Y un buen día llegamos hasta este emblemático mar que en la antiguedad fuera el sitio de tantas historias, de guerras y romances...de aventuras y desventuras, de ficciones y de realidades....el mar de Ulises y el de Helena. Y ahí estábamos nosotros, en el amanecer, abordando un enorme ferry que desde ese otro centro importantísimo cual es el Puerto del Pireo, nos trasladaba hacia alguna de las mil y un islas que lo salpican en toda su extensión.....estábamos navegando en el Egeo.
....en Mykonos.-
Un mar que desde la cubierta abierta al sol de esa mañana, parecía muy oscuro, casi negro, pero no de un negro sucio sino traslúcido, trasparente y limpio, que además era muy calmo. Tendríamos hasta Míconos hacia donde nos dirigíamos unas aproximadamente tres horas largas de navegación, y en todo ese tiempo el mar se mantuvo igual, mientras un sol muy cálido comenzaba a acariciarnos cada vez con mayor calor.
Un mar que desde la cubierta abierta al sol de esa mañana, parecía muy oscuro, casi negro, pero no de un negro sucio sino traslúcido, trasparente y limpio, que además era muy calmo. Tendríamos hasta Míconos hacia donde nos dirigíamos unas aproximadamente tres horas largas de navegación, y en todo ese tiempo el mar se mantuvo igual, mientras un sol muy cálido comenzaba a acariciarnos cada vez con mayor calor.
La llegada sobre la misma playa, en Chóra, su capital nos permitió adivinar a la distancia esas conocidas postalmente casas blancas con ventanos azules, construidas escalonadamente hacia arriba, arquitectura que se repetía en nuestro hotel en el que, además, nos ubicaron en una buena habitación con un pequeño balcón con vista al mar y sobre todo a ese pequeño puerto deportivo repleto de embarcaciones de todo tipo. ¡ Una maravilla !!.
Pero a diferencia de lo que ocurriera durante la navegación -quizás por la profundidad- allí cerca de la costa el color del mar era de un azul firme y constante, que casi, casi hacer doler los ojos de tanta fuerza que trasuntaba. Nosotros tomamos contacto con una playa que estaba hacia el otro lado de la isla, donde el mar -algo más abierto- se permitía dibujar algunas olas, mientras cientos de turistas haraganeaban tirados sobre la arena, mientras un sol pleno y desde un cielo muy despejado, les acariciaba sus cuerpos casi desnudos.
Playa de Platys Gialós eoriuan Miconos
Y ahi me dí el gran gustaso de irme al agua. ¡ No lo podía creer! ¡ Estar nadando allí, en esas aguas llenas de historias, de guerreros y sirenas ¡ Que placer! Luego nos quedamos un buen rato sentados en la arena, siempre mirando el mar, junto a muchas personas más que tampoco tenían otra cosa que hacer más que estar allí, observando a los muchos barquitos y salían o entraban cargados de turistas, hacia otras playas, y planeando para nosotros ese mismo programa, para días venideros.
Y así efectivamente ocurrió y un día nos fuimos a visitar otra playa, que también estaba hacia el sur, y hasta donde había que llegar en unos viejos barquitos de pescadores: era Super Paradise, realmente un paraíso -como su nombre lo indica- pero fundamentalmente para la vista del mar que desde ahí se podía tener. La playa en sí también estaba buena; era ancha y con bastante arena, pero se trataba de una playa nudista y, si bien esa práctica no era por suerte obligatoria, a mí me resultaba un poco incómodo, sobre todo porque la gran mayoría de quienes así se paseaban eran homosexuales exhibicionistas.
la playita nudista Super Paradise
En cuanto al mar, por allí era extremadamente calmo ya que la playa estaba metida como dentro de una ensenada y el agua parecía la de una pileta pero salada, de modo que pude nadar con mayor tranquilidad aun que en la primera.
En cuanto al panorama o paisaje interno en Mykonos, excluídos las playas y el mar, era tremendamente agreste y casi sin ninguna vegetación, al punto que alguien me dijo que era algo así como Senillosa pero con mar (en alusión del pueblo neuquino medio perdido camino a Bariloche). Pero la pequeña ciudad de Chóra era una delicia, con sus calles y callecitas estrechas y dando muchas vueltas sobre sí, que en las noches de llenaban de gente de colmaban una enorme cantidad de restaurantes con mesas al aire libre y al libre paso de los pelícanos que por allí pululan con toda libertad.
Una tarde al regresar al hotel y mientras disfrutaba de la caida del sol en el mar, detrás del puerto, ví que avanzaba muy despacio un viejo velero negro, que con sus velas arriadas estaba entrando al puerto "con la última brisa de la tarde", según la conocida frase que nos dejó Gringo un poco como legado sobre la forma como a él le gustaría que lo recordáramos, y entonces me dí cuenta que él estaba en ese momento allí, conmigo, y que desde su mundo, de alguna manera, se las había ingeniado para venir a saludarme.
".....quiero que me recuerden......"
.....en Santorini.-
Y hablando de paraisos, no tengo otra palabra que me permita describir a esta encantadora isla griega producto de la erupción de un antiguo volcán quince siglos antes de nuestra era cristiana. Al llegar a puerto lo primero que llama la atención del viajero es que su puerto está al pié de un altísimo acantilado de unos 300 mts. que separa el mar de la ciudad de Fira, que está en lo alto, y para llegar al cual se puede hacer el trayecto subiendo los casi 600 escalones, nada menos que en burro.....todo un moderno medio de transporte.
Ahora, las vistas que se tienen desde arriba, sobre el mar, no hay palabras que puedan describirlas. Uno se podría quedar allí, extasiado, durante horas y horas mirando la calma extendida de ese mar celeste claro, que lo único que transmite es belleza y paz. Nosotros durante nuestra primera visita nos alojamos unos cuantos días en un hotel en el que sus habitaciones se encontraban dispuestas hacia arriba, cada una con su propio balcón individual y con una mesita al aire libre adonde nos sentábamos a desayunar por las mañanas y a despedir la tarde, siempre mirando el mar, y la vida que se desenvolvía ahí, debajo nuestro, todo expuesto, como si se tratase de un enorme juego de casitas de niños, pero a escala real.
Santorini
Otra de las maravillas de la isla es poder disfrutar de una puesta de sol, por supuesto en el mar, desde el extremo más al norte de la isla, calificada por algunos como la mejor puesta de sol del mundo....y no se si no tienen razón. Al borde mismo del abismo y colgada o como suspendida de las nubes, esta población de pequeñas casitas blancas, con ventanas coloridas y toldos por techo, se puede dar el lujo, todas las tardes, de ver como el sol se va metiendo lentamente en ese mar celeste y calmo, mientras la gente que se ha juntado para disfrutarlo, acompañado de un buen vinito blanco bien frío, se queda como imantada, con la vista fija en el oeste, sin ver ninguna otra cosa ni escuchar algún sonido a su lado, silencio que es interrumpido finalmente con un fuertísimo aplauso, cuando ese Dios rojo fuego desaparece en el mar.
atardecer en Oía
Durante nuestra estadía bajamos a sus playas para darnos buenos baños de mar. Elegimos las que daban al este plano de la isla, de arena oscura, volcánica, y mar fuerte. Estuvimos en Kamarí y en Perissa, tumbados al sol; entrando y saliendo de un mar templado, con ola -única- cercana a la orilla, mientras la costa se hundía a pocos metros de entrar al mar, permitiendo nadar con toda tranquiilidad y disfrutando de ese mar tan especial.
la playa de Kamari en Santorini
Volvimos con amigos años más tarde, viajando en un enorme crucero; la visita, bastante breve, nos permitió revivir recuerdos de aquel primer encuentro con la isla, que seguía igual de especial. Es, casi con seguridad, uno de los lugares más lindos que he conocido en todo el mundo. Sin exagerar.
vista desde el balcón de nuestra habitación
.....en Rodas.-
La primera vez que llegamos a Rodas fue en avión, un pequeño avión de trasporte inter isleño que nos permitió apreciar el Egeo desde las alturas y así poder apreciar ese manto azul, salpicando cada tanto por una y mil islas, como si fueran pequeñas puntas de tierra que han logrado sobresalir de una gran inundación. Lo segundo que llamó mi atención fue apreciar la escasa distancia geográfica que nos separaba de Turquía, cuyas costas se veían ahí, delante nuestro.
Rodas, su ciudad capital, da francamente al mar, y su antigua ciudadela construida por caballeros cruzados, se alza delante de él, compitiendo en elegancia y esplendor. Hay en la ciudad una parte moderna, en donde nos hospedábamos, pero lo interesante estaba en aquella, que pudimos recorrer una y otra vez, como embelesados de poder transportarnos a la Edad Media.
Pero aquí estamos hablando de mares y entonces no puedo dejar de registrar una visita a la playa de Lindos, a unos 50 kilómetros del centro, y adonde debimos llegar en ómnibus porque cuando llegamos al puerto en busca de una excursión, ya había salido todas. Pero tanto nos habían recomendado el lugar, que para allá partimos y, desde luego que no nos arrepentimos.
Más allá de la belleza natural de esa playa encerrada en una pequeña bahía; de la impactante construcción una antigua Acrópolis que la rodean; y de la calidez de sus aguas, lo interesante del lugar es haber encontrado una playa con una alta salinidad, de manera que el agua es bastante más pesada que lo normal, lo cual permite desplazarse por la misma casi, casi sin hundirse, y hacer la plancha flotando tranquilamente, durante un tiempo prolongado.
playa de Lindos en Rodas
A la vuelta -en cambio- sí pudimos sumarnos a una excursión y regresar navegando durante un par de horas por ese lindísimo mar azul claro, disfrutando además de una brisa suave y cálida desde la cubierta abierta al sol en la que pudimos viajar. Pero lo más fantástico de ese viajecito fue que más o menos a mitad del camino, el barco se detuvo como en una ensenada para que pudiéramos nadar más adentro en el mar, y allá nos fuimos. ¡ Que experiencia más increíble! Nadar en el Egeo, pero no en la costa sino más adentro. Recuerdo que el agua estaba bastante fría y totalmente en calma, lo cual nos permitió nadar con mucha tranquilidad y, algo abierto, me dí el gusto de dar toda la vuelta al barco, antes de continuar.
Disfrutando del Egeo
En nuestra segunda visita también llegamos a Rodas navegando, pero fue en un inmenso crucero en el que veníamos recorriendo varias islas. Desde luego que el arribo a Rodas, visto desde unos ventanales que tenía el comedor y mientras desayunábamos, también fue como una experiencia única. Ya en tierra y luego de haber visitado la ciudad, no pudiendo regresar a Lindos porque no contábamos con tiempo suficiente, nos dimos igualmente el gusto de navegar por la costa en un pequeño barco-submarino, vale decir con el piso de vidrio, de modo de poder ir mirando peces y fondo durante la navegación.
Yo no bajé porque la escalera era bastante empinada y aun andaba con mi brazo en cabrestillo, pero me quedé en la cubierta disfrutando como se alejaba de la orilla; como dejábamos los antiguos parajes portuarios del viejo Coloso; como podíamos apreciar las construcciones de esa ciudad amurallada; como se llenaban de mar nuestros ojos y de aire límpio nuestros pulmones, para luego de un buen rato y pegando la vuelta, lentamente, para finalmente arribar nuevamente al limpio puerto de la ciudad.
en Rodas
...en Turquía.-
También hemos tenido la suerte de conocer el Egeo desde las costas de Turquía, vale decir desde el otro lado. El primer contacto fue en Kusadasi, una ciudad balneario ubicada en el centro de la costa occidental. Veníamos viajando en ómnibus desde el interior, en un tramo bastante agotador, y lo único que pude apreciar a la distancia, desde el cuarto del hotel, fue su color bien azulado y la paz que siempre transmite el mar.....y me prometí que allí debía volver alguna vez.....y pudimos hacerlo.
Es que el crucero en el que veníamos viajando con amigos se detenía durante un día en ese interesante puerto, de modo que esta vez sí pude apreciar con mayor detención, al menos el puerto, ya que si bien mi idea inicial había sido de pasar allí un largo día de playa, la cercanía de Izmir, con su antigua ciudad de Efeso y la posibilidad de volver a recorrer la que fuera la última casa en la que vivió -y murió- la Virgen María, nos impulsaron a acompañar a nuestros amigos en una nueva excursión por esos lugares, y la playa quedó pendiente. ¿ Tendré una tercera oportunidad?
El puerto de Kusadavi (Turquía) sobre el Egeo
Pero en cambio en Bodrum, algún día después, pudimos apreciar esa costa del Egeo turca con mucha más tranquilidad, ya que fuimos dando vuelta, caminando, a una extensa bahía, desde donde estaba el puerto hasta un viejo Castillo de Caballeros de la Orden de San Juan. El lugar tenía una playa, corta, vale decir con el agua muy cerca, pero con arena, y se extendía a todo lo largo de esa bahía, mientras una enorme cantidad de bares, barcitos, cafés, y restaurante dan cobijo, sobre todo en verano, a una multitud de veraneantes, porque es otro balneario.
Terminada la playa, llegamos hasta un muy agradable puerto deportivo, repleto de buenas embarcaciones, sobre todo grandes veleros de madera, que se encontraban amarrados aguardando a sus habituales navegantes para hacerse a la mar. Me impresionó la cantidad, la calidad y el buen estado de todas. No nos bañamos en el mar, pero sí nos sentamos un momento, por la tarde, a tomarnos un rico cafecito turco en uno de esos bares que daban a la playa, para desde allí poder disfrutar más del mar.
en Bodrum
en Estambul.-
Tantas veces soñada, desde chico, y protagonista indiscutida de la historia moderna de Europa a la que pertenece, esta emblemática ciudad no podía desde luego estar ausente de mi curiosidad turística, y hasta allá llegamos tras un corto vuelo desde Hungría, nada menos, el sitio que detuvo el avance del imperio otomano a comienzos del siglo XIX.-
Levantada sobre un mar contiguo al Egeo, que es el pequeño mar de Mármara, y exactamente en el punto de su encuentro con el Bósforo, que es ese estrecho que une aquel mar con el mar Negro y que prácticamente se convierte en el protagonista principal de la vida de esta ciudad que se extiende a ambos lados de sus orillas, uniendo no sólo a esta población sino a la propia Europa con el Asia, que está allí, enfrente.
Y navegar por ese estrecho, desde un extremo hasta el otro fue una de mis experiencias naúticas que recuerdo con mayor intesidad, porque fue espectacular. Por supuesto que el día soleado nos acompañaba, y partimos en esa recorrida lenta que nos permitió apreciar la importante ciudad europea que es Istanbul, con sus palacios y torres, con sus construcciones agolpadas y levantadas en altura hacia las montañas cercanas, y también pasar por debajo de ese extenso puente colgante que une los dos continentes, y que a la vista se aparece como un trabajo de ingeniería de excepción.
En el Bósforo
Luego, el trayecto de la navegación del barco que nos trasportaba, y que no era sino un colectivo de agua, nos ibamos trasladando desde un lado al otro del estrecho, tomando y dejando a viajeros que iban o volvían de sus trabajos, de sus estudios o simplemente paseaban, como nosotros, eternos holagazanes del mundo. Así nuestro barco se arriba a costas europeas o asiáticas en una sucesión de idas y vueltas que hacía aun más despacioso ese delicioso paseo, mientras veíamos llegar o partir a pequeños o medianos puertitos que eran las puertas de entradas a poblaciones sencillas, como Beyterbeyi, Emigram, Pashabace, etc. etc., hasta llegar a nuestro punto de llegada, en Anadulu Kavagi, en donde nos quedamos, la recorrimos, almorzamos, y trepamos hasta lo alto de una montaña para desde allí poder apreciar la boca del estrecho y, más allá, otro mar, el enigmático Mar Negro, que en la otra orilla baña las costas de Rusia.
A la distancia el Mar Negro, detrás del final del estrecho
No conformes con esta experiencia, que desde luego se repitió durante todo el regreso que, al igual que la ida, nos demandó aproximadamente una hora y media de navegación, otro día, antes de dejar Turquía, volvimos a cruzar el Bósforo en procura de conocer la ciudad de Uskudar que está enfrentada a Istambul. La travesía es muy breve, ya que no dura más de 10 minutos, y el tráfico marítimo es incesante. La ciudad en sí no nos gustó mucho, nos pareció bastante sucia -al menos en la zona cercana al puerto- y de una construcción mucho más sencilla, aunque por sus calles circularan también miles de personas. Pero el cruce del Bósforo fue espectacular, maniobrando nuestra embarcación entre otras tantas y avanzando de un extremo al otro con una gran eficacia. Fue un recuerdo más de los tantos agradables que nos deparó esta visita.
Navegando por el Bósforo









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