martes, 2 de diciembre de 2014

El mar de Punta del Este


     Como buen argentino que soy, algún día tenía que conocer Punta del Este, ese lugar mágico del Uruguay adonde se encuentran el río de la Plata con el Atlántico, y del que tantas veces había escuchado hablar. Creo que sería interesante explicar que a mi bisabuelo Rodolfo Rivarola, una vez, un cliente le ofreció pagar unos honorarios profesionales que le debía entregándole unas 14 manzanas que tenía en un lugar cercano a la ciudad de Maldonado (allá en el Uruguay), pero le contestó que no, que para qué las querría, que dispusiera de ella y cuando pudiera le pagara en dinero.
     Yo nunca supe si esos honorarios finalmente se cancelaron o no, pero lo que sí supe es que esas 14 manzanas eran nada menos que lo que hoy es la punta o el centro mismo de lo que con los años se transformó en el que -quizás- es el balneario más sofisticado, elegante y caro de toda Sudamerica ¡ Que le vamos a hacer!! Yo tampoco he tenido nunca visión para loas negocios.


     Y bien....un día tenía que llegar a Punta del Este....y ese día llegó. Lo primero que me impactó fue la posibilidad de poder elegir a cual playa ir y en que tipo de mar bañarme; ya fuese tranquila o más fuerte, optando entre las aguas de la mansa o la brava, o sencillamente yendo desde una a la otra sin tener que darse en un mismo lugar todo el día. Es que Punta del Este es un poco eso: la libertad de hacer lo que se quiere, en el momento en que se quiere, ya que nadie se va a molestar por lo que hagas.
     Me acuerdo, por ejemplo, que acostumbrado como estaba a tener que almorzar -siempre que estábamos en la playa- a las dos de la tarde, me parecía tremendamente atractivo -y transgresor- poder estirarlo como hasta las 4 de la tarde, para así poder aprovechar las mejores horas de sol, y luego del almuerzo en algún boliche sobre la playa  -una hora más tarde-  irnos a dormir la siesta (¿?) que se extendía como hasta las 8 de la noche, hora en la que salíamos a caminar o a tomar un helado, y a ir pensando que hacer por las noches. Era una vida de playa, pero mucho más bohemia.

( La playa Mansa)


(La Playa Brava)

     En cuanto al mar, claro que a mí me gustaba mucho más el de la Brava que el de la Mansa. El recuerdo que tengo es de un mar realmente bravo, adonde la ausencia total -por lo menos en ese entonces- de bañeros, la hacía aún más peligrosa. Pero los baños eran larguísimos, interminables, aprovechando que el agua no estaba tan fría como las de la provincia de Buenos Aires, y disfrutando mucho de unas barrenadas bien largas que nos llevaban casi hasta la orilla.
     En la Mansa, en cambio, lo que se podía hacer era nadar, con tranquilidad, ante la ausencia de olas porque, claro está, en realidad no es mar sino río, con olor, sabor y color del mar, pero todavía río, o mar dulve, como lo bautizó Soliz al descubrirlo. Lo que sí me resultaba espectacularmente atractivo era la enorme cantidad de playas que se extendían Solana, y hacia el otro lado las que estan después de la Barra, hasta la laguna de José Ignacio, por aquel entonces totalmente desiertas.
     Solana era un sueño, tranquila, rodeada de pinos y casi sin una sola ola, y siempre con ese mar azul, pleno, de fondo, que vá bañando cariñosamente todas esas playas, cada vez más solitarias, cada vez más tranquilas.  

                                                  

                                                                       ( Solanas )

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