriendo otras, mucho mejores y en donde estaban los hoteles que también eran mejores que el nuestro, pero conformando esa típica cadena hotelera yanqui, unos al lado de los otros, que mucho, mucho no me va. Pero la verdad que sus playas eran mucho más lindas y allí nos instalábamos a pasar el día. El mar, en Aruba, es calmo, con poco oleaje y mucha distancia haciendo pie, como para poder nadar tranquilo....del tipo de la primera playa mejicana, pero con el agua más fresca.

     Lo que había en esas playas era muchísima gente, de manera que, claro, como siempre pasa, o tenes tranquilidad en una playa más o menos o un enorme bullicio en las mejores. Pero fue una semana muy linda y aquí volvimos a hacer snorquel, inclusive nadando entre los restos de un viejo barco de guerra, hundido en sus costas. Además de todo ese calmo disfrute del mar, como es una isla, hacia el otro lado, el del mar abierto hasta donde llegamos una tarde, éste sí reunía todas las típicas características más violentas del mar, con olas, viento embraveciéndolas, acantilados donde romper saltando la espuma, en fin, un espectáculo diferente y muy divertido.

                                                                   
                                                       la costa de Aruba abierta al mar

     Después de una semana nos embarcamos en un enorme crucero, de esos de siete o de diez pisos y nos fuimos a dar una vuelta de otra semana por diferentes islas caribeñas, viviendo en el barco pero pudiendo bajar y recorrerlas con mucha libertad y tranquilidad, y sobre todo disfrutar de sus playas.

                                                         
                                                                          Santa Lucía

     Así llegamos a Santa Lucía, de origen ingles, adonde desde el puerto nos fuimos en un taxi a una playa, un tanto alejada, bastante agradable, ancha, bien ancha como para poder caminarla con tranquilidad y en donde, por supuesto, me bañé un rato largo, pero adonde el taxi previamente contratado nunca volvió a buscarnos y nos tuvimos que volver en otro -aunque nunca cobró el primer tramo, que no le había pagado-; otro día estuvimos en Granada, otra isla, descubierta por Colón en 1498, pero que fue colonizada por los franceses. En el puerto nos tomamos otro taxi, pero que esta vez era de agua, divertidísimo, que también nos llevó a una playa que al igual que las otras era maravillosa, larga, con poca gente y un mar azul, ya no verde, intenso, adonde pasamos buena parte del día, hasta que otro taxi de agua nos retornó a nuestro punto de partida.

Granada

     Pasamos por Barbados, adonde luego de recorrer la isla en taxi nos quedamos a almorzar en un muy agradable lugar a orillas del mar, también en una playa de arena bien blanca y con el mar bien azul, al que ya nos estábamos acostumbrando; por Bonaire, una pequeña isla muy pintoresca, nos pasamos casi todo el día en la playa de un hotel, haciendo nuevamente snorquel -esta vez desde la orilla- y metiéndonos en unos corales llenos de peces que estaban allí no más, a metros de la orilla; y finalmente en Curazao, la isla vecina de Aruba, nos quedamos más de un día, paseamos más pero también disfrutamos de la playa que, en este caso, estaba muy concurrida.

                                                    
                                                   Curazao y sus típicas casitas de colores

     En todos las dos el clima era igual, de mucha alegría y distensión y entre isla e isla, a navegar por ese mar de ensueño, a salir por las noches afuera, a la cubierta, para mirar hacia esa inmensidad oscura, debajo de un cielo permanentemente estrellado, y en las mañanas saborear como nos íbamos poco a poco acercando a nuestro próximo destino terrestre, como se aproximaban los lugareños a recibirnos y así empezar otro día de paz, de sol, de mar, de playa, de palmeras, de luminosidad, en fin, del Caribe a pleno.

    Algunos años después tuve la posibilidad de conocer Cuba, y por supuesto el mar que la envuelve por sus cuatro costados. El azul intenso, acero fuerte, del mar de la Habana -al que los cubanos invariablemente llaman "el mal"- tiene en el malecón como un dique contra el cual rompen bien fuerte las olas; en cambio es mucho más tranquilo en "los cayos", pequeños o grandes islotes que se encuentran rodeando la isla grande, como el de Cayo  Coco o en la turística península de Varadero, ambas sobre el Atlántico que es el que por el lado oriental baña sus costas.

                                                                   
                                                              El Malecón de La Habana

     En Cayo Coco las playas -como en todo el Caribe- te reciben con esas arenas blancas y muy finita, mientras "el mal", bastante azul, por ratos puede transformarse en algunos sitios de un verde muy intenso, o hasta de un celeste cristalino. El agua, por su parte, está agradablemente templada y todo lo que se ve desde la orilla es una enorme plataforma de agua tranquila, lo que hace muy difícil el poder imaginar que en un instante se puede transformar en lo violenta que son al paso de los huracanes que tantos destrozos dejan a su paso.

                                                     
                                                             Playa Pilar en  Cayo Coco

     Tuvimos la posibilidad de conocer, en Cayo Coco, la que nos dijeron que era la mejor playa de todo Cuba, Playa Pilar (en honor al barco de Hemingway) y que quedaba sobre una isla más pequeña enfrente al Cayo, y a la cual cruzamos para poder hacer snorqueling, almorzar, y quedarnos luego simplemente tirados al sol y mirando esos colores cambiantes del mar. La playa realmente era muy linda, no se si la más linda de Cuba, pero poco concurrida y sobre todo sin construcciones ni hoteles, lo que al menos en eso, la distingue de las demás.

     En cuanto a Varadero, lo que pude conocer son las playas del Hotel Barceló adonde estábamos parando: linda, agradable, en la que me dí un montonazo de baños y de la cual me despedí del mar con ese rito que aprendí de mi padre de darle un beso al mar en el momento final del último baño, para así poder volver.
                                                             
Varadero

     También desde Varadero partimos para hacer una inolvidable excursión en unos catamaranes amplios, que nos trasladaron durante todo un día, primero a hacer snorqueling, pero en un lugar muy profundo que no resultó ser el más adecuado, porque además había mucho oleaje; los recuerdos de las otras islas del Caribe no podían competir con ese lugar.

     Pero en cambio después nos llevaron a nadar con delfines que estaban en cautiverio, en unas piletas construidas en el mar, y en donde pudimos tener esa extraordinaria experiencia -aunque muy breve- de estar con delfines en el agua, que pasaran a nuestro lado, que los pudiéramos acariciar y que finalmente vinieron -de a dos- a dejarnos cada uno un beso en cada mejilla ¿ Que increíble no? ¡ Fascinante !!
                                                                      
                                         
                                                                ¡ que cariñosos los delfines !!!


    Finalmente la jornada concluyó en Cayo Blanco, una isla realmente paradisíaca adonde solamente había arena muy blanca, un mar muy cálido y un enorme restaurante de troncos y paja en donde estaban esperándonos a almorzar nada menos que con langosta asada.....la verdad ¡ toda una fiesta! ¿ Como no se van a transformar estos lugares en el paraíso y del disfrute pleno? ¿ Como no entender que por allí comenzara la historia del descubrimiento de América? Es por eso que del Caribe -o el Mar de las Antillas, como se le llamaba- se han escrito páginas y páginas, y se las seguirá escribiendo.
                                                                     
Cayo Blanco

     Pero entiendo que más que leer sobre el Caribe, hay que vivirlo. Si algún día van por allá, no dejen de acordarse de mí, que quien sabe por donde andaré, pero desde cualquier sitio en el que esté, igualmente ahí estaré de alguna manera, simplemente para poder disfrutarlo juntos y ver la cara de felicidad que ponen al ver que todo lo que les contaba ¡ era cierto !!!

     En cambio no es lo mismo el llamado "caribe colombiano", el de las costas del Atlantico que bañan el norte de sudamérica. Es el misoo mar Caribe de las hazañas, de las historia, de los piratas.....pero sin embargo es como si le faltase algo....no se.....diría aunque sea igualmente cristalino o transparente, tenga corales, y agua templada.....le faltase la calidez del isleño, porque aquí estamos claramente sobre el continente.

      Habló, por ejemplo, de Cartagena de Indias, esa emblemática población español permanentemente asediada por piratas -de todos los orígenes- los mismo que por tropas inglesas u holandesas, ya que se consideraba que ocupaba un enclave importante para desde allí poder introducirse en América. Pero aquí estábamos hablando de playas y no de historia. Las playas de Cartagena, al ser las de una ciudad, hoy por hoy no son tranquilas, y además estan muy sucias. Tuvimos que tomarnos un barquito para disfrutar de una playa tranquila, como la que nos ofrecieran las del Cayo de las Rosas, una paradisíaca isla a una hora de navegación de Cartagena, hacia el oeste..

                                                               
                                                  Cayo de las Rosas en Cartagena de Indias

     En cuanto a la isla de San Andrés, muy metida en el mar y como a dos horas de vuelo desde Caracas, que se ha convertido en un boom turístico económico, nos nos defraudó su mar ni sus playas, también rodeadas de pequeños cayos a los que te transportan pequeñas embarcaciones, pero la población en sí está bastante contaminada por el "dinero fácil", al ser uno de los llamados paraísos fiscales donde todo vale. Lo que más me gustó de San Andrés -enclavada en realidad a la altura de Nicaragua- fue haber podido estar en contacto real con rayas, en una muy agradable excursión que hicimos hacia alta mar, pero en donde nos detuvimos como en un banco de arena donde pudimos disfrutar de esos extraños peces de cola tan larga y forma triangular

                                                                   
                                                      .
                                         ¡ que cara de susto.....! ¿ porque ? Es una raya !!


      Finalmente y antes de cerrar -al menos por ahora- esta entrada dedicada al mar Caribe, por proximidad zonal voy a mencionar a las playas de Panamá, que si bien las tiene sobre el Caribe, las que conocí se encontraban sobre el Pacífico, y pertenecían al Hotel Decamerón, a unas dos horas hacia el norte de Panamá capital. Este hotel, metido prácticamente en la selva panameña, está construido a lo ancho de una tranquila bahía, cuyas extendidas playas, por kilómetros, me hicieron acordar mucho a las de Varadero en Cuba.

                                                                            
                                                   la extensa playa del Hotel Decameron

     Balboa, algunos años antes, había descubierto este inmenso océano al que denominó Pacífico, y en verdad tenía mucha razón. Sus playas son muy tranquilas, quizás su arena no fuera tan finita ni blanca como las caribeñas, pero invitaban a caminarlas, a todo lo ancho, sin tener que estar necesariamente en contacto con multitudes. La verdad, un placer, como lo fue toda la visita a ese pequeño país, en donde se vive tan bien.

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