Hasta ahora todos los relatos de los distintos mares sobre los cuales escribí son del Atlántico, ese inmenso caudal de agua que se extiende entre Europa y Africa -por un lado- y toda la América, del norte al sur, por el otro lado. No puedo traducir en palabras la enorme emoción que sentí la primera vez que me metí en el Pacífico, ya que me identifiqué con Balboa, aquel soñador español que lo descubrió hace siglos en Panamá, descubriendo así, al mismo tiempo, que el de Colón no había sido el descubrimiento que él se había imaginado sino todo un nuevo continente.
El lugar de mi encuentro fue en las playas de Niebla, en la costa marítima de Valdivia, una ciudad que está algo más adentro del mar y al costado del río -Valdivia, por supuesto- que desemboca en aquel. Las distintas playas de Niebla, en sí, no dicen nada especial. Es más, son bastante populosas y, en ese mes de enero, estaban llenas de gente. Pero lo que yo quería era entrar en el mar; eso era lo que más me interesaba y, aunque simplemente estábamos de paso y recorriendo el lugar, a mí me atraía -como siempre- poder al menos entrar con mis pies al Pacífico.
Me acuerdo bien, por supuesto, de esas enormes fortalezas con cañones intactos apuntando hacia el golfo que allí hace el mar y que protegían en su momento el ingreso de marinos y navíos no queridos al territorio, español primero y chileno luego, pero lo que se ha quedado grabado en mi memoria es ese primer contacto con las aguas de ese mar en el que, simplemente, había podido mojarme los pies.
El primer baño en serio, con todas las de la ley que pude darme en el Pacífico fue en las playas de Mehuín, algo más al norte. Aquí si que las playas eran espectaculares, bien pero bien anchas, con mucho lugar como para caminar y con un mar bastante bravo. También me acuerdo, por supuesto, de ese primer baño y de lo frío que estaba el agua; bastante grados más bajo que las del Atlántico, y además, prácticamente, en la primera rompiente la arena se va hacia abajo, en rápida profundidad.
( playa de Mehuin )
En esa playa nos quedamos solamente a pasar el día porque estábamos veraneando en otro lugar de Chile, de manera que los baños se sucedieron casi hasta el caer de la tarde, disfrutando a pleno de cada uno de ellos y sobre todo de sus olas, fuertes y parejas, que una tras otra no dejaron de llegar durante todo el día. Pero un año después, cuando regresamos a Chile resolvimos quedarnos en Mehuin por lo menos dos días ya que en realidad era un viaje bastante largo para ir y volver desde Pucón en un día, lo que además me obligaba a dejar la playa bastante temprano en la tarde.
Así que nos instalamos en un hotel viejísimo que estaba -y sigue estando- frente al mar; disfrutamos de la playa durante todo el día, tomando copetines con muchos mariscos, sentados en la galería del hotel, adonde además almorzábamos, y luego seguíamos entrando y saliendo del agua hasta bien entrada la tarde, con una mezcla de encantamiento y placer.
Después me iba hacia el hotel que estaba allí enfrente, me instalaba en un cómodo sillón frente al mar y al aire libre desde donde disfrutaba cada día de una maravillosa puesta del sol, que nunca en mi vida había visto meterse en el mar. Es que estando orientados nuestros mares hacia el este, lo que habitualmente podemos ver -si madrugamos- es la salida del sol desde el mar. En cambio en ese lugar, con el mar totalmente abierto e inmenso hacia el oeste, esa lenta caída del sol hasta perderse allá lejos, en el mar, fue realmente impagable.
Muchos -muchísimos- años después una mañana volví a Mehuin; ya no era verano y la playa estaba desierta, pero el hotel estaba intacto, o mejor dicho, muy mejorado porque un invierno se había incendiado y, nuevos dueños, lo habían remozado. Hoy es el Hotel Regenbogen del Mar, tipicamente alemán, con un buen restaurante, habitaciones muchos más confortables que las de entonces, y me prometí volver, algún día, a alojarme allí y disfrutar de ese lindísimo lugar, de su playa y de sus puestas de sol.
( el Regenbogen del Mar)
No tuve más ocasiones de bañarme en el Pacífico, pero sí la de recorrer distintos lugares con playas, siempre con ese distintivo color azul oscuro del mar, que se extiende sereno hasta el infinito, pleno, completo, sin inferencia alguna, calmo, en fin, Pacífico. Así por ejemplo era el tranquilo mar de ese lugar tan exclusivo que es Zapallar, al norte de Santiago y adonde no pudimos bañarnos por estar fuera de temporada veraniega, pero en donde almorzamos al solcito y en un lindísimo restaurante en la misma playa.
Tambien me acuerdo de las de Reñaca, aunque ese lugar y su vecina, Viña del Mar, que están a la altura de Santiago, me pareció que quedaban sepultadas debajo de una inmensa cantidad de edificios, a cada cual más alto, quitándole el que para mí es uno de los mayores encantos de los sitios con mar, cual es el de estar alejados de los grandes centros. Estas dos últimas en cambio son grandes ciudades que están junto al mar, como Mar del Plata, porque no dejan de ser eso, grandes ciudades, en los veranos.
Aunque tampoco me bañé en sus orillas, sí tiene un encanto muy especial, que merece ser recordado en este recorrido por Chile, el mar de Puerto Montt, bastante más al sur y por ende mucho más frío y de color acero, y sobre todo el de la bahía de Ancud que navegamos al cruzar rumbo a la isla de Chiloé. Desde Ancud, ya en la isla, la visión que se tiene del Pacífico, desde allá arriba de los acantilados, es de los recuerdos más lindos que guardo del mar, de todos mis mares.
( Ancud )



No hay comentarios:
Publicar un comentario