viernes, 16 de enero de 2015

El Cantábrico.-


.....en San Sebastian.-     

     Uno de los placeres más agradables que he experimentado en mi vida fue el poder conocer y hasta disfrutar de unos buenos baños en el mar Cantábrico, al norte de la península hispana. Es un mar bastante diferente a los otros que por entonces conocía, ya que por un lado aparecía como muy sereno, pero por otro lado se lo advierte como de una gran fuerza contenida.

     En cuanto a su color, no es ni el celeste del Mediterráneo, ni el azul oscuro del Atlántico o el verde del Caribe. Este Cantábrico es como azul grisaceo, sin llegar al gris acero de las costas británicas, y se extiende así, manso pero fuerte, con la misma intensidad de su color a todo lo ancho de la extendida costa norte española, como hacia adentro, hasta donde se pierde la vista.

     Mi primer contacto con el Cantábrico fue en San Sebastian (o Donostia como le llaman los vascos), adonde el mar se transforma en el Golfo de Viscaya. Allí, en esa ciudad hay dos playas populares, a una de las cuales bajamos una tarde de un agradable día de mayo (que sería como nuestro noviembre), en que la gente se reunía allí a tomar un poco de sol y comenzar a broncearse, antes de regresar a sus trabajos vespertinos.

     No había, por lo tanto, mucha gente y muchas menos aun en el agua. Empero, después de estar un ratito tirado en la arena, me acerqué despacio a la orilla y lentamente fui dejando que el mar, por cierto frío, fuera acostumbrando a mis pies a esa temperatura, mientras poco a poco me iba internando cada vez más adentro....hasta las rodillas.....luego hasta la cintura.....ahora las manos.....y bueno....debajo de aquella ola tendrá que ser.....y  fue !!! Como saltaba después pero ¡ que felicidad!!

     El mar estaba realmente bastante frío pero moviéndome bastante y saltando, para luego volverme a meter, el cuerpo se fue acostumbrando y claro....ya no quería salir. Nade un poquito ya que allí muy cerca de la orilla, la arena se hundía rápidamente y me dejaba sin sustento, y después de un rato salí con una alegría desbordante que se reflejaba en mi cara: me había bañado en un nuevo mar!! 

                                                                    

                                                             la playa de San Sebastian

     La verdad es que fue una suerte que me animara, lo que después repetí en dos oportunidades más durante esa tarde, porque a partir del día siguiente los días ya no fueron tan buenos, tanto que esa misma noche nos llovió. Pero me dí el gran gustaso.- Algo más tarde nos fuimos en auto hasta un pueblito cercano -Hondarribia- que está en el límite con Francia, y allí pudimos caminar tranquilos por su costanera, mirando como muchos barquitos y veleros regresaban al puerto para pasar la noche, mientras de este lado, nosotros veíamos como se iban encendiendo las luces del puerto de enfrente, que estaba allí no más, pero que era St. Jean du Lux, en Francia, sobre el cual he descripto mis sensaciones en otro lado.

     Al día siguiente y junto a un gran amigo mío español que fue a encontrarnos allí, en San Sebastian, recorrimos en su auto lo que se denomina la costa vasca del Cantábrico, bajando en muchos pueblitos de pescadores o mirando desde altos farallones como se extendía ese inmenso mar en la distancia. También almorzamos en un elegantísimo restaurante -por supuesto vasco- frente al mar, y después seguimos nuestro camino hacia el oeste, siempre con ese cuadro del mar allí, a nuestro lado.

.....en Santander.-

     Así llegamos a Santander y a nuestro hotel que estaba en un barrio residencial bastante antiguo y muy elegante, el Sardinero, que daba al mar que así pudimos seguir disfrutando. Nuestro barrio estaba en la parte final de una extensa costanera, y si bien no bajamos a la playa porque el tiempo no estaba bueno para hacerlo, igualmente caminamos mucho por allí, en un lugar que, por viejas fotografías, podía asemejarse a la Rambla marplatense de principios del siglo XX.

                                                             
                                                          la Costanera de Santander

     Ya en Asturias, adonde también nos acompañaba el mar, cercano a nuestro Parador, el día era más agradable, solo que llegamos medio al caer de la tarde, de modo que tampoco bajamos a alguna de sus playas céntricas que aun se podían ver algo concurridas. Eran extensas, anchas, por supuesto de arena, quizás un poco sucia por ser tan populares, y con un mar no tan calmo como el del golfo de Viscaya, ya que se veían las olas, con una rompiente única, la misma a todo lo ancho de la playa.

                                                             
                                                           la playa de Gijón al atardecer

     Otros buenos amigos argentinos -radicados allá- que encontramos en Gijón nos recomendaron que en nuestro camino hacia Galicia no dejáramos de conocer un lugar llamado Cudillero, realmente fascinante, y quizás uno de los pueblos de pescadores más lindo de toda la costa cantábrica. Se llegaba a la playa por un lindísimo camino rodeado de pinos, hasta un altísimo farallón que está sobre una enorme roca y desde ahi se va descendiendo, siempre en el medio del bosque y con el mar allá abajo que aparece y desaparece con cada curva, hasta que finalmente llegamos abajo, a una inmensa y anchísima playa, con un mar -esa mañana- bien calmo y al que solo toqué con los pies porque, estando de viaje, no llevaba la ropa apropiada, pero lo hubiera hecho con mucho placer porque ese día el sol había vuelto a brillar.

                                                       
la playa de Cudillero vista desde un mirador

     La playa me gustó, pero lo realmente fascinante fue el camino; en cuanto al pueblito, no entramos de modo que no puedo dejar ningún comentario; se lo veía prolijo, limpio y construido como en escalera ascendente desde abajo hacia arriba sobre la montaña que caía a pique sobre el mar. Tomamos algo fresco, por supuesto al aire libre, y seguimos con rumbo a Galicia adonde nuevamente nos habían recomendado que no podíamos pasar de largo sin visitar otra playa, Das Catedrais (en galego), adonde efectivamente nos encontramos con un panorama diferente porque al ser la costa rocosa, el mar pegaba fuerte en las grandes rocas antes de meterse entre ellas con toda su espuma al viento.

     Almorzamos allí, al aire libre y bien arriba de los acantilados, con esa vista increible a nuestros pies, y finalmente, como no podía ser de otra manera, bajamos a la playa en donde la arena estaba bien húmeda por la permanente visita del mar. Pero poder caminar por allí, habiéndonos remangado bien los pantalones, con el agua tocándonos las piernas, mientras dábamos vueltas y mas vueltas a cada una de esas enormes rocas, que vaya uno a saber la cantidad de siglos que estan allí, recibiendo la diaria visita del mar....era soñado....y realmente nos sentíamos como dentro de una postal.-

                                                                 

La playa Das Catedrais en Galicia

     En cuanto a La Coruña, la capital de Galicia, es el punto de encuentro del Cantábrico con el Atlántico, luego de un tramo final del Cantábrico repleto de las Rias Altas, que son entradas bastante importantes del mar en la tierra. El encuentro de los dos mares está marcado por un viejo faro, llamado la Torre de Hercules, en donde unas flechas en el piso indican el sitio exacto donde se encuentran las aguas de esos dos gigantes del mar. ¡ Otra experiencia interesante!!

                                                                         
la Torre de Hercules y el difuso encuentro de los dos mares

     Siempre en Galicia me encantaron las playas de Vigo, una ciudad-puerto espectacularmente linda y adonde -aquí si- bajamos a la playa pero en un día bastante fresco y ventoso, de modo que tampoco aquí hubo baño, pero sí el poder disfrutar de sus vistas abiertas, de sus arenas tranquilas y de su extensa longitud......un placer. Lo mismo que en Cambados, sobre las llamadas Rias Baixas que son entradas del mar en la tierra pero más pequeñas que las del norte gallego, otra novedad para nosotros que igualmente pudimos disfrutar del mar por habernos hospedado en un Parador que estaba enfrente de él.

                                                                           
las soñadas playas de Vigo

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